Lecturas para la vida: el lago del ogro

La mañana era fría, salí a hurtadillas, todavía el silencio del sueño mantenía la casa en calma, un pajarillo se posó en el alfeizar de la ventana y gorjeó un par de notas. Monté la bici de uno de mis primos y me alejé sobre el crujir de la hojarasca. Pasé el alambrado, caminé sendero adentro hasta llegar al lago, rodeé con la vista; nada, solo silencio, viento matinal acariciándome el rostro.

Tomé un puño de piedrecillas, una a una comencé a lanzarlas a las aguas gélidas y tranquilas, pasaron algunos minutos. Cuando consideré que esas aguas no tenían nada de especial, pues no llegaría mi amigo grandulón, -lo más seguro es que hubiese sido parte de un sueño- me dispuse a dejar el lugar.

Su voz era dulce, un tanto ronca, habló: -quédate un poco más, déjame atarte los cordones de tus zapatos, te caerás si no los atas. Esas palabras me dejaron fría, en realidad todo el tiempo había estado ahí, su enorme cuerpo era parte del paisaje, sí, como un árbol, como el mismo lago.

Sonreí y busqué sus ojos, le permití atar mis cordones, no pudo hacerlo, sus manos eran muy grandes y torpes, cierta frustración le embargó, entendí nuestra interacción como algo limitado a la contemplación, a un ensimismamiento del uno en el otro, a un encuentro al cual estábamos destinados. Lo traté con ternura, a mi mente vinieron estampas de los cuentos que mi abuelo me contó donde el ogro se come a sus hijas, ogros horrendos con bodoques y deformidades; violentos, insaciables, que se hacen de artimañas para internar en lo profundo del bosque a las niñas acto seguido engullirlas.

Aparté aquellas estampas abruptamente, le pedí que abriera su mano y en ella deposité la cinta de mi cabello. Cada mañana mientras estuve en la casa paterna, acudí al lago, aprovechando los descuidos familiares. El ogro del lago con mirada tierna y húmeda me abrazaba el corazón, dotaba mi ser de confianza. Hace poco volví al sitio, después de algunos años de abandono lo convirtieron en un centro de paseo familiar. Un viento comenzó a soplar y trajo hasta mis pies la vieja cinta de mi cabello, la tomé con delicadeza, mi mirada rodeó el lugar y aterrizó en las aguas tranquilas del lago, sus ojos avellana me sonrieron.

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