Los ángeles y la oración

La oración es el arma más poderosa del ser humano; cuando aprenda a usarla, cambiará el mundo. No existen palabras humanas para describir las radiantes emanaciones que produce la oración cuando es elevada con amor, con intenciones puras y libres de egoísmo. Son vibraciones celestiales divinas, de colores jamás imaginados en el mundo material; esta energía es la que usan los ángeles para purificar, enderezar los mundos, transmutar lo negativo en positivo y así producir los milagros; cuando la oración es hecha con fervor, devoción, entrega, amor al prójimo y adoración a Dios, la sustancia es más vibrante aún y asciende a planos más elevados haciendo que los ángeles de mayor jerarquía produzcan obras que correspondan a su vibración.

Según Plotinio, había que orar en soledad para lograr lo que se pide. Platón aconsejaba que se orara en forma silenciosa en presencia de los seres divinos para permitir que estos pudieran hacer visible la luz que emiten. Y son las bellísimas palabras de Jesús en Mateo 6:6-13  las que deberán guiarnos al orar; entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará.

En la oración cuidéis de no hablar mucho como lo hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras; no queráis, pues, imitarlos que bien sabe nuestro Padre lo que habéis de menester antes de pedírselo; ved pues cómo habéis de orar.

“Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre.

Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy y perdona nuestras deudas,

así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal”.

El antiguo axioma reza: ora et labora, ora y trabaja, lo que indica la necesidad de incorporar la oración a nuestras  labores cotidianas; con la energía de la oración, hechas con fe, se tejen los milagros, como dice san Pablo en Hebreos 11:1:  la fe es la sustancia de las cosas esperadas; para orar debemos entrar en nosotros mismos, cerrar lo sentido a todo lo externo y poner nuestra atención en Dios que vive en nuestro corazón.

Orar es hablar con Dios, con sus santos y con sus ángeles; es agradecerle  la vida, el amor,  la bondad, la luz, los ángeles, la creación, es poner nuestro pensamiento en el bien y permitir que nuestra vibración ascienda al quinto plano; es amarle a través de todos los seres humanos, es consolar, alentar, apoyar y servir; es dar bondad, compasión, ternura, alegría, felicidad, tiempo.

Orar es dar, es importante recordar siempre que los ángeles que trabajan para Dios, jamás responden a un conjuro, invocación o receta mágica, pues no existe nada que pueda obligarlos a hacer algo que sea menor que su vibración; todo lo que desea el ser humano lo puede lograr cuando desea el bien para los demás y ora por ello, pues cuando se emite la luz al Cosmos, se activa la ley de acción y reacción, y devuelve la luz al que la ha producido; esta es la razón por la que se dice que la oración es la magia blanca, porque devuelve luz blanca.