DENARIOS: Misa de seis

Mi nana -ahora una mujer de más de 80 años-, camina muy despacito hacia la puerta de la calle, ataviada con un vestido de percal, mandil de grandes bolsas y su inseparable rebozo. Al verla, me acerco y le pregunto:

-¿A dónde vas?

-A misa de seis, Nenecita. Ya se me hizo tarde.

-Nana, recuerda que no podemos salir y además las iglesias están cerradas.

Al oír esto, se detiene muy enojada diciendo:

-Cómo que no hay misa, yo voy todos los días, y eso de que estén cerradas las iglesias, es mentira. Nunca se cierra la casa de Dios. A ver, dime: entonces, ¿dónde voy a rezar y pedir que me cuide, sane y proteja? No, ¡yo tengo que ir a misa!

La abrazo cariñosamente, y mientras regresamos a la casa, trato de explicarle una vez más lo que está sucediendo, que la pandemia nos impide hacer nuestra vida normal. Sé que lo entiende, pero como una chiquilla traviesa se hace de “oídos sordos”.

Su vida, como la de todos, se ha modificado  y si bien es cierto que mucho tiempo antes de que esto comenzara dejó de salir, por lo menos ahora se contenta con llegar a la puerta de la casa, quedarse parada un ratito y saludar a todos los que pasan. Sus conocidos, que habitaban las grandes vecindades de nuestra cuadra ya no están, muchos fallecieron hace años y otros tuvieron que abandonar sus cuartos, cuando los nuevos dueños les pidieron desalojarlos.

Se enoja y preocupa mucho cuando ve entrar a la casa, a las personas que entregan los pedidos de la despensa quienes, por supuesto, usan  cubreboca.

-Nenecita ven. Alguien entró a la casa, debe ser un ladrón porque tiene un trapo en la boca. ¡Corre, sácalo!

Cuando se va el vendedor, voy con ella y le explico que no es ningún ladrón, es la persona que surte nuestra despensa porque no podemos salir  y él, para protegerse de un posible contagio, debe usar cubreboca. Aprovecho para preguntarle si le falta algo y hacer el pedido, usando el celular.

-No, no necesito nada, y además no traen lo que a mí me gusta, todo está feo. Me mandan lo que ya no les sirve y como no puedo escogerlo… no, no. En ese “aparato del demonio” no puedes tocar o calar las frutas o verduras, es horrible.

Intentando calmarla, la tomo del brazo y la invito a ver la televisión, rápidamente dice:

-No, eso no me gusta, solo se ven accidentes y muertos.

-¿Qué te parece entonces si rezamos el Rosario?

Se ilumina su cara y muy feliz me pregunta:

-¿De veras, Nenecita? ¿Lo rezas conmigo?

-Sí Nana, claro.

Nos sentamos en el sillón y saca de su mandil un Rosario de cuentas grises y blancas, como frijolitos, que siempre la acompaña, y comienza a rezar:

-Ave María Purísima…

Y antes de que yo conteste, con voz entrecortada musita:

-Diosito, por favor que todo esto termine, no puedo ir a tu casa y ¿qué va a pasar cuando me muera? Al llegar contigo, tú vas a estar enojado, y no me vas a creer, pero todo es por culpa del cor, cron, coron... el virus ese. Ayúdanos, tú puedes.

Más tranquila, reinicia:

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

 

“Sus conocidos, que habitaban las grandes vecindades de nuestra cuadra ya no están, muchos fallecieron hace años”.