Ángeles y palabras: solo es cuestión de esperar...

No sabemos nunca lo que más nos conviene; rechazamos el dolor, pensamos que el dolor nos lleva inevitablemente al sufrimiento, ese sufrimiento que puede estar instalado por años en nuestro cuerpo y nuestra mente; y que los ángeles conocen mejor que nosotros y nos ayudan a liberar siempre y cuando se lo pidamos, sin egoísmo y sin dañar a nadie.

Una situación de gran dolor puede decidirnos a dejar de una vez por todas, patrones de comportamiento que nos dañan; además, si nos abrimos a la verdad, comprobaremos que nunca perdemos lo esencial; los rostros cambian, pero el amor siempre regresará a nosotros en otra forma, en otro rostro, en otra experiencia.

El Dalai Lama ha dicho que muchas veces no obtener lo que uno quiere es un maravillosos golpe de suerte, y nos recuerda algo muy importante: el dolor no es un castigo, así como el placer no es una recompensa.

Cuántas veces en nuestra vida se repite la misma situación, una y otra vez; es solamente que la lección que no hemos aprendido la tenemos que volver a repetir cuantas veces sea necesario, hasta aprobar el examen; nos duele que nos mientan, que nos utilicen, que abusen de nuestro amor y de nuestra fe, pero todo es cuestión de enfoque; el que nos mintió siempre sale perdiendo y el que cree utilizarnos, sale siendo nuestro más fiel sirviente.

A la hora de aprender, puede uno ver una cosa una y mil veces; sin embargo, no lo logra conocer; puede uno relacionarse con una persona durante años y no llegar a saber quién es realmente, y aunque el camino es largo y a veces tropezamos, al final si tenemos la fe, logramos todo lo que necesitamos para vivir en abundancia y en paz, solo es cuestión de esperar.

Se cuenta que un día Buda, viajando de un pueblo a otro, atravesó un riachuelo con sus discípulos. Era un día caluroso y  después de caminar un buen rato, se dirigió a un joven discípulo y le pidió que le trajera agua para beber, del riachuelo que habían atravesado hacía un tiempo. El discípulo le contestó que el agua estaría sucia, revuelta por el fango y el Buda lo instó a que fuera de todas formas. Cuando el joven llegó al arroyo, vio que el agua estaba clara, transparente, que el fango se había depositado y se la llevó al Buda. Éste se la bebió y le dijo: “el agua del arroyo es como la mente, cuando pasamos un tiempo solos, tranquilizando la mente, ésta se vuelve como el agua del arroyo, cristalina y limpia”.

Así también nuestros sentimientos, después de un tiempo de abatimiento, encuentran la paz, solo es cuestión de esperar… y en esa espera suceden las más bellas bendiciones y aquí solo es cuestión de percibirlas; tenemos que aprender a vivir con lo que nos rodea, con los árboles, con las personas, con el viento, con el trabajo, con los amigos, con los enemigos, con el dolor y con la alegría.

Nuestra tarea no es ir en busca del amor, sino buscar y encontrar todas las barreras que hemos interpuesto en su contra; aprender a vivir es aprender a dejarse ir, y así todo es cuestión de esperar…