Ángeles y Palabras: Las letras hebreas

Según la tradición, las letras hebreas brillan luminosas, como llamas encendidas que continuamente están creando. Los cabalistas suponen que cada letra es un ser viviente, un ángel, y que Dios creó el mundo con las letras celestiales, y con ellas el hombre puede a la vez, contar con Dios cuando pone sus ojos sobre las que forman los nombres sagrados.

Algunos judíos místicos afirman que en la combinación  de las letras y de las palabras judías está contenido una especie de código genético de la palabra, porque Dios puso una clave celestial en cada una de las letras de su alfabeto, que al conjugarse producen un efecto en el mundo material.

Pero las personas tienen poco interés en su crecimiento espiritual y hacen invocaciones o tratan de descifrar estos códigos, esperando encontrar un sistema de predicciones mágicas y remedios fáciles para logros materiales que nunca lo logran, pues no existe ningún recetario mágico para obligar a un ángel de Dios a manifestarse para satisfacer deseos mundanos; lo único que puede alcanzar un bien o la vibración de un ángel es la oración, la entrega devocional y las obras humanitarias.

Los sentimientos se estructuran a partir del sentimiento sostenido y las palabras se pronuncian  motivadas por el pensamiento y el sentimiento; y las acciones son impulsadas por el sentimiento; y cuando el pensamiento, el sentimiento, la palabra y la acción se emiten con acción noble, es cuando surge el milagro.

La oración es sublime, cuando se realiza pidiendo a Dios que se eleve en beneficio de la humanidad en general, y de acuerdo a su voluntad para alguien en particular, el resultado es una lluvia de bendiciones para aquel o aquellos a los que envía y también para el que emite; los encargados de transmitir estas energías son los ángeles; por eso debemos saber que siempre cosechamos lo que sembramos, como lo ejemplifica esta historia: en cierta ocasión paseaba un niño por el bosque, contento y alegre cantaba y jugaba; súbitamente, interrumpió su canto al escuchar en la lejanía una vocecita infantil.

Animado por el descubrimiento, gritó en esa dirección: “Hola, ¿quién eres? A lo lejos escuchaba "Hola, ¿quién eres?” Extrañado por el suceso y un poco molesto, gritó: “Eres un niño grosero”; instantes después, recibió la misma respuesta.

Más tarde, el niño volvió a su hogar y le contó a su madre que había un niño grosero en el bosque; la madre comprendió de lo que se trataba y repuso: "Ve al bosque y háblale al niño  amablemente y verás cómo también te contesta así; el niño regresó al bosque y gritó con faena: "¡Eres un niño bueno¡ yo te quiero", volvió a gritar, animado, el pequeño; a lo que el eco, fiel, contestó: "Yo te quiero".

La historia del eco es parecida a la vida, brindamos una sonrisa amable y otra similar se reflejará hacia nosotros. Recordemos las palabras de Teckaray: “El mundo es un espejo que refleja el valor de nuestros propios sentimientos”.