Denarios | Espíritu de mujer

Mientras veía los lomeríos repletos de árboles sin hojas que, como fantasmas, querían cerrarle el paso, se preguntaba “¿Dónde estoy?/ ¿Cómo llegué aquí?”  Rodel veía pasmado el camino sombrío y angosto. Los espinales nacidos de la tierra hambrienta, arañaban su camioneta como queriendo despellejarla antes de que huyera despavorida. Su último recuerdo era que había asistido a la fiesta de cumpleaños de su amigo, donde entre tragos de cerveza, mezcal y tequilas evocaron amores fallidos, cantaron, comieron y bebieron durante la  tarde y después bajo el resplandor agonizante de la luna.

Se despidió casi a media noche, se sentó  frente al volante, arrancó y perdió la conciencia. Cuando despertó, tenía la mirada fija en  esa vereda llena de piedras y las ruedas de la camioneta levantaban un polvo fino y blanco que se elevaba al cielo. De pronto, al salir de una curva contempló a una mujer joven de cabello negro, rostro moreno, labios carnosos  y un vestido blanco que trataba de cubrir su cuerpo exuberante de curvas.

Ella levantó la mano para que se detuviera. Por un instante, Rodel dudó, recordó las historias que hablaban sobre las mujeres fantasmas que se aparecen en caminos solitarios. Sin embargo, acercó su camioneta y le abrió lentamente la puerta animándola a subir. ¡Y subió!

Como si la mujer le hubiera robado el pensamiento, cayó en la inconsciencia, despertando como a las cuatro de la mañana, transitando en el mismo camino de terracería. Rodel sentía el cuerpo de la mujer, trenzándose en caricias lascivas, sudaba de terror al sentir esas manos heladas, pero se consolaba pensando que el frío que padecía era consecuencia de la madrugada.

Como si viajara en el tiempo, a las siete de la mañana, se encontraba frente al garaje de su casa. Su esposa Julia, quien lo observaba desde la ventana, al mirarlo pálido y tembloroso bajó apresurada.

-¿Qué es lo que te pasa?- le dijo.

Él no contestó, solo se limitó a ver de soslayo a la mujer que tenía adherida a su cuerpo tenso.

-¿Por qué vienes a esta hora?- preguntó nuevamente Julia. -¿Dónde pasaste la noche?, ¿y con quién?- le dijo levantando la voz.

Rodel estaba asombrado de que Julia no descubriera a la mujer que en ese momento se enroscaba a su cuerpo jadeando y acercándole la boca a sus oídos para bisbisearle:

-Deja a tu esposa, no vale la pena, vente conmigo.

Él seguía en silencio, no podía contestarle a ninguna de las dos.

-Estoy esperando una respuesta- le gritó su mujer.

-No le hagas caso, acompáñame y conocerás el verdadero amor-, le susurró la desconocida extendiendo su cuerpo impúdico.

No pudo resistir la presión, el hombre arrancó  en reversa y a toda velocidad se alejó. Dos horas más tarde, su esposa Julia recibió la notificación de la policía. La camioneta estaba destrozada. En forma milagrosa, Rodel solo tenía lesiones leves, sus ojos miraban sin ver y mientras era atendido por los servicios de emergencia,  su boca dibujaba una sonrisa inescrutable.

“Por un instante Rodel dudó, recordó las historias que hablaban sobre las mujeres fantasmas que se aparecen en caminos solitarios”.