Las mujeres no estamos seguras en ninguna parte: Selva Almada

40 edición de la FIL Oaxaca, 2020

Feministamente hablando, la escritora argentina Selva Almada cambió con la publicación de su libro Chicas Muertas (Random House, 2014), una crónica no ficticia de feminicidios que en este año la editorial Charco Press difunde en la versión en inglés (Dead Girls) en países como Reino Unido y Estados Unidos.

“Antes del libro tenía una mirada feminista muy espontánea, sin idea de que si me podía nombrar como feminista o no. Todo lo que piensan las feministas yo también lo pensaba, en una especie de confusión mental acerca del tema”, admite abiertamente.

En una entrevista en exclusiva para el diario NOTICIAS por su participación en la edición número 40 de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca que por la pandemia de COVID-19 será virtual, Selva Almada se reconoce como una escritora distinta antes de abordar la historia del asesinato de Andrea, Sarita y María Luisa. 

“No tenía mucha idea de qué iba a pasar con el libro, porque no eran casos mediáticos, no habían trascendido las fronteras de sus provincias, era otro mundo donde lo que circulaba en los periódicos se quedaba como resignado, como casos no resueltos”, expresa desde Argentina, en una conversación virtual.

Destacada en la literatura contemporánea

Junto con Cristina Rivera Garza y Juan Pablo Villalobos, la escritora argentina participará este sábado en Conversaciones de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca (FILO) por ser de las voces más destacadas de la literatura contemporánea en hispanoamérica.

A pesar de su gusto por la literatura, originalmente Selva Almada deseaba ser periodista y por eso primero estudió Comunicación Social, pero el desencanto de esa carrera le entusiasmó para escribir sus primeros cuentos de ficción.

El caso de Andrea, una chica muy joven asesinada en Entre Ríos, el pueblo donde Selva Almada nació en 1973, es el caso que le disparó el deseo de escribir el libro Chicas muertas y que permitió unir el interés por la investigación periodística con la escritura. 

“Nos habíamos criado creyendo que el peligro estaba fuera, pero a Andrea la asesinaron en su propia casa, en su propia recámara, en su propia cama, demostrando que las mujeres no estamos seguras en ninguna parte”, lo que ha dado pie para que otras personas hablen de un tema tan viejo como la violencia contra las mujeres.

Tema viejo

“Es un tema viejísimo, la violencia de género no comenzó a ocurrir ahora, si no es algo cultural sobre lo que recién estamos pensando”, pues son “cosas que están tan enquistada en nuestras sociedades” y “desmontar esa maquinaria llevará mucho tiempo”.

Cuando Selva Almada comenzó a escribir Chicas muertas, un libro que le implicó tres años de investigación, “no sabía si le iba a interesar a alguien o no”, porque también había otras experiencias de libros sobre crímenes, pero desde la crónica policial, sin un abordaje del problema estructural de la violencia feminicida. 

En la década de los ochenta, cuando Selva Almada era adolescente y ocurrieron las historias que narra en Chicas muertas, los feminicidios se nombraban como crímenes pasionales, bajo una especie de mirada “de culebrón de telenovela” que le ponía la impronta de que había sucedido porque el hombre no había podido manejar sus sentimientos o fue presa de la pasión.

“No eran casos que ocuparan la atención de la prensa. Los feminicidios empezaron a ser nombrados hace 10 años gracias a los movimientos feministas que los empezaron a hacer visibles, para que entendiéramos que nos podía pasar y empezar a sacarlo del tema policial”, analiza.

El "Ni una menos"

Para que los medios de comunicación comenzaran a aprender que la violencia feminicida es un problema cultural “hubo un gran trabajo” con las marchas feministas o movimientos como el argentino de “Ni una menos”, surgido en Argentina en 2015 y replicado por toda América. 

Fue precisamente ese movimiento el que se convirtió en el contexto para que Chicas muertas tuviera un resultado sorprendente y siga “circulando” después de seis años de su publicación, “se lee mucho en los colegios y sirve un poco de puente para hablar del tema de violencia de género con las y los adolescentes”.

Para entonces las sociedades empezaban a dejar de tenerle miedo a ese feminismo que 20 años atrás se veía con desconfianza porque era sinónimo de odio hacia los hombres.

Es precisamente sobre los hombres, las masculinidades y cómo se dan las relaciones para que se junten para violentar a las mujeres es lo que da vida a No es un río (Random House, 2020), la nueva novela con la que Almada cierra una trilogía sobre varones que antes abordó en El Viento que arrasa (Mardulce, 2012) y Ladrilleros (Mardulce, 2018).

En vez de respuestas, con esta novela que saldrá en México el año que viene, la autora se encontró con más preguntas, pero es con Chicas Muertas el libro con el que Selva Almada tiene un vínculo permanente “que se actualiza con cada traducción o conversación”, en un mundo donde las medidas para frenar la otra pandemia de la violencia de género durante el confinamiento por la COVID-19 son innecesarias, pues “no se dan las herramientas para que uno sienta que el Estado vaya actuando en el tema”.

Las invitaciones que no deja de recibir por Chicas Muertas reafirma a Selva Aldama como una figura feminista en la literatura y como activista: “me reconocía en un montón de cosas del feminismo, pero no públicamente, ahora sé que también tenía que hacer algo al respecto”.