El vestido de la Llorona

"Quise volver a las entrañas del Cerro, en ese momento me encontré con tu abuelo, parecía que nos conocíamos de toda la vida, que nos amábamos desde la infancia. Llevé el vestido puesto durante mucho tiempo, es por ello que las manchas que conserva son recuerdos borrosos en mi mente. Lo lavé, pero ha estado muchos años guardado. Ahora servirá para tu personaje, Apurémonos que se hace tarde", finalizó.

Llegamos a la explanada, mis compañeros al verme, se quedaron sin habla; los maestros me llenaron de halagos, entre la gente estaba la costurera con sus hijas vestidas de espantajos, pensé que había sido bueno que no me hiciera mi traje, ya que mi vestido no tenía nada que ver con los que sus niñas portaban. Me sentía soñada, la obra de teatro comenzó, la música del teponaztli y las ocarinas sonaba invitándonos a su atmósfera mortuoria. El público no parpadeaba, estaba hechizado, atormentado por el dolor de la mujer de blanco, pienso que desempeñé muy bien mi papel pues de cuando en cuando se escuchaban gritos de entre la multitud. Los aplausos no dejaban de sonar, de pronto el llanto de un pequeño irrumpió con fuerza, entre gritos decía que había visto a la Llorona. Sus padres se reían y me señalaban.

Después de mi feliz participación, justo antes de que la comparsa iniciara el recorrido, jugamos a las escondidillas, corrí a esconderme tras el árbol más grande, el velo me comenzaba a estorbar, a lo lejos pasando el río me pareció ver la silueta de una mujer alta vestida igual a mí. Fue solo una ilusión, pensé.

Cuando volteé, la mujer estaba a mi lado, pero sus ropas no eran blancas, sino al contrario; me tomó violentamente del brazo, grité con todas mis fuerzas, pero parecía que nadie me escuchaba, no había más que oscuridad; escapé de aquellas manos cadavéricas, corrí, el viento arrancó el velo de mi rostro, mis gritos de horror naufragaron en los brazos de mi abuela, quien me contuvo antes de que perdiera el sentido y cayera por la pendiente que va al río. Al abrir mis ojos, la abuela me acariciaba el rostro, no dijo palabra, me sentó, de su boca escapó un soplido que me bañó de mezcal, el alma me regresó al cuerpo y lloré.

Mientras me abrazaba, pude sentir cómo el corazón de mi abuela se calmaba poco a poco.

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