La muerte de un grande: una pérdida del siglo 20

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Durante el tiempo de espera para abandonar Viena, Martin, hijo de Freud, era requerido con frecuencia a los cuarteles de la Gestapo para ser interrogado, pero siempre regresaba a casa; eran días de mucha tensión, sin embargo, el 22 de marzo, Ana, su hija más amada y de quien dependía tanto Freud, fue arrestada por la Gestapo, siendo ese día uno de los más oscuros para el autor de 'La interpretación de los sueños'.

Fin de la espera

Acompañado de su mujer, hija y dos personas que prestaban servicio doméstico, Freud deja su estadía en Viena el 4 de junio, para iniciar el viaje con destino a Inglaterra; para ese entonces, Freud se encontraba debilitado, se temía que su corazón no soportara el viaje. Finalmente llega a Inglaterra, donde es recibido de tal manera que fue motivo de sorpresa, recibió cartas de gente desconocida donde le externaban la felicidad de tenerlo en su país; asimismo, días después de su arribo, periódicos y revistas médicas publicaron editoriales donde le daban la bienvenida.

No todo era felicidad, tenía otros motivos que embargaban y nublaban su estado de ánimo. A tres meses de su llegada a Inglaterra, le fue descubierto un punto sospechoso en su cicatriz, la cual fue tratada con diatermina, procedimiento que era muy doloroso y aunque el punto se disolvió, apareció uno nuevo, por lo que fue sometido el 7 de septiembre a la operación quirúrgica de la cual no se recuperaría del todo.

Es en este último año donde Freud concluye otro texto que causaría revuelo, principalmente en círculos judíos, mismos que intentaron persuadir a que desistiera de su publicación, pues habla de Moisés y la religión monoteísta.

A unos meses del final

En la Navidad de 1938, el médico Schurs extrajo de la mandíbula de Freud un secuestro óseo, pero la hinchazón que se produjo al transcurrir las semanas, tomó un aspecto amenazante. Para finales de febrero del año siguiente, los médicos determinaron que el cáncer era inoperable; lo único que quedaba por hacer, eran los tratamientos paliativos en la espera de lo inevitable.

Freud fue reacio a tomar drogas para mitigar el dolor; en una ocasión, le dijo a Stefan Zweig: “Prefiero pensar en medio del tormento, a no estar en condiciones de pensar con claridad”. Para agosto de 1939, el panorama se tornó desalentador, pues el olor que la herida producía hizo que su perra favorita se refugiara en un extremo de su habitación cuando la llevaron a visitarlo.

El final

El cáncer alcanzó la mejilla hasta la cara externa, el agotamiento y el sufrimiento para Freud era indescriptible. El 21 de septiembre le dijo a su médico: “Querido Schur, usted me prometió que me ayudaría cuando yo ya no pudiera soportar más. Ahora es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido”

A la mañana siguiente, Schur le administró una dosis de morfina que sumergió al investigador del alma en un pacífico sueño y el 23 de septiembre, poco antes de la media noche, su vida terminó.

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