LECTURAS PARA LA VIDA: ¿Por qué perdí su amor?

Despertar en los brazos de mi amado me provocaba un placer indescriptible que quizás solo mis hermanas, las mujeres, puedan entender.

Los primeros meses de mi matrimonio sentía tocar el cielo cada vez que él me miraba, cuando me decía que era la mujer de su vida. Todo sucedió tan rápido, tres meses de noviazgo y matrimonio relámpago; deseaba tanto sentirme amada, que haber cumplido mi deseo me provocaba la alegría de vivir y las ganas de complacerlo para tenerlo feliz, pues de esa manera me volvería imprescindible.

Por las mañanas me levantaba antes que él para sorprenderlo con el desayuno; verlo comer tan delicioso me complacía -aunque ahora que recuerdo, rara vez me dio las gracias-; en ocasiones me sorprendía con una flor, un chocolate, me llevaba a cenar o a visitar mi familia.

Poco a poco empecé a sentir el miedo de perderlo, sobre todo cuando me di cuenta que comenzaba a olvidar sus muestras de cariño. Cuando me embaracé de Fer, algo cambió en mí; el deseo de sorprenderlo con el desayuno se había esfumado, ahora esperaba que él me sorprendiera, cosa que no sucedió; por el contrario, llegó el momento en que él se despertaba antes que yo y comenzaba a exigirme el desayuno porque ya tenía mucha hambre. Una mañana, desperté de mal humor y le dije: "Si tienes hambre, prepáralo tú". No me respondió y sin más, terminó de arreglarse y se fue al trabajo. Esto me dejó muy intranquila, me arrepentí de mi proceder y la siguiente reacción fue esperarlo para la comida con su platillo favorito. El resto de la tarde sentí una reactivación de nuestro amor y nadie mencionó el suceso.

Los días transcurrieron; una tarde me dijo que algo me había fallado, la comida no le había gustado; cuando escuché sus palabras, pensé: "A mí tampoco me gustó cómo me trataste anoche". Pero no me atreví a decírselo, pues me dio miedo que se fuera, como lo hizo cuando le contesté esa mañana.

Poco después del año de casados comenzó a mostrarse mas frío, ya le tenía que pedir que me abrazara y me dijera que me quería; las primeras veces no era muy difícil, más adelante lo sentía más forzado, hasta llegar a la más flagrante molestia.

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