LECTURAS PARA LA VIDA: Criaturas espontáneas

Al escuchar aquel sollozo se desconcertaron; los sonidos del bosque suelen confundir los sentidos; el ruido de la lluvia que cae, el canto de las aves e incluso los gruñidos de algunas bestias; pero, ¿el llanto de un bebé? Era algo inusitado; finalmente, los hermanos comenzaron a buscar de dónde provenía el lloriqueo, junto a un hongo estaba algo parecido a una pelota, una especie de animal rechoncho, el esférico cuerpo cubierto de musgo, un olor a humedad penetrante, lanzaba chillidos y de pronto comenzó a rebotar sin ton ni son.

El grito de tía Chay retumbó y se multiplicó en un eco ensordecedor, el pequeño Nacho se arrimó a ella en busca de un abrazo protector, buscaron escapar, el animalito no los dejaba pasar en sus frenéticos rebotes que a ratos se mimetizaban con los colores de la floresta, de pronto desapareció. Mis tíos aprovecharon para salir de la espesura como alma que lleva el diablo, hasta llegar a la casa, blancos del miedo, apenas articulaban palabra; la abuela les dio un tazón con atole de masa para el susto, contaron a los abuelos lo que les había pasado. El abuelo y la abuela se miraron con cierta complicidad. Cada uno abrazó a un nieto y les explicaron quién era aquella criatura que se les había aparecido esa mañana.

Se trataba del Cholito de la suerte, un ser mágico del que poco se habla, ya que sus apariciones son excepcionales, cuando sale es obligado por el hambre; quien lo encuentra y toma valor, ha de cogerlo con un trapo, pues jamás se le debe agarrar con la mano desnuda, después deben llevarlo a casa y asearlo, darle alimento y colocarlo en un lugar donde nadie lo vea. Si el Cholito se siente a gusto con la comida y la limpieza, cada día dará dinero al amo o ama, pero la persona que lo encuentre por ningún motivo debe mostrarlo, o El Cholito se irá.

Este recuerdo vino a mi mente mientras miraba al frijolín que nadaba en la lata de sardina. Los días pasaron, la lluvia había derramado el agua de la lata, el contenido se fue directo al desagüe, me puse triste solo de pensar que mi frijolín no concluyera su metamorfosis, y que bien podría haber sido una criatura como la que se les apareció a mis tíos esa mañana en el bosque, pero no. Días después, un sapo croaba entre los arbustos del jardín.

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