Cascada mítica

DENARIOS

Bajamos durante tres horas por una ladera con enmarañada vegetación para llegar al río. Recorrimos después un tramo corto por el lecho pedregoso en sentido contrario a su cauce. Hacíamos verdaderos malabares entre las piedras para no caer al agua. En un recodo del río, salimos para tomar el otro lado de la cañada. Subimos por una pendiente más escarpada, el último trecho lo hicimos prácticamente a gatas. A casi una hora de subida, encontramos la cascada, esta caía desde una saliente enorme de piedra. El agua se precipitaba con fuerza, sin obstáculos, unos veinte metros. Parecía una larga cabellera lisa y plateada.

“Valió la pena” pensé, “por fin la conocí”. A pesar de su gran longitud, no dejaba de ser una cascada como las que había visto en otras partes, solo que a esta le agregaba aquella añoranza infantil, su casi oculta ubicación y el mito de su existencia. Con algarabía metimos las manos en el agua que nos brincaba y salpicaba con fuerza, tomamos fotos, buscando el mejor ángulo. Después de unos minutos, Lázaro dijo:

-Vámonos, que todavía falta.

Sorprendidos, lo miramos.

-¿No es aquí?- pregunté mirando para arriba.

-No- contestó sonriendo amablemente ante mi alarma. Hasta ahí el ascenso me había parecido bastante peligroso, pero lo que se miraba hacia arriba me hizo sentir temor. Era un peñasco en línea vertical, mi fobia a las alturas se hizo presente. Traté de disuadir a los entusiastas chicos de seguir subiendo. Ninguno pareció escuchar.

Ahora, la cuesta se tornó más riesgosa, las piedras permanentemente mojadas son más resbalosas. Con el corazón latiendo más aprisa, no tanto por el esfuerzo físico como por el miedo, los seguí sin mirar hacia abajo. Aquel ruido sordo se escuchaba cada vez más fuerte. De pronto, Ivancito, mi hijo menor que iba en punta, lanzó una exclamación.

-¡No manchen! ¡Miren!- y todos levantamos la vista.

Una gran expulsión de agua salía desde la punta del peñasco como lanzada por un potente motor, para después estallar en el aire. Los rayos del Sol que a esa hora llegaban de forma casi horizontal, atravesaban  las miles de gotas transformándolas en una lluvia de iridiscencias. Parecían miles de cristalitos de Swarovski, con los colores del arcoiris. Aquella constelación se movía suavemente de un lado a otro en una delicada danza, dejando por fracción de segundos una vibración vertical de colores pastel al final de cada ondulación, que finalmente caía a una superficie arenosa. Por unos breves minutos quedamos extasiados con semejante magia. De pronto, una nube tapó los rayos del sol, y la lluvia se volvió de brillantes.

Incrédula, volteé hacia Lázaro para preguntarle si siempre era así, si los colores se veían con el sol.

-No -contestó con una amplia sonrisa de orgullo-. Solo en temporada de lluvias, y a veces. Casi nadie tiene la suerte de verlo, solo los duendes- dijo, ahora con una sonrisa enigmática. No sé si nos llamó duendes.

Casi una hora estuvimos ahí; de repente, se empezó a escuchar en la lejanía los sonidos de los truenos que anunciaban lluvia.

-Nos vamos -dijo Lázaro, con una seña de apremio.

“A pesar de su gran longitud, no dejaba de ser una cascada como las que había visto en otras partes, solo que a esta le agregaba aquella añoranza infantil”.