Criaturas espontáneas

El mediodía lluvioso, una gota del techo cae en una lata de sardina, lleva días llenándose, dentro de ella se ha generado vida, se mueve un animal redondo y negro, observo su feliz nado. Despreocupado, dibuja espirales que se burlan de mi reflejo; si en este momento sobreviniera un cataclismo para esta criatura daría igual; llamo a mi abuelo para que me explique de dónde surgió. El abuelo abre sus ojos a todo lo que dan sus párpados, mira por diferentes ángulos y exclama: "¡Es un frijol!" Ambos reímos. Es así como las palabras se hacen historias:

-¿Sabes, hijita? Ese animalito se llama el  frijolín  de la suerte, debes cuidarle y esperar con paciencia su metamorfosis, ha caído aquí porque sabe que en esta casa hay gente buena y que su presencia es necesaria para que las milpas de tu abuela den buena mazorca. Ahora es algo parecido a un frijol, pero poco a poco se transformará en un hombrecito regordete que apenas cabrá en la palma de tu mano; cada vez que la luna brille, deberás sacarlo para que se alimente de sus rayos.

No sabía si sentía miedo o terror, la metamorfosis es algo que solo había visto en las orugas, no que pudiera existir una semilla que se transformara en otra cosa que no fuese una planta. Pensé que todo era producto de la imaginación infantil de mi abuelo; dudé, pues a él las historias le crecen como las hojas a un árbol. Cuando me quedé sola a merced de aquel frijol viviente, recordé una historia que la tía Chay me había contado y que le horrorizaba. Se trata de El cholito de la suerte. Sucedió hace muchos años, a la tía Chay que entonces era una niña, su madre la había mandado a recoger hongos, por ese tiempo vivían en la zona boscosa de Hidalgo; Chay tenía un hermano menor y juntos fueron a cumplir con el deber de recolectar para comer. La lluvia fina los acompañó durante el camino, la vereda se abría húmeda y silenciosa, cuando escucharon un llanto, era el llanto de un niño pequeño.

Continuará el próximo miércoles…