La rayita, el mercado IV Centenario de Oaxaca

DENARIOS

Esta mañana, como todos los domingos, acompaño a mamá  al mercado de La Rayita que está muy cerca de casa. Al salir, nos encontramos con un cielo despejado, de azul intenso y aire muy fresco. Las banquetas ya han sido barridas por los vecinos como todos los días y huelen a tierra mojada. 

Por ser domingo, día de descanso, hay mucha más gente en el mercado y aumenta el número de “marchantes” que vienen de las poblaciones cercanas a ofrecer sus productos y que se colocan alrededor de la fuente que está en la pequeña explanada, siempre llena con agua limpia y cristalina.

Para entrar, subimos las escaleras donde se encuentran sentadas a los lados, las “marchantas” de las tortillas, con vestidos y delantales coloridos y su inseparable rebozo con el que atan a su espalda los grandes “tenates” que guardan las tlayudas y las blanditas, que bajan desde el pueblo de San Felipe del Agua.

El recorrido que hacemos dentro del mercado, tiene que ver con la posición en la que se colocarán cada una de las mercancías dentro del canasto, para evitar que las más frágiles se estropeen, magullen o rompan. Las compras que se hacen, son para un solo día, porque la costumbre es ir diario al mercado.

Hoy, mamá comprará para almorzar tamales de mole, que vende una señora muy amable y sonriente que siempre agrega un tamal de dulce para mí. Junto a ella está el puesto de pan con hojaldras, molletes, conchas, regañadas, y una gran variedad de pan dulce, colocado en grandes canastos, sin faltar el pan amarillo y los bolillos.

Me gusta mucho ir al puesto de carne y ver extendidos el tasajo de hebra, alfilerillo, metlapil; la cecina: blanca y enchilada, el chorizo, las patitas de puerco, las tripas, etcétera; pero sobre todo, me gusta ver la gran torre de manteca, que está colocada como un pirulí sobre una tina de barro y de la cual retiran con una pala de madera la cantidad solicitada, para colocarla luego, en un pedazo de papel de estraza.

De la Villa de Etla llegan el queso, el quesillo, el requesón, la nata, la leche y la mantequilla, ésta también exhibida como la manteca, en torre.

Las frutas y  verduras engalanan con sus variados colores las grandes mesas donde se ofrecen, siempre con la “pruebita” que da la “marchanta”. Junto a ellas, el olor inconfundible del epazote, perejil, cilantro y demás yerbas, siempre frescas. El abanico continúa abriéndose mientras atravesamos el mercado: puestos de venta de pollo, chiles secos, huevos, sin faltar las casetas donde se venden: veladoras, escobas, arroz, frijol y muchas otras cosas necesarias en la casa.

Nuestro recorrido termina en el puesto del atole, la marchanta me pide el recipiente de peltre azul, lo llena, limpia y lo da a mamá, porque dice que me puedo quemar.

Ya en casa, mamá coloca el canasto sobre la mesa junto al fregadero y me pide que lo vacíe; con mucho cuidado voy colocando uno a uno todo lo que contiene; al terminar, lo sacudo y cuelgo junto a la puerta de la cocina. Ahí queda, orgulloso y lleno de aromas, con la certeza que mañana presumirá sus trenzas tejidas de palma, como las que adornan la cabeza de mi nana.

“Las compras que se hacen, son para un solo día, porque la costumbre es ir diario al mercado”.