Noé Díaz Ibáñez refleja su fascinación por los insectos a través del arte

Originario de la Villa de Etla, donde el quesillo se enreda entretejido por una madeja blanca, que se deshace en el comal como si fuera una melcocha, Noé Díaz Ibáñez realiza sus primeros estudios en su tierra natal, para más tarde desplazarse a la capital oaxaqueña e inscribirse, tal como deseaban sus padres, en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, en la carrera de Administración de Empresas, la cual ejerce; pero desde su infancia había querido ser artista plástico, lo que le impidieron sus padres porque no era una carrera "que diera para comer".

El cumplimiento y el sacrificio valió la pena, porque como hijo supo cumplir con los anhelos de los suyos; ya en el ejercicio, nunca quitó de su pensamiento  la idea de pintar y cuando lo creyó necesario, sacó de sus archivos mentales toda una gama de animales o insectos que traía, para dar vuelo al arte pictórico, al color de su memoria, porque al final de cuentas disfruta de esa esencia del colorido único en su lienzo, disfrutando por fin realizar un cuadro donde los chapulines dan un concierto plástico, en colores verde del que ven los ojos del pintor, unas tortugas confrontadas con el color de la sandía de Rufino Tamayo; Díaz Ibáñez realiza este juego de música-color, que lleva al lienzo como si fueran los utensilios de un músico profesional. Pero no se queda en eso, porque también las chicatanas tienen su lugar en la creatividad del artista; como las hormigas de colores negras o rojas, conforman un rejuego en la estética vida personal de quienes habitamos este planeta.

Noé Díaz Ibáñez, desde su infancia es un gran visionario, pensando en lo de menos a más, los animales de la naturaleza, como la mariposa de mil colores, que se posa en cada árbol o flor, le han dado la pauta a sus obras artísticas de símbolos estrechamente ligados  a la cosmogonía de este nuevo insectario, podemos llamarlo así, es mantener la conexión con un mundo no pequeño, sino vasto de los pueblos de ayer y de hoy, que se visten de una vivencia como el zancudo de Zaachila, que baila al son que le toquen porque ellos también son festejados dentro de una comunidad donde le han dado forma y vida.

El artista tiene una fuerza en la belleza del color, de la forma o visión para exponer en muchos lugares de la República Mexicana, porque sus trabajos son muy especiales en cuanto al tema de la relación vivencia-musical. Esto es lo hermoso, visto del niño ingenio al hombre genio. Yo, en lo particular, estoy maravillada con la obra del eteco, quien lleva en su mente y ojos el color de nuestra tierra, de Oaxaca, porque ésta es música y color.

Las formas híbridas que combina -hombre y animal- son también símbolos compuestos. El símbolo de un ser andrógino, del dos o muchos en uno, caería fácilmente dentro de esta categoría del símbolo compuesto. La visión de Díaz Ibáñez en el lienzo predominante, en realidad casi exclusivo sin fijarse  en el sexo de las acciones y el concepto de los pueblos primitivamente, ha sido fuertemente apreciado por el artista, de ciertas imágenes adquiridas en el  registro de su memoria, para últimamente, exhibirlas en su trabajo fervorosamente no mitológico, porque ahí están, con vida misma de quien se encarga de ellos, como un conjunto que nos rodea, pero al que quizá no habíamos tomado en cuenta, sino simplemente como cualquier insecto en la vida real, que permanece y crece entre nosotros sin importancia alguna.