Nadie viene

Por fin me siento tranquilo. No sé dónde estoy, todo es negro y silencioso, no siento mi cuerpo sólo tengo la certeza que no estoy vivo. ¿Acaso estaré enterrado en una caja de muerto, o son mis cenizas que descansan en una urna de cedro rojo, con incrustaciones discretas de oro, como a mí me hubiera gustado?

No dejo de pensar en la comida de navidad, el corredor se encontraba adornado por luces y esferas multicolores. En el fondo un nacimiento con su desierto lleno de arena y camellos, a media colina se encontraba el pesebre lleno de ovejas, al costado una choza con un San José y una Virgen María de yeso que arrullaban al recién nacido Jesús, las figuras de Melchor, Gaspar y Baltazar llevando sus ofrendas remataban la escena.

En el centro del patio se levantaba el árbol de navidad de plástico verde que compré en una tienda departamental a precio de oferta. Parecía que su misión era vigilar con sus múltiples ojos de colores, los regalos que habían puesto bajo su custodia.

Ahora lo puedo decir, nunca creí en Dios, así que todos esos adornos, no eran más que la escenografía para la comida anual de toda la familia. Viene a mi mente la mesa larga, con sus manteles blancos y sobre de ellos los platos, vasos, copas, cubiertos y las servilletas, había jarros de barro verde con agua de chilacayota, horchata y tejate bien fríos, estaban presentes las tortillas, las salsas verdes y roja, y coronando el festín, tres pavos rellenos.

Cerca de las dos de la tarde la casa se fue llenando por los invitados, pero mi mayor alegría me la dieron los gritos de felicidad de mis siete nietos. Salieron a relucir los besos, abrazos y palabras de buenos deseos, entonces los celulares se activaron para registrar en una fotografía esos momentos, como presintiendo que sería mi última navidad en esta vida. Ahora quiero llorar por lo que se fue, pero de mis ojos secos no sale ninguna lágrima.

Después de un tiempo el mundo se enfermó. La naturaleza pudo recuperarse pero empezó la muerte de los humanos. El dolor de cuerpo y la fiebre aparecieron un domingo y en la paranoia que produce el miedo a morir, empezó la desesperación para buscar un médico. Para hacer la prueba del Covid había que sacar una cita y por la gran demanda me la programaron para ocho días después, así que me tomaron una tomografía para ver cómo se encontraban los pulmones y el virus levantó su puño con el pulgar hacia arriba en señal de victoria. Me llevaron de urgencia al hospital y ahí entre el olor a peste, compañeros a medio vivir, tanques de oxígeno y personal de salud que más que personas parecían fantasmas sin ojos, morí con mi soledad, única compañera de los últimos años.

Ahora llevo no sé cuánto tiempo en este silencio pues aquí todo es eterno. Me mantengo quieto, esperando a que venga Dios para que me lleve al paraíso o me envíe a esos lugares horrendos de castigo. Nadie viene, ni siquiera un ángel, la única que se apareció puntual, fue la muerte. Contacto: [email protected]