Abi...Gail

La noche siguiente es horrible. Escuchamos a papá decir que el pediátrico es buen hospital; además, que ahí trabaja un amigo suyo que puede hacer que la internen mañana mismo. Es todo lo que dice. Luego mamá dice "de acuerdo". Abi se tapa la boca con las dos manos. Quiere gritarles que no nos pueden internar, pero si lo hace, no podríamos explicar que hemos estado oyéndolos a través de la puerta. Regresamos a la cama pensando lo horrible que sería estar en un hospital. No quiero que nos lleven al hospital, me dice. ¿Qué tal si papá nos deja ahí? Tomo de un mueble la foto donde están los tres y, con las tijeras, recorto de un tajo la imagen de papá.

La sala donde nos ponen es muy grande: hay como veinte camas con niñas de distintas edades en dos filas; una frente a otra; unas duermen, pero la mayoría mira al techo. ¿Por qué nos han traído aquí? ¿Dónde está papá?, pregunta Abi. Mamá acomoda sus cosas sobre una mesita metálica junto a la cama; sus pantuflas y el cepillo de dientes. La acuesta, se sienta junto a ella, con las manos, alisa la mantita hasta dejarla sin arrugas ni dobleces; igual que lo hace con la cama cuando Abi la tiende y le queda mal. ¿Nos han traído, Abi? Pregunta mamá con la cara muy cerca de su nena. Te trajimos aquí para que mejores. Es todo lo que le contesta. 

Se hace de noche, mamá se va. Dice que papá vendrá a verla. Abi se tapa la cara con la sábana. Papá es muy tonto, no lo queremos, grito con todas mis fuerzas, pero mamá no voltea, se fue.

 Esa noche, ponen a Abi en una tina con hielo. Tiembla. No me sueltes, me dice llorando. Le ponen otra vez una inyección en el brazo con una manguera transparente y una bolsa de la que gotea un líquido. Pobre Abi, parece un cachorro perdido en la lluvia, tan débil. La miro y le tomo la mano hasta que baja la fiebre y queda muy quieta sobre la cama, pálida y con el cabello alborotado.

Ha pasado una semana desde que llegamos. Le han tomado muchas radiografías, le han dado píldoras y han hecho muchas pruebas. Poco a poco, Abi va mejorando. 

 Una mañana, la niña junto a nuestra cama pregunta con una vocecita callada: hola, soy Rita, ¿tú cómo te llamas? Parece un animalito recién nacido, chiquito y feo. Yo soy Abi y ella es Gail, contesta Abi. No veo a nadie, ¿quién es Gail? pregunta la niña, pero Abi ya está dándole la espalda, pensamos que es demasiado chica para ser importante.

Rita parece un gatito; ¿no te gustaría adoptarla como nuestra mascota? Le digo. Está bien, contesta ella, es el gatito que mamá no nos deja tener.

En las tardes, nos gusta ver por la ventana a la gente en la calle. Si alguien voltea hacia arriba, ve nuestras manos dibujando círculos  en la ventana empañada por el frío del invierno y el calor de la sala. Rita no puede levantarse, se la pasa dormida casi todo el tiempo. 

Gail es mi amiga y si quieres, también puede ser tu amiga, Abi se acerca a Rita que parece que tuviera un pulpo con tentáculos transparentes conectadas en los brazos y en la nariz. Se lo dice como cuando cuentas un secreto. No la veo, se queja Rita muy quedito. No importa, yo le diré que eres nuestra amiga, dice Abi.

Es la segunda vez que habla de mí con alguien

El día que Rita se pone mal, tiembla mucho y hasta las enfermeras le ponen una mascarilla en la cara. En un gran alboroto, la llevan en una camilla a la sala donde la pueden vigilar de día y de noche. Lo sabemos por la enfermera que cambia las sábanas en su cama. Le están haciendo unos análisis, nos informa. Si me llevan a hacer esos análisis, me dice Abi, vienes conmigo. Lo juro, beso la cruz con la mano derecha, no con la izquierda, porque así no valen los juramentos. 

Rita nunca regresa

Vete a otra cama o muérete porque esa cama es de Rita, mi gatita. Así recibo a la niña enferma que llega a ocupar su lugar. Pero la niña no responde, tiene los ojos cerrados. La mujer junto a ella pide que lleven a su hija a otra cama, que no va a aguantar majaderías de una escuincla. La enfermera habla con Abi; le pide ser más amable con la niña. No soy yo, es Gail la que dice esas cosas, dice subiendo los hombros.

EI último día en el hospital, al llegar mamá, lo primero que hacemos es darle la espalda; pero luego saca de una bolsa el vestido que tiene una corbata amarilla y tablones, y dice: nos vamos a la casa. Abi se levanta, se desata la bata y se viste. Mamá ayuda con las calcetas y los zapatos, cepilla su cabello que amarra hacia atrás con un elástico amarillo en una cola de caballo. Al doctor y la enfermera que se acercan para despedirnos, no les hago caso. Mamá se disculpa diciendo: perdón, se siente mal. En cambio, volteo hasta la cama que ocupó Rita y le digo adiós.

  Papá viene cada dos semanas a visitar a su nena. Hoy trae un pastel de cumpleaños con trece velitas y un gatito al que Abi nombra Rita, aunque es macho. ¿Te vas a quedar? Le pregunta Abi a papá que ya ha tomado las llaves del auto y se despide de ella con un beso en la frente. Estás preciosa, eres toda una señorita, dice. Mamá mira la escena recargada en la mesa del comedor que ha adornado para la ocasión. Ese mismo día me convierto en un recuerdo del que Abi prefiere no hablar. Carga en los brazos al animal que le corresponde con maullidos y ronroneos. Me ha enviado a un rincón de su mundo, pero habrá días negros, lo sé, entonces volveré con otro nombre, seré algún desorden tipo ANSIEDAD que tomará mi lugar e intentarán curar en costosas sesiones con un psicoanalista al que papá enviará un cheque mensualmente.