LECTURAS PARA LA VIDA: ¡Ay, Jalisco, no te rajes!

Última de dos partes

El domingo que fui a visitar a mis padres, le comenté a mi hermana Mónica de esta nota; pensé que recordaría cómo se dio la situación para ir al homenaje de Don Manuel Esperón; inmediatamente me respondió: "¡Una molotov!"

Evoqué esa tarde, debimos ser de los pocos jovencitos en la fila, era la primera vez que entraba al Teatro Álvaro Carrillo, era relativamente nuevo, a lo mucho tendría año y medio de ser inaugurado. Ver a Alberto Ángel "El Cuervo" vestido de charro, interpretando las canciones que de niño me emocionaba escuchar en películas -acompañado o bien no lo recuerdo, pero creo fue la Banda Filarmónica de Oaxaca-, hizo vibrar todo mi ser.

Casi al final del concierto, una señora se levantó de su asiento para gritarle Te amo Cuervo; a mi hermana y a mí nos provocó risas, hasta ese momento todo era felicidad.

Cuando salimos ya había anochecido, nos apresuramos a tomar el autobús, para nosotros en el punto que nos encontramos era bastante retirado. En ese entonces, mi vida transcurría entre mi casa, la escuela y el taller; aunque resultaba difícil que nos perdiéramos, me encontraba nervioso; que el camión se ocupara por gran parte de personas que salimos del teatro, resultó tranquilizador.

Íbamos sentados en la parte de atrás, siempre que mi hermana y yo nos juntábamos reíamos mucho, ese momento alegre estaba a punto de cambiar. Cuando el camión transitaba por la calle de Nuño del Mercado, se creó gran alboroto, el camión aumentó la velocidad y se escucharon vidrios que se rompían; alguien gritó: "¡Agáchense!" Unas cuadras más adelante recuperamos la calma; aturdido, observé las ventanas del camión rotas, a un señor sangrar de la cabeza, algunas personas lastimadas, a mi hermana y a mí del susto no pasó.

"¡Una molotov!", gritó un señor, se agachó y recogió la bomba casera debajo de un asiento; después de todo, esa noche tuvimos suerte que no haya cumplido su propósito el artefacto. Debió ser nuestra juventud, ingenuidad y disposición a la vida, pues una vez que bajamos del camión para dirigirnos a casa, volvimos a recuperar la alegría, prometimos no contarle el evento a nuestra madre, pues corríamos el riesgo que no volviera a dejarnos salir solos.

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