Colectivo cuenteros | Abi...Gail

Primera de dos partes

Lo que niegas te somete,

lo que aceptas te transforma.

Carl G. Jung

 

La sala es fría, iluminada como un sol blanco, en el centro hay una cama de metal. A un lado, un aparato muy grande, apunta a la panza de Abigail. Una enfermera se acerca, revisa la jeringa en el brazo por donde le ponen un líquido. Es un medio de contraste para tomarte unas radiografías, le explica el médico antes de iniciar. Al ver la cara de Abi, le dice: "tenemos que pintar tus tripitas para verlas en una foto especial", pero ella se voltea: no quiere ver cómo entra la aguja en su piel. Nos dejan solas.

Abi pone sus manos a los lados. Le da vergüenza mostrar su cuerpo que apenas está cubierto por una sábana que jala para tapar sus piernas, pero el frío hace que sus rodillas choquen una con otra. Intenta controlarse y se queda quieta por un rato para que el doctor pueda hacerle los estudios. Yo aprovecho para pedirle que aguante, que ya casi terminan, pero ella no quiere saber más y me dice: tengo frío, estoy cansada, ya vámonos; entonces la tomo de la mano y digo: vámonos.

Por una bocina que está en la pared, escuchamos la voz del médico: pequeña, por favor no te muevas, o tendremos que volver a empezar.  Por fin le quita la jeringa del brazo en el que se ha formado un moretón. Después la felicita por ser tan valiente. Mamá entra para ayudarle a bajar de la cama y vestirse. ¿Cómo te sientes, mi amor? Tiene esa cara como cuando está muy preocupada. Quiero vomitar, contesta Abi. 

Camino a casa, mamá le pregunta con quién hablaba. Dice las palabras con cuidado. Abi se queda callada, luego contesta: Gail es mi amiga. ¿Otra vez con eso, Abi? Mamá pregunta enfadada, pero no espera que responda. Entonces abro el termo con jugo de naranja que le ha preparado mamá y lo tiro sobre el asiento del coche. Mamá grita que no lo haga. Es Gail, no fui yo quien lo hizo. Mamá la mira por el espejo. No dice nada más. Yo quiero reír, pero me aguanto. No nos gusta el jugo de naranja, digo, mientras veo cómo desaparece el líquido en el asiento. 

 Es octubre. Nos despierta el alboroto de mamá por la nieve que cayó la noche anterior en la ciudad. Abi se queja de un fuerte dolor de cabeza, se levanta de la cama, las punzadas esconden un poco la emoción de salir a la calle. Mamá, emocionada, la cubre con su sweater de lana; ese que parece un arcoiris de colores rojo, azul, amarillo y que le queda demasiado grande. Nena, ¿quieres ir a pasear en el auto con papá? 

  Afuera, el brillo del sol sobre la nieve hace más fuerte el dolor; de todos modos salimos a las calles donde vemos coches con monos de nieve en el cofre y niños que juegan divertidos por la primera nevada del año. Papá prende la radio. A la nena no le gusta esa música; mamá dice la palabra "nena" como si papá no escuchara bien. La tratas como si fuera de cristal, por eso es tan enfermiza, dice él. Mamá hace un gesto de disgusto que arremedo sacando la lengua, esta vez no puedo aguantar la risa. Mamá la regaña por burlarse. ¡No soy yo, es Gail!  Abi tiene en las piernas la muñeca que le regaló papá cuando mamá le reclamó por ser tan egoísta y no querer tener otro hijo. Yo quería que nos dieran un gato, pero mamá dijo que los gatos son una fuente interminable de alergias y enfermedades y así dio por terminado el tema.

En el auto, la voz de Abi tiene eco; queremos ir a casa, queremos ir a casa, queremos ir a casa, gritamos. Abi, deja de hablar como si fueran dos, aquí sólo estamos tu madre tú y yo, nadie más, ¿entiendes? Papá está gritando. Le arranco la cabeza a la muñeca y se la enseño a papá que ahora va contra mamá: ¿Ves lo que has logrado por consentirla tanto?, ¿desde cuándo habla sola? Mamá está llorando. 

Es nuestro cumpleaños número nueve. 

 

 

"En el auto, la voz de Abi tiene eco; 'queremos ir a casa, queremos ir a casa, queremos ir a casa', gritamos. Abi, deja de hablar como si fueran dos, aquí sólo estamos tu madre, tú y yo, nadie más ¿entiendes?"

 

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