El Lector Furtivo: El viejo y el mar

Ahí me tienen tendido en una cama con el cuerpo crispado, con un dolor insoportable que se intensifica con cualquier pequeño movimiento, circunstancia que me tiene encerrado, no solo en mi casa o en mi cama, sino en mi propio cuerpo.  Buscando algo que me ayude a sobrellevar el dolor, recuerdo una asignatura pendiente: la lectura de "El viejo y el mar", la obra del autor estadounidense Ernest Hemingway (1899- 1961).

De este pequeño volumen había escuchado cosas maravillosas, pero que no me ha parecido atractivo porque mi inclinación natural al placer lo habían dispuesto en un lugar alejado de mi biblioteca. ¿Qué me puede decir a mí la historia de un viejo en un mar? Encuentro la combinación de vocablos un tanto limitada en sus posibilidades, un prejuicio gratuito, pero arraigado en mí, quizá gracias a fragmentos de la versión cinematográfica, con la imagen de un anciano  a bordo de un bote y rodeado de un mar vacío; afortunadamente, esta lectura me ayuda a recuperar el rumbo para encontrarme de frente con una verdadera obra maestra.

Hemingway es el paradigma del autor aventurero. Comparte el ADN de Rimbaud, Stevenson, Conrad y de Lawrence de Arabia. Su imagen está íntimamente relacionada al mar, al mojito, al tabaco, a las corridas de toros y a la escopeta con la que se quitara la vida en el año de 1961, diez años después de escribir esta joya de la literatura en Cuba. Más de una vez he escuchado que "El viejo y el mar" es un relato conmovedor, así que me dispongo a descubrir de qué se conmueve este supermán americano y la respuesta es sorprendente.

Literalmente me embarco en la lectura de esta novela. La fábula es  en verdad sencilla: un hombre por todos conocido como El Viejo, pescador de toda su vida y aficionado al beisbol, lleva ya mucho tiempo sin poder atrapar una pieza, a pesar de salir todos los días al mar. Entre sus hazañas se encuentran haber pescado a dos de los peces más grandes de los que se tiene memoria en la isla, pero ha pasado el tiempo y no sólo las fuerzas, sino también la suerte parecen  haberlo abandonado.

El Viejo es un hombre con un pasado tan rico en anécdotas, como pobre es su vida actual. Una cabaña en una loma, sus aparejos de pesca y su amplia experiencia -que podríamos llamar sus recuerdos- son su únicas posesiones, pero aquella madrugada que se hace al mar nos anticipa que algo extraordinario está por ocurrir.

Así, desde mi cama de convaleciente me embarco con el viejo para ser testigo de este viaje. Gracias a Hemingway veo al Viejo preparar con todo detalle su barca con sus aparejos y de esta forma conozco la mar, como él la llama, porque en su pensamiento la mar guarda el misterio, la grandeza y la belleza infinita de lo femenino. La mar es un laberinto del que parece conocerlo todo: sus colores, sus violencias y la vastedad de sus especies y  hago mío el dolor de las heridas del viejo al emprender la lucha contra un pez tan grande como no ha habido otro,  que picará en su anzuelo y contra el que librará una batalla extraordinaria para poder someterlo y llevarlo a puerto.