DENARIOS: Narciso Buenrostro

Terminó la marcha y comenzó el mítin. De pronto la vio allí parada junto al quiosco, así como le gustaban, de buen ver y mejor tocar, mujer madura entre 40 y 45 años de edad.

Narciso Buenrostro ensayó su mejor sonrisa, se acercó a la dama y le preguntó: “¿Compañera, sabe dónde se reúnen los foráneos?” Penélope volvió la cara y al verlo sintió como si un rayo la hubiera paralizado; su voz, su rostro, ese cuerpo atlético que se dibujaba a través de su playera, la impactaron. Enseguida le comentó: “Hace mucho calor, compañera. Si me permite la invito a tomar un refresco”. Ella, por un segundo pensó en rechazarlo, pero su cuerpo le dijo que no lo hiciera y aceptó la invitación, no había nada de malo en ir a tomarse un refresco con su compañero de lucha.

Fueron a un bar cercano y después de un rato, él le propuso ir a un lugar más íntimo. Ella no lo pensó dos veces y se fueron a un hotel de paso. Hacía tanto tiempo que no la halagaban de esa forma. Su esposo siempre estaba en el trabajo y viajando, en fin, “una canita al aire”.

Así pasaron otras marchas, mítines y plantones. Un 15 de mayo, después de la marcha, Narciso se acercó a Penélope y le entregó un sobre amarillo, le pidió que lo abriera y viera su contenido; así lo hizo. Dentro había fotografías muy comprometedoras de ambos como pareja.

-¿Qué significa esto?

-Necesito cien mil pesos. Si no me los das, estas fotos irían a parar a la oficina de tu esposo.

-¿Por qué haces esto?

-¿De dónde crees que obtengo para mis gustos, mi ropa, perfumes y el coche que tengo? ¡Vamos! ¿Qué son cien mil pesos para ti? Hagamos un trato, la próxima marcha, en la Mixteca, me llevas el dinero y yo las fotografías y negativos. Es un buen trato a cambio de tu tranquilidad.

 Penélope sólo alcanzó a decir que sí.  Él desapareció entre la aglomeración de “luchadores sociales”.

Los días pasaron rápido. Penélope solicitó un préstamo rojo al sindicato, empeñó sus alhajas y logró juntar la cantidad acordada. Llegó la fecha acordada y Penélope le dio a Narciso el rollo de billetes a cambio de las fotos originales y negativos, pero le pidió regresar a Oaxaca acompañándolo en su coche. Él aceptó, complacido de llevarla de compañía. Metió el dinero en la guantera y enfilaron hacia la carretera. De pronto, Penélope le pidió que se desviara por una brecha al lado del camino. Quería ser suya por última vez. Él aceptó, le excitaba hacerlo al aire libre con el campo como mudo testigo de su conquista.

Se internaron en un claro, aislado del tránsito vehicular; Penélope se desabrochó la blusa y Narciso se reclinó en el asiento del copiloto. Halagado al máximo, no se percató en qué momento Penélope sacó de su bolso una daga que hundió en su cuerpo en repetidas ocasiones destrozándole el hígado, el corazón y los pulmones.

Penélope roció sobre el cuerpo y las vestiduras, un bote de combustible. Tomó de la guantera el dinero y el sobre, lanzó un cerillo al coche y se hicieron las llamas.

Penélope caminó hacia la carretera. Quizá viviría toda su vida encadenada a los remordimientos; pero, ¿a cuántas mujeres habría liberado de los suyos?

 

“Fueron a un bar cercano y después de un rato, él le propuso ir a un lugar más íntimo”.