Cuando seas grande: interrogante y angustia

CONSULTORIO DEL ALMA, CUENTA CONMIGO

No cumplía los 18 años y tenía que decidir a qué dedicarme en la vida; fue cuestión de tiempo para que llegase el momento. Desde pequeño, me intrigaba la conducta de mis compañeros de salón respecto a lo que querían ser de grandes. Cuando me preguntaban, respondía lo que se me ocurría en el momento, para que tanto ellos como los adultos no insistieran, pues algunos comentarios que proseguían eran tontos; sin embargo, a esa edad quien se sentía así era yo, por no saber qué ser cuando fuera adulto.

Lo que te guste y seas bueno, un engaño

Al paso del tiempo la situación se tornó más complicada, supongo que no era al único a quien le sucedía, observar la seguridad con la que algunos niños tenían definido qué serían de grandes reafirmaba sentimientos que no podía comprender. Debió ser en quinto o sexto año de educación primaria cuando escuché que la persona debe elegir su profesión de acuerdo a dos cosas, lo que le guste o para lo que sea bueno. Según de quien escuché estas palabras esto facilitaría las cosas; años después supe que existen pruebas psicológicas basadas en estos preceptos, pero para mí no era así.

El primer precepto

Sin temor a que se lea presuntuoso, resultaba que a pesar de ser un poco rebelde e incluso desobligado con ciertas labores de la escuela, no encontraba dificultad en lo que mis padres me mandaban hacer, ya fuera en la casa o  el taller, hasta me gustaban podría decirse; algunas las realizaba con mayor entusiasmo que otras, pero me daba cuenta que era más por las implicaciones, quedar bien ante sus ojos u obtener un permiso para jugar, tenía claro que las actividades no me gustaban en sí mismas, pero me dejaban la impresión que todo podría gustarme.

Segundo precepto

En lo que corresponde al resto de la frase, -para lo que seas bueno-, también resultaba complicado resolverlo por ese camino. Cuando mis hermanas y yo éramos pequeños, en la casa se educaba con varias consignas, una de ellas, antes que los derechos las obligaciones; por ser el varón me correspondían algunas específicas, pero me daba cuenta que disfrutaba hacer aquellas que les correspondían a mis hermanas, como lavar los trastes y ayudar a mi madre a cocinar. Cuando mi padre me llevaba al taller, tampoco se me dificultaban las actividades que me designaba; recuerdo con ternura cómo me animaba diciéndome que como mis manos estaban pequeñas, eran las adecuadas para ciertas labores. Así que desarrollé el dominio de manos y cuerpo, a tal punto que no se me dificultaba realizar lo que me pusieran a hacer; se creó en mí la sensación que podía hacer cualquier cosa…

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