Semejanzas latinoamericanas

ESTAS LETRAS QUE LEES

Había una vez, hace mucho tiempo, cuando todavía podíamos salir a la calle sin miedo a perder la vida, existía un Oaxaca, que durante las dos últimas semanas de julio, bullía de algarabía, gozo, calendas, música, colores, máscaras, cohetes, danzas y un largo etcétera. En aquellos días, las calles se encontraban repletas de vida y la verbena parecía no terminar, con llenos absolutos en todos los eventos organizados. Eso sí, pagado por el Gobierno del Estado, representando éstas, las fechas de mayor derrama económica para la ciudad.

Se trata de una de las mejores épocas para visitar la ciudad. La festividad de Lunes del Cerro (que tradicionalmente inicia el día de la Virgen del Carmen), con su tradicional “octava”, hacían de estas dos semanas el momento anual cúspide de la ciudad: hoteles abarrotados, plazas y centros de reunión populares llenos de gente de todas partes del mundo, un sin fin de personas que llegaban a vivir una de las festividades de color y música más grande del continente y del mundo. Ahora, en medio de esta terrible situación que abraza todo el planeta, esta ciudad (como muchas otras) se encuentra vacía, las calles mudas, solitarias, pero eso sí, limpias y transitables.

La situación es más que alarmante; hace ya más de 120 días que llevamos de encierro social. Un tercio de este año hemos vivido bajo el temor constante de poder perder la vida con el simple hecho de salir a la calle. Muchos han fallecido. Poco a poco, los casos de conocidos o cercanos que se contagian comienzan a llegar a nuestros oídos y comenzamos a llenarnos de miedo, un miedo terrible si tomamos en cuenta que las personas necesitamos de la interacción con otras para poder sobrevivir; además, que el contacto físico con el prójimo es simplemente necesario para el correcto desarrollo como especie. Una situación como esta pone en riesgo el presente humano. Es un sentimiento que abarca más allá de las fronteras de la ciudad, del estado y del país. Es un temor mundial.

A estas alturas, las personas comienzan a sentir los verdaderos estragos del encierro. La vida diaria comenzó a cambiar a nivel mundial, poco a poco hemos comenzado a observar cómo los comercios y servicios comienzan a adaptarse a la nueva normalidad. En Santiago de Chile (donde viví el año 2014), me comentan que el sentimiento más generalizado entre la sociedad es la frustración. Chile se encontraba en plena agitación política y social en búsqueda de una nueva constitución más justa y popular (pues vaya que viven una situación apremiantemente en dichas materias), con movimientos multitudinarios en las principales plazas de las ciudades mas importantes del país.

La juventud (siempre) revolucionaria se encontraba en manifestaciones masivas; compañeros de Universidad, con quienes conviví, me compartían videos de lo que estaban viviendo; al verlos, me sentí transportado a Oaxaca en 2006. Ahora, esas voces que han estado encerradas y frustradas comienzan, poco a poco, a salir con miedo a las calles. 

"Había una vez, hace mucho tiempo, cuando todavía podíamos salir a la calle sin miedo a perder la vida, existía un Oaxaca, que durante las dos últimas semanas de julio, bullía de algarabía, gozo, calendas, música, colores, máscaras, cohetes, danzas y un largo etcétera".

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