Los atroces experimentos de Shiro Ishii

Provocaba infecciones bacteriológicas a prisioneros de guerra

Entre los peores conflictos bélicos de la historia, la Segunda Guerra Mundial merece un punto aparte.

Las barbaridades que ocurrieron en distintas partes del mundo durante los años de enfrentamiento, entre 1939 y 1945, aún escandalizan y estremecen al mundo. Entre los más terribles casos de hombres atroces, se ha hecho muy conocido el del ángel de la muerte, Josef Mengele.

Este científico alemán desarrolló horrorosos experimentos con personas. Pero no fue el único en la guerra que se dedicó a tales fines.

Los comandos japonenses contaron entre sus filas con un científico al que algunos llaman el Mengele Japonés, y que cometió atrocidades de las mismas dimensiones e incluso superiores.

Shiro Ishii nació en la región de Shibayama, en la Prefectura de Chiba, el 25 de junio de 1892. Fue a la Universidad Imperial de Kioto, donde se graduó en la carrera de medicina.

Aunque de personalidad exigente y egoísta, destacó en sus estudios por su intelecto brillante.

Se enroló en el Ejército y fue asignado al Hospital del Primer Ejército y Escuela Médica Militar de Tokio. Por su desempeño destacado en la universidad, obtuvo una beca para estudios de posgrado.

En 1927 viajó por Europa y Estados Unidos, en condición de agregado militar. En aquellos años se dedicaría a aprender sobre el uso de las armas químicas y bacteriológicas que se emplearon durante la Primera Guerra Mundial.

Al volver a Japón, Shiro Ishio ya estaba plenamente convencido de que la única posibilidad real que garantizaría el triunfo en la guerra, sería la fabricación de armas biológicas con un potencial de destrucción masivo.

La epidemia de meningitis

Shiro Ishii se dedicó a predicar entre sus superiores lo que desde su regreso al Japón se había convertido en la mayor de sus certezas. Sólo a través de la ciencia podía acabarse radicalmente con los enemigos de guerra.

Sin embargo, sus opiniones no fueron escuchadas en pleno hasta después de su acción en una epidemia.

Por coincidencia, al volver a su país se encontró con una epidemia de meningitis en la región de Shikoku.

El científico aprovechó la oportunidad para desarrollar un filtro especial para el agua, que fue determinante en el control de la enfermedad. A partir de ese momento, el Ejército viró sus ojos hacia él.

Escucharon por fin sus teorías sobre la ciencia como arma para vencer en la guerra, y el armamento biológico empezó a constituirse como una idea necesaria y útil.

Empezaron a darle carta blanca a Shiro Ishio para desarrollar con libertad y sin ningún respeto a la dignidad humana, los más crueles experimentos. En este contexto, nació el Escuadrón 731, cuyo sólo nombre genera estremecimiento y escozor.

Las torturas del Escuadrón 731

A partir de 1931, Shiro Ishii empezó sus experimentos sobre la guerra biológica como un proyecto secreto para el Ejército Imperial Japonés. En el año 1936 fue destinado al remoto distrito de Pingfang, al noroeste de la ciudad china de Harbin.

Allí nació la Unidad Antiepidémica de Suministro de Agua 731. La supuesta estación de tratamiento de agua potable no era más que una fachada que escondía a un equipo encargado de evaluar qué tan viable resultaría la guerra biológica.

El científico dio la orden de construir un gran complejo que en seis kilómetros cuadrados alzaba unos 150 edificios.

En el más estricto secreto de guerra, Ishii y su equipo iniciaron experimentos en los que combinaban los microbios que causan algunas de las más terribles enfermedades que habían azotado a la humanidad.

Utilizaron como conejillos de indias a hombres, mujeres, niños, bebés, ancianos y prisioneros rusos y chinos a los que apodaban maruta, que quiere decir troncos.

Inyectaban en sus sistemas los microbios del cólera, la peste bubónica, la fiebre tifoidea, la tuberculosis, la viruela, la gonorrea, la disentería y la sífilis.

El resultado eran terribles padecimientos y agonía, que terminaban con la muerte del condenado. Pero no sólo se limitaron a inyecciones. Los miembros del Escuadrón 731 consiguieron esparcir estos patógenos mortales mediante bombas y armas de fuego.

Se estima que decenas de miles de personas murieron como consecuencia de estos experimentos. Pero los horrores promovidos y liderados por Shiro Ishii no terminarían allí.

Experimentos en seres humanos

Los efectos de los patógenos mortales no resultó suficiente para las ansias macabras de experimentación de Shiro Ishii. El Escuadrón 731 también se dedicó a explorar los límites de la resistencia humana con prácticas atroces que generaban dolores inimaginables. Los desafortunados que caían bajo el poder el científico podían ser sometidos a la amputación de brazos y piernas sin anestesia.

Congelaba y descongelaba los miembros del cuerpo de pacientes vivos, para arrancarlos posteriormente. También llevó a cabo otras torturas como abortos forzados, exposición a dosis letales de rayos X, quemaduras con lanza llamas, provocación de accidentes cerebrovasculares, exposición a gases letales, ataques cardíacos simulados, deshidratación hasta la muerte e inyecciones con sangre de animales.

Sus atrocidades quedaron para la historia entre las más terribles crueldades que se han aplicado sobre seres humanos.

Criminal  sin castigo

El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo la paralización de los experimentos de Shiro Ishii, pero no la justicia necesaria para castigar sus crímenes.

Convencido de que sería juzgado por las fuerzas norteamericanas por sus crímenes de guerra, Ishii fingió su propia muerte y huyó, pero terminó siendo detenido en 1946, junto con parte de su equipo en el Escuadrón 731.

Lejos de ser castigado por los crímenes cometidos, Shiro Ishii logró negociar ante el Tribunal de Tokio su inmunidad, a cambio de ofrecer todos los datos que había obtenido sobre la guerra biológica, como consecuencia de sus experimentos en seres humanos.

Develó todos los detalles y a cambio siguió viviendo sin ningún castigo hasta el año 1960, fecha en la cual murió a sus 67 años como consecuencia de un cáncer de garganta.

En los juicios de Tokio se alegó que no existían pruebas suficientes para sostener una acusación en su contra.

La verdad de lo ocurrido en el macabro Escuadrón 731 sólo salió a la luz en la década de los ochenta, cuando los hechos fueron públicos en los medios de comunicación.

El nombre de Shiro Ishii quedará grabado en las oscuras páginas de la historia de la humanidad, como un criminal sin castigo.