Píldoras de filosofía: Los sueños, patria del ser humano 

El general Douglas Mac Arthur, cumplidos los setenta, dijo: “La vejez no es simplemente una edad cronológica, sino un estado del espíritu humano. Se es viejo cuando se deja de soñar”. Y es bien cierto, porque los sueños son la patria del ser humano.

Observando un poquito el entorno encontraremos gente físicamente mayor que sigue soñando y soñando, con un espíritu mucho más joven que algunos de los jóvenes físicamente. Por tanto, ser anciano no es ni mucho menos sinónimo de inútil. Y si no, pensemos en toda la gente mayor que ocupa su tiempo ayudando a otra gente en diferentes asociaciones u ong´s, o el gran papel que están haciendo los abuelos con los nietos, que facilitan la conciliación laboral y familiar, y todas aquellas ayudas que se reciben de los padres-abuelos, que ayudan a sortear los obstáculos de la vida.

Algunos expertos creen que este gran papel que juegan en las vidas de los más jóvenes, muchas veces no se valora porque se cree, muy erróneamente, que es su obligación, y no se reconoce el papel primordial que llevan a cabo los padres-abuelos; quizás, si se valorara de verdad, no estaríamos hablando de marginación y abandono.

“No podemos convertir el envejecimiento y la prolongación de la vida en un proceso de marginación y soledad, ya que los mayores tienen aún mucho que aportar al progreso y estabilidad social”, tal y como dice la declaración de principios que constituyó el Consejo Nacional de Mayores.

Y es que hacerse mayor no es una tragedia sino una aventura. Está claro que, a medida que pasan los años, el vehículo físico se va deteriorando, pero hay que ser conscientes de que no solo somos el cuerpo, sino que somos algo más. Hay que cuidar el cuerpo, pero no se debe perder de vista que también en él se reflejan otros aspectos de la personalidad que también deben cuidarse: el equilibrio emocional y mental, la coherencia entre pensamientos y acciones, la actitud frente a la vida…, en definitiva, la vida interior que se haya cultivado y se vaya cultivando.

La vida son etapas, que se van pasando y superando. Cada una de ellas tiene sus alegrías y sus penas, y cada una requiere cosas distintas, ni mejores ni peores. Lo que sucede es que muchas veces se mezclan y se exige a la vida cosas que no corresponden al momento vital en el que nos encontramos, y esto genera malestar y desajustes. 

Ya hemos comentado antes que los valores de la sociedad actual entronizan demasiado la juventud y la belleza física. Los cuerpos y rostros perfectos, sin arrugas, sin manchas, que pueblan los anuncios, series y películas, no dejan lugar a los rostros surcados por las arrugas de la experiencia de lo aprendido, que acompañan dulces sonrisas y miradas perdidas, ni a los cuerpos que necesitan de la inestimable compañía del bastón. Y esto provoca un cierto desprecio inconsciente, muchas veces, hacia los ancianos.

Por otro lado, en el momento actual también prima la rapidez. Existen miles de estímulos que ofrecen miles de actividades y sensaciones para probar, y esta aceleración en la que se vive choca con la tranquilidad y paciencia de los abuelos. No se comprende cómo pueden estar sentados “sin hacer nada”, ¡con las cosas que hay allá fuera!

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La vejez no es simplemente una edad cronológica, sino un estado del espíritu humano. Se es viejo cuando se deja de soñar, Douglas Mac Arthur.