Colectivo Cuenteros | Cuídate

Primera de dos partes

Siempre le resultó extraña esa forma de levantarse, hubiera preferido no dormir esa noche. Desvelarse con su ansiedad. Observar cómo amanece la ciudad. Lo que sea, con tal de evitar la angustiosa sensación que lo atropelló esa mañana. El sol le impactó en el rostro, no se había percatado de que su cama daba a una ventana y la ventana al temperamental sol quiteño. Durante unos segundos se preguntó qué hacía ahí acostado y tan lejos de casa.

Varias horas estuvo a la espera de que algo pasara. En la habitación  compartida del hostal, un par de compatriotas le ofrecieron un mate que él aceptó y tomó como si de un amuleto se tratara. Le preguntaron de dónde venía y a dónde iba, y él sintió que podía decirles todo. Decirles que estaba ahí por trabajo, que no sabía muy bien qué iba a hacer con su vida, que quería empezar de cero en ese país, que soñaba con un nidito ecuatoriano, que quería echar raíces en esa tierra cálida pero que toda su vida en ese momento dependía de la suerte. Pero claro, ellos eran turistas y no entendían muy bien su porqué.

Llamó a su madre, lo había querido hacer desde su despertar. Le dijo todo lo que las madres quieren saber, le dijo que estaba bien y que estaba bien alimentado. El timbre de su voz lo retrotrajo a otras angustias. No se consideraba un buen hijo y esa llamada lo confirmaba. Si se había alejado era por ella. Quería que al volver, ella lo viera como todo un hombre, que viera las marcas del tiempo y el esfuerzo en alguien que fue capaz de construirse a sí mismo. Esa idea le ganaba al miedo.

-Cuídate- le dijo ella. Era lo que siempre decía. Él odiaba esa exigencia, no quería cuidarse, quería llevarse la vida por delante, caerse y levantarse. Sentir con gravedad los golpes de la vida. Por eso ese viaje de ida a la incertidumbre.

Le empezó a gustar la ciudad, la plaza Foch, el parque El Ejido, la Floresta y el casco antiguo. Frecuentaba los bares de la Mariscal, los restaurantes de menú a dos dólares con cincuenta centavos. Había complicidad entre la noche quiteña y sus ganas de echar raíces. Toda la ciudad le decía que si o eso parecía. Pero la casa materna estaba todavía tan lejos y las llamadas diarias parecían jugarle en contra. Era ese mundo que había dejado atrás y al que no quería recordar. Cada vez que su madre finalizaba la comunicación con un “cuídate” él volvía a verse a sí mismo como ese joven incompleto que era.

El trabajo tardó en llegar y le tomó tiempo adaptarse al ritmo que éste demandaba y cuando lo hizo se sintió un ecuatoriano más. En pocos meses se hizo de un nutrido grupo de amigos, muchos de ellos en la misma situación que él. Se divertían a su modo los autoexiliados en Quito. Hablaban en inglés que era la única lengua que los unía y realizaban viajes cortos los fines de semanas. En uno de esos viajes conoció a alguien. Una estudiante canadiense que trabajaba en un bar en Baños de Agua Santa. Todo ese tiempo había esperado ese momento mágico en el que una persona entrara en su vida de la forma que Natalie lo hizo. De ahí en más, los viajes a Baños se hicieron más frecuentes.  Quiso mudarse, quiso que ella se mudara o quisiera mudarse y tembló de angustia como tembló esa primera mañana al pensar que algún día ella volvería a Toronto. Ese cruce que él adoraba, de personas que erraban por aquellas geografías, tenía su riesgo. Mucha gente se perdió en ese tránsito, algunos volvieron a casa, otros siguieron viaje hacia el norte. Uno se acostumbra a todo, incluso a las despedidas.

Ya no llamaba a su hogar materno, estaba hasta altas horas de la noche fuera del hostal. Siempre había una excusa. El cumpleaños de un amigo, la despedida de otro, una fiesta en la Floresta, Natalie visitaba Quito. Siempre había algo más urgente y cercano porque su vida ya era esa. Finalmente, y para desgracia de sus amigos quiteños, se fue a vivir a Baños. Alquiló un departamento con su novia en el centro de la ciudad y lo llenó de adornos como quien llena a una casa que es suya. El nido, las raíces, todo estaba ahí. Era un camino ascendente que defendía día a día en su nuevo puesto de trabajo.

Después de un largo periodo de adaptación, la convivencia se hizo tolerable. Habían descubierto juntos la importancia del espacio personal y de su cuidado dentro de la pareja. Volvió a llamar a casa con frecuencia por consejo de Natalie que hacía lo mismo. En Argentina todo parecía estar igual que antes aunque un poco peor. Su madre le preparaba un resumen sesgado de las noticias que él después leía por internet. Evidentemente las cosas estaban mucho peor. Sintió impotencia por su lejanía, era lo más extraño que había sentido en su nuevo hogar. Quiso hacer algo al respecto pero no supo qué y entonces dejo de leer las noticias que venían de su país.

 

"Él odiaba esa exigencia, no quería cuidarse, quería llevarse la vida por delante, caerse y levantarse. Sentir con gravedad los golpes de la vida. Por eso, ese viaje de ida a la incertidumbre".

 

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