Lecturas para la vida: Coronación

Mi bisabuela se quedó sin nada que perder por última vez un Día de Muertos. Mi madre lloró en la cocina y en todos los lugares de la casa. Ayudó a sus tías a preparar la comida y a pagar los rezos. No supe mucho porque nunca me preocupó saberlo. Nos acordamos de ella con el cariño que se guarda para los ausentes, los ancianos, los que no pudimos tocar más que en la superficie. A veces eso es la familia. Mi madre se quedó con dos de sus objetos: un molino de hierro y un reloj sin pila que nunca ha usado. Cuando muera, lo pondré en su muñeca izquierda para que pueda irse sin ninguna culpa.

Esa misma noche, la de su coronación, durmió. Había llorado tanto que sus ojos se cerraron al tocar la almohada, si es que había tal cosa, y empezó a soñar el pueblo con los ojos de los pájaros. Los empedrados estaban cubiertos por restos de los cohetes. Todavía quedaba humo en el aire. Algunos hombres seguían afuera, bebiendo lo que fuera que se bebiera en esos tiempos, tambaleándose. Las mujeres fregaban las ollas y los platos en tablones grandísimos afuera de las casas mientras sus hijas ayudaban acarreando agua o tallando los cubiertos, simulando sus propios destinos.

No conocía el mar. Quiso buscar un río secreto para remojar los pies y tirar la corona de plástico que por alguna razón seguía en su cabeza, pero la suerte decidió no bendecirla. Tuvo que atravesar el cementerio en su regreso al lecho y ahí, afuera de la tierra, estaban las demás: mujeres que había visto en fotos o que recordaba de su primera niñez. Estaban muertas. Algunas conservaban un poco de carne, otras eran huesos con trenzas colgando apenas de sus cráneos.

Habían salido para sacudir las cruces, cortar la hierba y limpiar las tumbas de los hombres. Entonces juró que no moriría ahí, que no condenaría a su estirpe a tal sacrificio eterno.

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