Siempre responderé: “nada”

LECTURAS PARA LA VIDA

Hoy es un día muy soleado, miro hacia arriba y el sol me hace un daño temporal en los ojos. Casi no puedo ver, algunos puntos obscuros bailan de aquí para allá antes de que comience a ver las formas de las cosas nuevamente; sigo caminando y el sol lastima mi piel, es tan fuerte que siento cómo arde e incluso imagino a pequeñas personitas gritando dentro.

¡Código rojo, sol atacando!  mientras todos se movilizan e intentan protegerme; algunos valientes soldaditos internos morirán, pero lo harán en batalla. Incluso imagino que envejeceré tan rápido que de nada valdrán mis dietas o intentos de ellas… en fin.

       Llego a la tienda y olvido lo que tenía que comprar.

 ̶ Era… me da… mmm (la señora espera un poco molesta) ¡Ah sí!, era… este… ¿Qué precio tiene la leche?

       De regreso a casa pienso que mamá me dará una buena regañiza porque estoy segura de que pidió todo, menos leche. En mi mente intento recordar la situación para acercarme un poco a qué pudo haberme pedido, e inicio:

       Estábamos en la sala, ¿qué hacía en la sala? ¡Ah! estaba buscando mi pluma preferida, molesta. Mi madre habló y me preguntó “¿Quieres comer?” Yo, enojada por el secuestro de mi pluma, respondí que sí (¿creían que diría que no? soy demasiado glotona como para rechazar tremenda oferta de mi madre). Seguí buscando sin levantar sospecha, no quería que el secuestrador supiera que buscaba a su víctima. Me detengo a media calle y me digo:

“Si sigues creando esas historias y agregándole, no vas a recordar nada".

Me siento a la orilla de la banqueta y pienso en qué era lo que me pidió. Después de unos minutos, decido que no tiene caso forzarme por tres situaciones:

1)  Ya me gasté el dinero.

2) Lo más seguro es me regañen porque he tardado demasiado.

3)  Tengo hambre, recordé… ¡Ah, era un refresco! Me pidieron uno porque íbamos a comer justo cuando me mandaron por él. Sí… es seguro, me van a regañar, no creo que quieran comer mientras beben leche… mejor me voy a mi casa.

       Al llegar a casa, mi madre me ve entrar con la leche y en su mirada se ve un “ya ni le diré nada”, pero lo dice; pregunta: "¿Y el refresco?" A lo que respondo: “olvidé qué pediste y compré eso”.

       Ella solo suspira y me dice: "¿Hija, por qué eres tan distraída?, ¿En qué estabas pensando?" Y yo solo opto por decir “en nada”.

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