Historias negras de Oaxaca | Primera parte

Estas letras que ves

En su libro “Leyendas y tradiciones oaxaqueñas”, el difunto cronista de la ciudad, Don José María Bradomín, nos narra diversas anécdotas en la historia de vida de la ciudad. Historias que van desde mitologías prehispánicas que explican el origen de la creación de los seres, pasando por las que hacen referencia al sentimiento religioso, hasta llegar a historias obscuras y de ultratumba que, según nos cuenta el ilustre profesor, ocurrieron entre las calles de esta ciudad y que forman parte del imaginario colectivo. Una de esas historias denominada “El emparedado”, llamó fuertemente mi atención, por lo que decidí investigar de qué se trataba la misma. Comencé a leer.

La historia toma lugar en la intersección de lo que ahora son las calles de Francisco I. Madero y División Oriente (frente al Jardín Morelos), anteriormente se encontraba ahí una Casa Chata, la cual marcaba el límite de los territorios del Marqués del Valle; se trataba de “una severa construcción colonial cuyo macizo portón de bronce y apariencia de fortaleza le da un aspecto imponente y sombrío y cuyo aspecto señorial contrastaba con la pobreza de las chozas ubicadas anteriormente en esa zona. La construcción sufrió el paso del tiempo y no alcanzó nuestros días; actualmente se encuentra ahí un edificio de una institución de préstamos.

El suceso toma lugar en los primeros tiempos de la colonia (1569, según el narrador, apenas 37 años después de la fundación de la ciudad); narra un triste momento en vida del Vizconde de Ledezma y de la desgracia que sobre él ocurrió, pues fue acusado extrajudicialmente de haber faltado a su palabra, además de la fe jurada, revelando un secreto de conspiración a la Audiencia, el cual trajo como consecuencia el destierro del Marqués del Valle y de las desgracias de su hijo Martín, además de la decapitación de los hermanos Ávila. Una traición de tal magnitud implicaba una sorda represalia y terrorífica jugada.

Nos cuenta el narrador que una noche, dos hombres trajeados en capas españolas hacían espera tras un pilar de portalón adosado a la puerta de la casa del Marqués; ambos se encontraban ahí pues habían falsificado una carta dirigida al Vizconde de Ledesma, dándole cita aquella noche a nombre de Doña Beatriz, para poner fin a lo pactado anteriormente. Cuando el Vizconde se presentó, ambos conspiradores se apresuraron a acorralarlo y le atacaron espada en mano y después de someterlo lo introdujeron al interior de la residencia. Ahí, al calor del fuego, los conspiradores le confiesan al Vizconde los motivos de su acción, haciéndole saber que sumada a la traición antes mencionada, uno de quienes lo atacó era hermano bastardo de la familia Ávila, por lo que su sangre se encontraba hirviendo y clamaba por venganza y le condenaron a morir emparedado.

Ante tales acusaciones, el Vizconde clamó su inocencia alegando que no se cometía contra él un acto de justicia, sino un crimen y que aquellas dos personas no eran jueces sino verdugos y así, entre llanto y maldiciones, las voces se iban apagando mientras cerraban el agujero en la pared. Fue varios años después, al ampliarse la ciudad por ese rumbo, que se demolió la antigua construcción, cuando se realizó el hallazgo de un esqueleto con los brazos pendientes de cadenas empotradas en la pared, que la historia reconoció como la osamenta del Vizconde de Ledesma.

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