Nostalgias y memoria en los lienzos de Alfredo Bazán

Padre de familia y artista oaxaqueño

Los lienzos de Alfredo Bazán Hernández (Oaxaca, 1958) cuentan memorias y nostalgias. Son esencia de sus vericuetos, esos pasos en caminos mixtecos que se hacen presentes en sus obras, resultado de una danza entre los recuerdos y los colores. El artista de formación autodidacta ve hoy, a seis décadas de andanzas, que la mejor escuela es la vida y con esa misma entrega con la que ha vivido y se ha dado a la pintura, se manifiesta agradecido y orgulloso de ser padre.

Originario de La Estancia, Coixtlahuaca, la historia de este pintor se cuenta en reminiscencias, en aprendizajes y lecciones que se entretejen en la generosidad. Hombre de familia, sostiene que su origen también es destino. Su fascinación por las escenas de su tierra natal viven en sus lienzos y a 62 años de vida, habla de su arte desde el confinamiento, con la fortuna de estar rodeado, más que nunca, de sus seres queridos.

Alfredo Bazán comparte en entrevista sus testimonios de amor. Su cotidiano en la pintura y su día a día como hijo, hermano, esposo, padre y amigo.

-En estos días de resguardo, ¿cómo ha cambiado tu proceso creativo?

-En esta inesperada pandemia que llegó de pronto, me di cuenta que mucho tiempo se había perdido. No sólo los colores, los pinceles y los lienzos, también se había perdido la amistad de los amigos, la familia y los hijos. Hoy quisiera que brotaran todos juntos y de prisa plasmarlos, para que queden como testimonios de amor.

-¿Cómo ha sido tu proceso creativo sumado a ser padre?

-Si hubiera una universidad, iría a ella a aprender, pero así como soy autodidacta en los pinceles, también lo soy como padre. Ahora, muy orgulloso de mis hijos: Enya, Alfredo, Zenith y Cipri. Aprendo mucho de ellos, cada uno con sus singularidades.

-¿Por qué la pintura y no otra expresión artística?

-Ahora no lo sé y no me mueve otra disciplina; aunque también podría ser el canto y la música. Sólo te diré que al ver las obras del noruego Edvard Munch -hace unos ayeres en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México-, me sentí envuelto en esa atmósfera de la pintura y me dije: "Yo quiero pintar esos paisajes que en mi infancia se marcaron como un sello imborrable". Y aquí me tienes, todas mis obras están plasmadas con la vida sencilla del campo, porque ahí encuentro mucha belleza.

-¿Qué te interesa plasmar en el lienzo?

-Dejar testimonio de las maravillas de la naturaleza, de la gente de mi origen que se desprende de su corazón abierto, sin prejuicios. Quiero llevarlos al lienzo para decirlo con colores y pinceladas.

-¿Cómo ha sido el acompañamiento de tu familia en tu vida de artista?

-Dado mi origen, huérfano de padre al año y medio, crecer a la sombra de mi abuelo paterno hasta los 6 años, luego abandonar el pueblo a los 13 años y reunirme de nuevo con mi familia a los 15, creo que me siento afortunado y lleno de amor. Recuerdo cómo inició mi peregrinar en la vida, luego un nuevo tiempo en el que llegó primero mi amada esposa y luego mis hijos. Todos han sido el mejor regalo. Sin ellos no podría estar plasmando con pasión lo que me gusta. A mi pintura se incluyen, por supuesto, los lugares y los amigos, siempre.

-¿Qué es ser padre para ti?

-Después de todo lo recorrido en mi vida, quisiera, quisiera poder orientar a mis hijos y compartirles mis experiencias, los mejor que se pueda, para que su devenir no les sea adverso. Ser padre es decirles que los amo infinitamente.

-¿Cuál es el legado humano que le dejas a tu familia como hombre, padre y pintor?

-Que el hombre no puede crecer solo. Está en la familia, los amigos, el lugar en el que  vive, en su gente... Para afinar los sentimientos hay que buscarlos en las bellas artes y el trabajo, cualquiera que este sea; ahí tenemos la obligación de dejar nuestra huella. Algo muy importante que quiero subrayar a mis hijos, es que nunca se les olvide ser eternamente agradecidos por  y con todo.

Conózcalo

Alfredo Bazán Hernández nació en La Estancia, Coixtlahuaca, Oaxaca, un 2 de agosto de 1958. A la edad de año y medio quedó huérfano de padre, por lo que creció al amparo de su abuelo paterno, quien recuerda, era un hombre polifacético.

Una de las actividades a las que se dedicaba su abuelo era a la carpintería. Por ello, de pequeño jugaba con los diferentes trazos y figuras de madera, viendo las diferentes formas caprichosas de la viruta que desprendía el cepillado de las tablas y los colores de las pinturas y barnices aplicados en la fabricación de los muebles que él hacía; admirando los matices de los tonos de rojos y dorados de las nubes y el cielo que dan los atardeceres, que apreciaba al ver filtrarse en el taller los últimos rayos del sol.

Le gustaba observar algunas pinturas, litografías y mapas de los cinco continentes, que decoraban las paredes de su casa. Estos fueron los años más felices de su vida, asegura. Su abuelo murió cuando él tenía entre 6 y 7 años. A la edad de 13 años emigró a la ciudad de Oaxaca, donde trabajó en la oficina de un periódico y terminó sus estudios de secundaria y bachillerato.

Exposiciones

Entre sus exposiciones individuales destacan, en el 2014, Nostalgias, galería de la Dirección de Arte y Cultura de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO); en el 2015, Memorias de la Mixteca, en la Galería Rufino Tamayo de la Casa de la Cultura Oaxaqueña; en el 2016, Memorias de la Mixteca, en el Museo del Palacio Espacio de la Diversidad y en el Centro Comercial El Paseo, Tehuacán, Puebla; en el 2017, en Huajuapan de León; 2018 en Casa de la Ciudad, Oaxaca y en el ex convento de Santo Domingo Yanhuitlán; en el 2019, en la Cámara de Diputados de Oaxaca y en el 2020 participó en una colectiva titulada CaminArte, en la Casa de la Cultura Oaxaqueña.