Casi un beso del infierno

Última de dos partes

Una tarde, al salir de la escuela, esperaba que llegara mi mamá por mí. Me dirigía hacia ella, cuando, como un aparecido, Fernando se le plantó enfrente. Con toda calma, le anunció que me amaba y que éramos novios. La sorpresa que nos causó su arrojo nos dejó mudas. De regreso, el coche era como una bomba de tiempo a punto de hacer explosión. Para no tocar el cable equivocado y detonarla, mejor me quedé callada. Ella tampoco habló; lo que fue peor. Al día siguiente, como siempre, me alisté para ir al colegio. Mi padre terminaba su café. Con toda parsimonia me informó: 

—Ya no irás a la escuela. Perdiste ese privilegio. 

—¿Pero, por qué? —grité.

—No vas a andar de vaga con ese muchacho. 

 —¿De vaga?—pregunté—. Todo eso son inventos del ruco y la prefecta de la escuela—. Tenía los ojos rojos, inundados con la rabia y la impotencia que imponía la autoridad más alta en esa autocracia que era mi padre: el doctor con postgrados en Estados Unidos.

—Vas a hacer el trabajo de Blanca. —Mi padre dejó la taza sobre la mesa y salió tranquilamente. 

—¿Pero, por cuánto tiempo? ¡Es injusto!, Mis hermanos sí pueden andar… —Ya no me escuchaba.

Miré incrédula a Blanca, la muchacha, que puso una cara de "pues ya ni modo" al ver que tendría una ayudante. Eso aumentó mi furia. Me encerré en la azotea hasta que no tuve más remedio que obedecer o enfrentar las consecuencias. 

Así pasaron varias semanas. Desesperada, cumplía con el castigo, pero cada vez más dejaba ver mi rabia cuando limpiaba los baños, o los pisos. Mi peor castigo era que no podía hablar con Fernando. Yo presentía su llamada cada vez que sonaba el teléfono, pero tenía prohibido hasta pensar en él. Me negaba a hablar con mis padres; pensaba que si aplicaba la ley del hielo, se cansarían antes que yo. 

Una mañana que la abuela enfermó y me dejaron sola, llamé a Fernando con la idea de escuchar su voz. Nunca pensé que se atrevería a tanto. Se apresuró a venir; brincó la reja y nos encontramos en la azotea.

-Estás loco, mis papás van a regresar pronto-, le dije asustada.

-No importa, si llegan, pues corro o brinco por ahí- señaló la casa del vecino.

-No quiero que te vean aquí, o me van a castigar de por vida- le expliqué.

-Entonces nos vamos a Cuba- me dijo al oído.

-Pero, ¿cómo?- pregunté.

"Me van a matar mis papás", quería decirle, pero, hablar y besar son acciones incompatibles. Podía sentir su cuerpo y el mío temblar. Nunca escuchamos la puerta de la azotea abrirse. Vi a mi madre parada frente a nosotros; me quise morir. Yo intentaba abotonar mi blusa mecánicamente. Fue la última vez que nos vimos.

El castigo terminó cuando después de mucho, bajé la guardia; pensé ingenuamente que había convencido a mis padres de que había aprendido la lección. Pude volver a la escuela con la promesa de pasar todas las materias para terminar la secundaria y que por supuesto y sobre todo, dejaría de verlo. Pero mi suerte se había agotado.

Una mañana, me enfrentó mi padre.

—Mira, ¿esto es lo que quieres? —me mostró la primera plana de un periódico donde se leía en el encabezado: ESTUDIANTES DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MÉXICO SALIERON A LAS CALLES PARA EXIGIR AL GOBIERNO… LA MANIFESTACIÓN FUE REPRIMIDA VIOLENTAMENTE.

—¿Qué te parece? A eso se exponen estos porros. — Golpeaba el periódico con el dorso de la mano.

Me estremeció ver los cuerpos sobre el pavimento. Temí lo peor.

La mañana que volví a la escuela, mi corazón era un mecanismo acelerado ante la posibilidad de ver a Fernando. Lo busqué en la fila durante la formación de la mañana. Ni siquiera escuché la voz del director, ni la consabida rutina de tomar distancias; uno, dos, tres, o el "avancen". Yo sólo quería saber que estaba bien. 

Entramos a los salones. Las primeras horas duraron siglos, antes de salir al receso.

—No ha venido —me informó la prefecta cuando pregunté por él. —Lo dieron de baja. Le pedí ir al baño donde se rompió el dique que eran mis ojos. Como sombra espartana, ella me siguió. Por una razón que aún hoy desconozco, me esperó hasta que dejé de llorar. Por un momento olvidó su careta de paladín de la disciplina y me acompañó hasta mi salón sin decir palabra. 

A los pocos días sonó el teléfono, me arriesgué y corrí hasta la mesita, levanté el auricular: era él. 

—Tengo que verte. Me mandan a estudiar al extranjero.

Fue todo lo que escuché antes de que mi madre me quitara el aparato de las manos y lo colgara de golpe.

  —Te lo advertimos.

  —Pero, má, no es eso, deja que te explique, se va a ir a estudiar a... y lo que pasó en la azotea no es lo que estás pensando... —No me dejó terminar.

—¡Ah, qué bueno, tú también te vas! ¿Cómo ves? —me dijo furiosa.

— Pero ¿a dónde?, yo voy a estudiar la prepa aquí, en la UNAM.

—Claro que no —me interrumpió.— Primero porque hay huelga y segundo porque no queremos que seas como esos porros con los que andas. 

Por la mañana salimos a tramitar mis papeles. En una semana estaba en un avión para ir a estudiar la prepa en California. Viviría con una familia en una especie de intercambio. Dejé de luchar contra el sistema. Me rendí. Después de todo, ya no me importaba. 

 

CONTACTO:

Correo: colectivocuenteros@gmail.com

Facebook: Colectivo Cuenteros

Twitter: @CCuenteros