Casi un beso del infierno

Primera de dos partes

Cuando nos presentaron, no nos besamos en la mejilla; ni siquiera nos dimos la mano. Nos sentamos en las escaleras de la secundaria el tiempo que duró el receso. Teníamos 13 años. ¿Dónde vives? ¿Quién es tu maestro favorito? y como quien no quiere la cosa, me preguntó: ¿Quién te trae? Mi papá, a veces me trae mi papá… pero me regreso en camión. Si quieres yo te acompaño a tu casa. Me ofreció. Como quieras... Digo, sí ...sí quiero. Nos vemos a la salida, entonces.

Fernando y yo nos hicimos novios desde ese día. Aunque nunca lo dijo, lo supimos sin tener que pasar por el acartonado protocolo, ¿quieres ser mi novia? Bajamos unas cuadras antes de llegar y nos despedimos con un beso.

—Nos vemos mañana. ¿Vamos al Parque Lira? No entres a la escuela, mejor vámonos de pinta.

—Sí, te espero en la papelería de la esquina. 

Después de mi incipiente acción de rebeldía, nada fue igual. 

El sábado siguiente quedamos de vernos para tomar un café. Como si eso fuera posible, intenté pasar desapercibida al escrutinio de mi mamá que, por supuesto, no estaba de acuerdo con mi atuendo y me lo hizo saber.          

 —¿A dónde vas en esas fachas?

 — ¿Cuáles fachas?, voy a la casa de mi amiga, ma.

  —¿Y a quién le pediste permiso?

  — Ándale, ma, no me tardo. Regreso temprano.

—Amárrate el cabello en una cola de caballo y quítate esa cinta de la frente, que pareces hippie.

Nos vimos en un diminuto café en la calle de La Amargura, en un callejón de San Ángel. Fue ahí donde escuché por primera vez "Que vivan los estudiantes" y otras canciones de protesta que estaban de moda.

—Nos das una mesa enfrente, por favor —pidió Fernando a un chavo. --¿Qué te parece el café? Mira, te presento a Santiago, es cubano —me presentó con uno de los músicos.

—Hola, qué gusto, ¿vives aquí? Quiero decir ¿en México?

—Trabajo aquí, aunque estoy de paso —me miró extrañado por mi pregunta que supongo fue impertinente. Vamos a comenzar, luego los veo —se disculpó.

 —En realidad, mi padre le dio asilo. Se está quedando en mi casa. Toca la lira muy bien. Ya verás.

 —¿Sabes por qué se llama Café de la Amargura?

 —Aquí venimos los que estamos enamorados, y ya sabes,  el amor duele.

 —¿A ti te duele?

 —Sólo cuando no estoy contigo.

 —Esta rola va para mis amigos mexicanos que nos visitan hoy.

El guitarrista señaló a Fernando, quien levantó la mano haciendo la señal de amor y paz. Entonces comenzó a tocar algo parecido a un himno que todos entonaron.

"Fidel, Fidel, qué tiene Fidel, que los americanos no pueden con él.

Vietnam, Vietnam, qué tiene Vietnam, que los americanos no pueden ganar. 

Dicen los americanos que Fidel es comunista,

Pero no dicen que Batista mató a veinte mil cubanos".

 —¿Quién es ese Batista? 

Tomó mi cara entre sus manos y me dio un beso que hasta hoy puedo sentir. Luego pasó su brazo por mi hombro. Así estuvimos un rato. Fue hasta que vi el reloj, que me acompañó a mi casa no sin antes aprovechar la oscuridad del callejón para despedirnos.

—Vamos a tener que ir a otro lugar que no sea para los que sufren por estar enamorados —le dije.

—¿Quieres ir al parque otra vez mañana? O podemos ir al cine en la tarde.

—No creo que me den permiso. Mejor vamos al parque otra vez.     

No pasó mucho tiempo antes de que el director de la secundaria llamara a mi madre. No asiste a clases y la prefecta nos informa que la ha visto irse con un compañero, que por cierto, es probable que demos de baja, dijo él. Yo, indignada, intenté negar las acusaciones, pero el director me invitó a salir de su oficina, donde se quedaron ellos.

Esa fue la primera llamada de atención. 

Irme de pinta se volvió algo imposible, ya que mi madre me dejaba en la puerta de la escuela hasta que me perdía de vista entre mis compañeros, y en las tardes iba por mí. Mi vida se convirtió en un encierro; del colegio a la casa. Una vez ahí, pasaba las horas frente a libros abiertos que solo representaban jeroglíficos incógnitos. Los apuntes eran rayas con símbolos de amor y paz y nuestras iniciales unidas formando corazones. De vez en cuando, bajo la mirada y oído de gato de la abuela, me permitían contestar el teléfono.

—Hola, mi amor, ¿qué haces?

—Hola, aquí nada más. ¡Ya voy, abue, es una compañera!— grité tapando la bocina.

 —¿No puedes hablar, verdad?

 —No. Yo también estoy estudiando para el examen de Historia.

 —¿Cuánto me amas?

 —Yo también saqué diez en Física.

 —Yo te amo más, hasta el cien. 

Así eran nuestras esporádicas conversaciones cuando no estábamos en la escuela. Y ahí, sólo podíamos vernos durante el receso o por un momento a la salida.

Cuando mis papás relajaron la disciplina, pude salir por las tardes acompañada de mi vecina. Salíamos juntas, pero en algún punto ella se iba con su novio, Fernando y yo nos metíamos al cine, nos sentábamos en la parte de atrás. Nunca vimos una película completa; nos besábamos y acariciábamos como locos. 

El día que fui por primera vez a la casa de Fernando, mi cómplice, la vecina en quien mi mamá todavía confiaba, me acompañó y luego se fue a hacer tiempo en un café con su novio.

—¿Y esas cajas? —quise saber.

—Son libros de Poniatowska. ¿Has oído hablar de ella?  Mi papá participó en la publicación de su libro "La Noche de Tlatelolco"—dijo mientras movía una caja para entrar a la sala donde estaban su mamá y hermanos.

—Ah. No. Nunca he oído hablar de ella —contesté, mientras leía una contraportada.

—Mira, madre, te presento a mi novia.  

—Hola, mijita. Pasa, siéntate. ¿Quieres tomar algo?

—No, señora, gracias. Mucho gusto.

—Vamos a estar en mi cuarto ma'.

Fernando me tomó de la mano y subimos al segundo piso. En mi mente podía ver la expresión de mi abuela, en completo desacuerdo, por estar a solas con él.

—Mira, esta playa es famosa, se llama Varadero. Los de la foto son mis papás. Ahí vamos a vivir algún día tú y yo... en Cuba.

—¿Por qué ahí? —pregunté.

—Porque es un país libre. Por cierto, el jueves vamos a ir a la manifestación del Poli. ¿Quieres ir con nosotros? —dijo al tiempo que ponía un disco de Serrat en su tornamesa. 

Ese ladrón que os desvalija

de su amor, soy yo, señora.

Ya sé que no soy un buen yerno,

soy casi un beso del infierno.

—Pero un beso al fin. —Terminó la frase, se acercó, tomándome del cuello y me besó.

—Claro, ¿dónde nos vemos? —me separé con los labios húmedos y el miedo de que entrara alguien—. Para ir a la manifestación ¿Dónde nos vemos para ir a la manifestación? 

No podía saber que esa semana las cosas cambiarían tanto. 

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