Peregrinan enfermos de COVID-19

Tres días después de los primeros síntomas Alberto no pudo más, cayó en cama con fiebre alta. La tos lo ahogaba. Fue ahí cuando comprendió que su vida estaba en juego. Las siguientes horas serían decisivas. Acompañado por su esposa recorrieron los cuatro hospitales COVID-19 establecidos en la zona metropolitana de Oaxaca. Ninguno tuvo cama disponible para pacientes graves. Después de tres días de agonía en una clínica particular, Alberto dejó de respirar y murió. La saturación en los hospitales le negó una oportunidad de vida.

Era originario de San Antonino Castillo Velasco, tenía 35 años y trabajaba como comerciante de verduras en el mercado de abasto, lugar considerado de alto riesgo de contagio por la gran cantidad de gente que congrega todos los días.

Alberto y su familia, hermanos y hermanas, se habían reunido el 10 de mayo para celebrar a su madre. Ese día les comentó que les dolían las articulaciones. “¡Me va a chingar la gripa!”, dijo, pero no fue impedimento para que continuara con sus actividades normales sin la sospecha de que era portador de COVID-19.

El médico que lo revisó consideró que se trataba de una infección en la garganta. Durante los siguiente tres días le aplicó inyecciones. Él sintió una ligera mejora, pero sábado 16 de mayo su salud había empeorado.

“Cuando llegué a verlo, ya era una tos que lo ahogaba, que no lo dejaba hablar. Trataba de hablar, pero la tos era tremenda. Eso fue a las 10 de la noche. Lo acababan de nebulizar. Haciendo plática y tomando las cosas más en serio sugerimos que podía ser COVID”, relata Jesús, su hermano quien también resulto contagiado por el nuevo coronavirus.

La familia se mantuvo en el lugar esperando a que amaneciera para poder llevarlo al doctor en Ocotlán de Morelos, municipio vecino. Las tres personas que lo revisaron determinaron que requería de hospitalización.

El domingo 17 de mayo iniciaron el peregrinar por los hospitales en busca de una cama. Alberto, acompañado de su esposa, su hermana y el médico de la clínica fueron directo al Hospital Regional de Alta Especialidad de Oaxaca (HRAEO) hospital que desde el pasado 14 de mayo llegó al límite de su capacidad instalada para atender a pacientes con insuficiencia respiratoria crítica.

Posteriormente se trasladaron hacia el Hospital de la Mujer y el Niño Oaxaqueño, habilitado especialmente para la atención de pacientes COVID-19, sin embargo, tampoco fueron recibidos bajo argumento de que no tenían espacio, lo mismo ocurrió en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

“A las 3 de la tarde el doctor seguía buscando un lugar, llamando a conocidos a otros doctores o alguna clínica particular que tuviera un respirador, pero nadie quiso atenderlo, nadie lo quiso recibir. En el último intento fue llevado al Hospital Civil con una orden de traslado. Llegando al hospital le indicaron que podrían recibirlo, pero que no podrían intubarlo porque no tenían los elementos ni la gente capacitada para esa enfermedad”.

Alfredo va recordando, hilando paso a paso la pesadilla de un colapso anunciado, colocando pieza a pieza el drama que viven las familias ante una enfermedad agresiva en medio de un sistema de salud de por sí carente y ahora saturado. El llanto en la garganta de Alfredo estalla de importancia. “No le dieron una oportunidad de vivir”, expresa con la tristeza que le provoca el imaginar como en su agonía Alberto lentamente se fue quedando sin capacidad para respirar.

“Eso me da mucho coraje porque mi cuñada y mi hermana estuvieron afuera del hospital solicitando un espacio y nadie les dio razón. Tenemos amigos y conocidos dentro de la clínica de especialidades y lo mismo nos decían: todo esta lleno. El gobierno nos engaña diciendo que sí hay camas, que sí hay lugares y eso es una vil mentira. Gracias a Dios no necesité hospitalización, mi cuerpo luchó muy bien, pero si no ¿qué hubiera pasado? Sabemos perfectamente que no por el hecho de hospitalizarte ya te van a salvar la vida, pero al menos nos darían una oportunidad”.

A las cuatro de la tarde, Alberto regresó a San Antonino sin una esperanza mínima para vivir. El médico ofreció hacer lo humanamente posible para mantenerlo con vida en tanto lograban conseguir un espacio en los hospitales. El lunes trataron de localizar un lugar, la espera fue inútil. Los siguientes días Alberto estuvo en la cama de la clínica particular con un tanque de oxígeno hasta el día martes 19 de mayo a las dos de la tarde. La placa mostraba unos pulmones completamente destrozados. Ya fallecido le fue tomada una muestra para confirmar la causa de la muerte. Su prueba salió positiva a COVID-19.

Escalofrío y fiebre

“Empecé con escalofrío y fiebre. Después una sudoración tremenda. Me dolía todo el cuerpo”, recuerda Alfredo quien también dio positivo a COVID-19. A diez 10 de sobrellevar la enfermedad ha perdido 10  kilogramos. Se describe demacrado. De vez en vez lo asalta un ataque de tos y falta de aire, pero “ya voy de salida”.

Toda la familia está en cuarentena, aunque sólo Alfredo presentó síntomas del nuevo coronavirus. Hasta este momento aún no asimilan lo que pasó. “Si no hubiera visto a mi hermano quizá yo hubiera seguido con mi vida normal pensando que no tenía coronavirus. Quizá hubiera seguido en la calle porque me dolía un poco el cuerpo, un poco la garganta, pero ver a mi hermano me hizo creer que esto era grave”.

Actualmente se siente mejor, puede decir que superó la enfermedad, lo que no cree poder superar pronto es la muerte de su hermano quien agonizó durante varios días.

San Antonino Castillo Velasco es un municipio conurbado a la capital del estado. Al 26 de mayo registraba 14 casos positivos.