Mala señal

Roco ya no contesta. Cuando acaba la película me dice que tenga cuidado, porque en la ventana de mi cuarto, que es el cuarto de visitas, puede aparecer el hombre sin ojo. Le digo que es un tarado, pero cuando ya estoy sola me dan muchos nervios. Me pongo mi pijama y abrazo a Carlota. En eso oigo unos ruidos y aparece un bulto en la ventana. Pego un grito, se me traba la boca abierta y no respiro hasta que oigo la risa de Roco. Entonces me fijo bien y reconozco el inflable de Supermán colgando de una cuerda.

—Vas a ver… Te juro que me voy a vengar.

Desde su habitación, mi abuela pregunta qué pasó, pero cuando le contesto, no acuso a Roco:

—Todo bien abuelita, es que vi una araña.

—Pues dale con un zapato y duérmete.

Entonces, desde el taller del abuelo, en el piso de arriba, que es donde duerme, mi hermano hace bailar a Supermán y ahora me río con él. Después acuesto a Carlota en la otra cama. Siempre que me quedo aquí, odio esa cama vacía. Mi abuela dice que la tiene por si algún día se queda un invitado, pero nunca hay más invitados que Roco y yo. Solo a veces mi tía duerme ahí, cuando viene dizque a cuidar a mi abuela pero más bien es al revés, viene a que la consuele su mamá cuando tiene problemas con su esposo. A mí me encanta que venga porque me cuenta cuentos, aunque siempre son los mismos, cada vez les va cambiando cosas y luego entre las dos inventamos el final. Como hoy no está, siento que mi cama se hace chiquita y la ventana grandota. Creo que hasta dormida sigo viendo esa ventana y sueño que las ramas del árbol se mueven y me quieren decir algo importante. No sé si estoy dormida cuando oigo los primeros pájaros. Pero sí sé que estoy despierta cuando suena el timbre de la casa. Doy un brinco desde la cama y veo pasar a mi abuela, va despeinada, tapándose los hombros con un rebozo, chancleando lo más rápido que puede y diciendo:

—Ay, Dios mío. Ay, Dios mío…

Me voy atrás de ella, pero me quedo a unos pasos. Cuando abre la puerta veo a mi mamá. Está llorando. Se abrazan, otra mala señal. Mi mamá no viene sola; dos señores de traje oscuro y corbata están atrás de ella. Roco y el abuelo están parados junto a mí, los tres estamos helados, yo en pijama, Roco en boxers y mi abuelo envuelto en su bata de cuadros.

—¿De la azotea? — Pregunta la abuela.

Pero no oímos las respuestas de mi mamá. Me acerco y me agarro a su falda.

—¿Qué pasa, mamita? ¿Qué pasa? —Pero mi mamá parece no oírme y tiene un ataque de llanto que no la deja hablar; entonces mi abuela, nerviosa, me dice:

—Espérate, mi amor. —Y con un gesto de la mano me da la orden de que me vaya con Roco y el abuelo. Mi mamá se queda llorando con la cara entre las manos, sentada en la camioneta de los señores de traje, mientras mi abuela regresa a la casa y cinco minutos después sale vestida con falda, suéter y bolsa negra, la peor de las señales.

Hoy, Roco no salió a jugar aunque es domingo de fut, y yo ni siquiera me di cuenta a qué hora llegó mi tía. Me siento con ella en la banca del jardín; el cielo está azul y hay sol, pero sigue haciendo frío. Desde los brazos de mi tía veo el pasto crecido y un hongo por allá, medio escondido, se ve tan solo.

—¿Qué pasa, tía?

—No sé, preciosa, hay que esperar.

Mi tía no sabe cómo contarme esta historia. Me gustaría que fuera uno de sus cuentos y yo pudiera cambiarle el final con un Supermán amarrado a una cuerda o un paracaídas o una escoba mágica.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando por fin regresa mi mamá. Ya no llora, pero tiene los ojos hinchados y rojos. Nos habla de mi papá y de un lugar muy hermoso, con flores, con estrellas, y sigue hablando mientras yo pienso en la azotea del edificio, en el papel mojado cuando ya no se puede ver. Le mando un beso y le soplo con todas mis fuerzas para que llegue hasta allá, abajo del farol que se ve desde mi casa, en el piso diez.