Mala señal

Otra vez en casa de la abuela. A pesar de mis súplicas, mi llanto desconsolado y mis mejores intentos:

—Mamita linda, papito…

—No está a discusión, es solo el fin de semana y tú eres una niña valiente.

—Pero mami…

—Se quedan con la abuela y se acabó. Te prometo un regalo cuando venga por ti. ¿Sale, peque?

Qué me importa su regalo. Mi papá ya está esperando en el coche. Desde ahí me manda un beso, se lo pone en los dedos y le sopla hacia mí. Yo siempre hago como que lo agarro y me lo pongo en el cachete, pero hoy no hice nada porque estoy enojada. La abuela quiere que vaya a cenar pero no tengo hambre. No me gusta estar aquí. Me gusta nuestro departamento de la calle Amores, en el piso diez. Desde la ventana de mi cuarto veo las luces de la ciudad o la luna. A veces, a escondidas, mi hermano Roco avienta bolitas mojadas de papel de baño para ver si le atina a la cabeza de alguien que vaya pasando, pero antes de que lleguen abajo ya no logro verlos; ya solo veo el farol que ilumina la calle. Parece tan pequeño y tan lejano. A veces, también, mi papá se asoma, pero no avienta papeles; nada más se queda mirando, en silencio.

Cuando me acerco a la cocina, mi abuela está hablando por teléfono, supongo que con mi tía, y alcanzo a oír  pedazos de la conversación.

—Sí, peleando... Bueno, no, él tampoco está nada bien… está enfermo… Para mí que ella ya se quiere separar…

¿Separar? Ojalá que no estén hablando de mi mamá y mi papá.  Por favor, por favor, por favor, que no sean ellos. Como me parece que también es asunto mío, cuando la abuela cuelga le pregunto sin la menor discreción.

—¿Quién, abuelita? ¿Quién estaba peleando? ¿Quién se quiere separar?

—Unos vecinos, mi amor, no hagas caso.

Me doy cuenta de que está mintiendo. Que la abuela me diga “mi amor” y que remate con “no hagas caso”, no es buena señal. Mastico los hot cakes de mala gana; trato de adivinar en su cara lo que está pasando y noto que algunas arrugas de la boca le crecieron para abajo, como cara no feliz. Aquí el único feliz es Roco, que se la pasa en los videojuegos con sus amigos de la cuadra. Yo juego sola con Carlota, la muñeca que me regaló mi papá cuando cumplí seis.

La abuela me manda a la cama y yo protesto:

—¿Por qué Roco sí se queda? ¿Porque es tu consentido?

—Qué consentido ni qué nada, en este instante también se va a acostar.

La abuela quiere hablar con una voz más fuerte de lo que en realidad le sale, mientras mi hermano hace gestos por detrás de ella, arremedándola. Me da risa pero me aguanto. Cuando la abuela se va, Roco vuelve a prender la tele, así que regreso y me siento junto a él.

—Largo, enana. Esto no es para niñitas.

—¿Ahhh nooo? Aaabbbuueee… --Voy subiendo la voz.

—No te atrevas.

—Mmmmm, entonces, ¿qué tal si el abuelo se entera de que te caché fumando?

—Bueno, quédate, pero allá tú si te da miedo.

Por supuesto que sí me da –es una película de terror– pero me da más miedo pensar en el divorcio.

—¿Ya sabes?

—¿Qué pedo?

—Lo de mis papás…

—Shhh, espérate.

Obedezco y me callo un ratito. En la pantalla, le clavan una estaca en el ojo al personaje malo, que se transforma y sale volando por la ventana. Cuando se nos pasa la impresión de la escena, vuelvo a preguntarle a Roco.

—¿Qué es estar enfermo de los nervios? —Pienso en el esquema de mi libro de ciencias naturales, con miles de nerviecitos por todo el cuerpo y no entiendo.

—No sé bien —contesta mi hermano—. Creo que es cuando la gente se porta raro.

—Y cuando los papás se separan, ¿los niños eligen con quién se van? ¿O sus papás? ¿O los abuelos?

—Lo decide un juez.

—¿Un juez? No puede ser. Ni siquiera los conoce.