Enseñanzas de mi abuela

Segunda lección

   Cuando era niña, mi abuela solía acercar junto a la silla donde hacía sus labores, una silla pequeña, para que me sentara y mientras me enseñaba a ensartar la aguja, para bordar y tejer, me daba lecciones de vida; me relataba historias, leyendas, vivencias, que marcarían para siempre mi existencia.

Me enseñó a rezar, a amar, a perdonar, tejió con amor sus raíces en mi inconsciente, donde en forma natural se enlaza la primera con la tercera generación en un interés ya no de individuos sino de especie, para que no se pierdan las valiosas experiencias obtenidas en tiempos pasados, la sabiduría que ha ido acumulando la humanidad en el correr de los milenios.

A través de su amor, comprendí el pasado como una riqueza incomparable que nos ha  dado sus aciertos para que gratuitamente los utilicemos y sus errores para que nos abstengamos de cometer, siendo que el futuro debe solidificarse con las experiencias del pasado.

Segunda Lección

El origen del hogar se halla en el corazón.

Mi abuela consideraba el hogar como su reino, por eso siempre estaba firme, como anclada, como enraizada a él; todos sentíamos un vínculo muy poderoso que nos atraía, era por razones de amor y no de obligación esta unión; era su laboratorio, su refugio, pero sobre todo era un asilo para quien quisiera llegar, para quien quisiera ser recibido con amor, con respeto y con magia.

Cuántas veces lamenté no haber permanecido más en casa, en este hogar que daba a mi alma consuelo y cuánto tiempo luché por  ese pasado estable y mi deseo de un futuro construido por mí; pero a los 16 años salí de casa con todos los regalos de sueños, belleza, sensibilidad, amor y magia que mi abuela me había enseñado y que a lo largo de mi vida he tratado de aplicar y de no olvidar.

Pero el fundar un hogar es un acto de religión, poner la dosis exacta para que los que habitan ahí sean felices y los visitantes sean amados; el hogar, como ella decía, lo componen no la construcción sino los recuerdos.

Mi abuela se afanaba para formar un hogar para el alma, a la hora de decorar se dejaba llevar por su intuición, jamás por la moda o la funcionalidad; la medida eran su corazón y sus ojos. Ella convocaba a los espíritus del hogar y los alimentaba con narraciones, cuentos, música, poemas, comida, olores y oraciones; los involucraba en pulir los cristales, limpiar la alfombra, arreglar sus plantas, platicar con sus parientes de los tiempos pasados, de su tierra natal, de su vieja casa allá en Tezoatlán.

Y así construyó, paso a paso, ese hogar del alma, ese hogar que cada uno de sus nietos llevamos con nosotros a donde quiera que nos traslademos, como los caracoles; y así como nos preparó para la vida y para nuestra propia muerte, sin aspavientos, sin premuras, sino como un regalo primordial.

Protegía los objetos viejos y amaba las antigüedades, como una lección de humanidad y de aprendizaje para conocer el deterioro de la materia, porque entendía el avejentamiento y el deterioro tan importante como el crecimiento, como la ruina y la renovación, como el Ying y el Yang. 

"Mi abuela consideraba el hogar como su reino, por eso siempre estaba firme, como anclada, como enraizada a él; todos sentíamos un vínculo muy poderoso que nos atraía, era por razones de amor y no de obligación esta unión; era su laboratorio, su refugio, pero sobre todo era un asilo para quien quisiera llegar, para quien quisiera ser recibido con amor, con respeto y con magia".