El general Porfirio Díaz toma la ciudad de Puebla

En el año 1866, el Imperio de Maximiliano se encontraba en total decadencia; solo mantenía en su poder las ciudades de México, Puebla, Veracruz, Querétaro y Morelia.

En el norte dominaban los generales liberales Mariano Escobedo y Ramón Corona, mientras que en el sur el General Porfirio Díaz amenazaba con tomar Puebla, plaza a la que tenía sitiada desde el 9 de marzo de 1867.

Antes de asaltar la ciudad de Puebla, el general Díaz venía de ganar batallas muy importantes en un lapso estrecho: el 3 de octubre de 1866 triunfó en Miahuatlán; doce días después, el 15 de octubre gana la batalla de La Carbonera y el 27 de octubre toma Oaxaca. Después sobrevendrían los triunfos de Puebla y la Ciudad de México (15 de junio de 1877). En algún momento, Don Benito Juárez ironizó: “Es un buen chico nuestro Porfirio. Nunca fecha sus cartas hasta que no toma una capital”.

Mientras tanto, desde Querétaro, su último refugio,  Maximiliano ordenó a Leonardo Márquez trasladarse a la Ciudad de México a fin de conseguir apoyos económicos y militares para tratar de romper el cerco a Querétaro. 

El General Porfirio Díaz bloqueó los principales caminos  que conducían a Puebla, en resguardo de la cercanía del ejército imperial mandado por Márquez.  El general Díaz —según refiere el investigador Raúl González Lezama—, determinó que contaba con varias alternativas: retirarse, salir al encuentro de las tropas comandadas por Márquez, abandonar Puebla y marchar a Querétaro; o asaltar Puebla. En el mismo sentido, el mismo Díaz relata estas alternativas a su amigo Matías Romero. El 1 de abril, las tropas de Díaz asaltaron la ciudad sitiada.

La historiadora Lara Campos Pérez señala que el 2 de abril se convirtió en una fiesta cívica que, con el tiempo, brindó la posibilidad de un protagonismo indiscutido al general Díaz. De tal manera que el régimen encabezado por él recurrió a la legitimidad que representaba ese episodio, sobre todo durante los periodos electorales, convirtiéndolo en uno de los argumentos nodales sobre los que sustentaron la reelección. Quizás por eso, al estar tan vinculada esta efeméride con su protagonista, cuando éste dejó la escena política la celebración prácticamente desapareció.

Palabras del general

El general dejó escrito en “Memorias de Porfirio Díaz” lo siguiente respecto “Asalto de Puebla”: “A las tres menos quince minutos de la mañana del 2 de abril, rompí el fuego en brecha sobre las trincheras del Carmen, y cuando estuvieron agotadas las municiones de artillería, que no eran muchas, ordené el movimiento de la primera columna de ataque falso. Esta marchó vigorosamente sobre la trinchera del Carmen, siendo recibida, desde que el enemigo pudo sentir su movimiento, con fuego vivo a metralla, y retrocedió en desorden y con fuertes pérdidas como unos 100 metros antes de llegar a la trinchera, pues su ataque era largo y en llanura infinita. Destaqué inmediatamente la segunda columna que llegó hasta la contraescarpa y fue también rechazada, y luego la tercera que avanzó algo más, pues no solamente llegó a la contraescarpa, sino que intentó pasar el foso y dejó algunos cadáveres dentro de él, y fue también rechazada. (…) Alargaría mucho esta relación si me detuviera a referir todos los actos de valor y de arrojo de mis subordinados en el asalto del 2 de abril. Solamente diré que considero esta acción como una de las más importantes de las que sostuve durante la guerra de intervención. Inserto enseguida (…) fragmentos de la carta que dirigí de Guadalupe Hidalgo, el 3 de mayo de 1867, a nuestro ministro en Washington, y que contiene algunos detalles del asalto y toma de Puebla.

“Señor don Matías Romero, etcétera, Washington.- Mi querido amigo:

Cuando estaba yo sitiando a Puebla, supe que Márquez marchaba a atacarme con 5,000 hombres sacados de la ciudad de México.

“Debo confesar sencillamente, que al principio dudé sobre qué camino debía yo tomar: si el de levantar el sitio y marchar a encontrar a Márquez, o esperar su llegada, o asaltar inmediatamente la ciudad.

“Me decidí a lo último. El buen éxito favoreció el ímpetu de nuestras tropas, que sin la educación necesaria y movidas solamente por su gran valor, asaltaron las fortificaciones y tomaron  las líneas de defensa con el mejor éxito, a pesar del nutrido fuego de fusilería y de las granadas de mano que se nos arrojaban de los balcones y de las azoteas.

“Cuando las trincheras habían sido tomadas, los defensores de las casas, temerosos de que fueran cortados o se les atacase por la retaguardia las abandonaron, cayendo prisioneros muchos de ellos.

“Los cerros inmediatos estaban todavía en poder del enemigo, pero la guarnición que los defendía se rindió el día 4…”. (Aquí se interrumpe la transcripción en las “Memorias”).