Enseñanzas de mi abuela

Mi abuela Peti, como de cariño le llamaba el abuelo Lolo, vivía alegre, en paz; yo sabía que tenía un secreto, que poco  a poco y en dosis pequeñas me iría revelando; su principal secreto era la magia… no la del ilusionismo, sino la magia elevada, sutil, que ella llevó consigo siempre y que tal vez se la dio su cercanía con la tierra, con el aire, con el fuego, con el agua; o el contacto con los espíritus de la naturaleza que ella siempre tuvo presente, o el haber llorado en el vientre de su madre antes de nacer, que según la tradición les da un don especial, o el haber nacido en una tierra mágica, en un pueblo enclavado en la Mixteca, sobre cúspides de tezontle y bañado por el río Salado, en una tierra donde se entrelaza el pasado con el presente; donde las mujeres son sabias y los hombres fantasiosos y trabajadores; donde los sabinos cobran vida y mecen en sus ramas a los duendes; donde la gastronomía se elabora con sentimiento y tradición, donde en las tardes antes de entregarse a la oración nocturna, se les da vida a las conversaciones, que describen en forma singular el hacer y quehacer de sus habitantes.

Ella fue así como su tierra, mágica y soñadora, encantadora y amorosa, religiosa e irreverente, así como Tezoatlán de Segura y Luna, llena de misticismos y contrastes.

Primera lección: Nunca olvidar que la naturaleza es el origen de la vida espiritual.

Cuando escuchas el canto de los pájaros en lugar del ruido de las máquinas; cuando contemplas las flores y las plantas en lugar de la televisión; cuando sientes el viento menearse con tu piel; cuando te permites levantar la vista, contemplar las estrellas y la luna; cuando guardas silencio para escuchar el sonido del viento y de las aves; cuando descubres en cada manifestación natural una lección, empezarás a sentirte parte de la naturaleza, no un ser separado, sino integrado.

No podemos sustraernos totalmente de la vida moderna, pero debemos buscar, como decía mi abuela, un lugar dentro de nuestro propio hogar, donde tener contacto con las flores, con las hojas, con los pájaros, y escuchar el ruido de los animales que cuidamos, y solamente así volveremos a escuchar las voces, que escucharon nuestros antepasados, las voces de los duendes, de las ninfas y de los ángeles.

Mi abuela me enseñó que al contactarme con la naturaleza te contactas con tu interior y con el exterior; te desprendes de la soberbia, te vuelves humilde porque te ubicas como una pequeña partícula del Cosmos, y al reconocer tu pequeñez te das cuenta de la necesidad que tienes de todo y de todos, y la contraparte es que al contactarte con tu interior te sientes un ser único, con un poder ilimitado, dueño de tu entorno, poderoso, sabio, un pedacito de Dios, y que el equilibrio entre ambos te da una sana visión; es importante, decía mi abuela, ser ambicioso, trabajador, eficiente, pero es mucho más importante ser reflexivo, ameno y soñador.

Ella vivía como pensaba, aprovechaba cada una de las manifestaciones de la naturaleza, cuántas veces sentí su esencia sanadora en un té, en compresas, en pomadas en aceites, en masajes; su sola cercanía curaba, envolvía, consolaba.

El agua era para mi abuela un elemento místico, purificador, será porque creció a orillas de un río y manejaba su vida y sus emociones como siempre vio al río, dejándolo fluir sin entorpecer su libre flujo para que retomen su caudal y vuelvan a la calma, porque con las aguas turbulentas confundimos las  desgracias con las bendiciones, y al cristalizarse y ver claro nos damos cuenta que detrás de cada episodio de nuestra vida, siempre está oculta una bendición.