COLECTIVO CUENTEROS| Isabel

Eran pasadas las once. Dio los últimos sorbos a su café. Sacó la ropa de la secadora, la dobló y dejó lista para guardarla en los cajones de los armarios cuando volviera. Después, lavó los platos y sacó las bolsas de la basura. En su cuarto, frente al espejo, intentó bajar un poco la falda que dejaba ver los muslos. Revisó el pelo trenzado y se dispuso, como cada domingo, a tomar el camión hasta la terminal del metro. Antes de salir, contó una vez más el dinero que tenía ahorrado. Indecisa, lo pensó mejor; lo volvió a meter en la bolsita de plástico y lo guardó de nuevo en un cajón, entre su ropa interior. 

            Caminó dos calles hasta la parada del camión. Sacó un billete de cien pesos. El conductor se quejó. ¿Qué, no traes cambio? Finalmente, y de mal humor, le arrebató el billete sin dejar de verle las piernas. Con una mano, Isabel tomó el cambio y con la otra hizo malabares para no caer cuando el conductor arrancó. Se acomodó en el asiento junto al pasillo que encontró vacío y que estaba más cerca de la puerta. A través de la ventana miraba a  la gente que pasaba por la avenida. Parecían hormigas que marchaban en filas interminables por la orilla del río, cargando trozos de hojas verdes hasta sus nidos. 

            Rafael la esperaba en el zócalo. Si pudiera hacer que el tráfico desapareciera, que el chofer fuera más rápido para llegar a tiempo, pero parecía que todos habían decidido atravesarse en su camino. Sintió una punzada en el estómago y se tronó los dedos. 

            El autobús frenó, sacándola de sus pensamientos. Calzada de Tlalpan. Unas calles más para bajar y entrar en la estación del metro. 

       Llegaron a su mente las imágenes de hacía unos años, cuando dejó el pueblo. Una a una, sus hermanas se habían  ido a la ciudad a trabajar. También ella dejó a su padre y hermanos varones a los que atendía; les lavaba la ropa y les servía la comida antes de que ella pudiera sentarse a comer. Ese día, la llevó su madre a una casa en  San Ángel para trabajar como sirvienta. Odiaba la palabra sirvienta, aunque había escuchado otras peores como “gata” o “chacha”.

Le temblaban las piernas y sentía ganas de orinar. Estaba distraída, no escuchaba las indicaciones que le daba la patrona mientras ella la seguía por la casa. Sólo quería pedir permiso para usar el baño. La ropa se lava aquí, ya aprenderás a manejar esta máquina; es una lavadora, se plancha aquí, sólo puedes usar el baño de tu cuarto, ah, y no puedes meter a nadie a la casa. Los trajes del señor se cuelgan aquí en cuanto los traigas de la tintorería. ¿Ya desayunaste? ¿No? Bueno, sube tus cosas a tu cuarto. Empiezas hoy. 

            El autobús se llenó; había gente hasta en las escaleras. Parado junto a ella, un hombre alto no dejaba de mirarla. Se acercó y puso su miembro visiblemente excitado junto a ella. Isabel volteó la cara; pero a su lado, también demasiado cerca, su compañero de asiento, que se hacía el dormido, amenazaba con recargarse en su hombro. Prefirió caminar las calles que faltaban para llegar y dispuso a bajarse del autobús. Permiso, dijo antes de levantarse, pero el hombre que estaba de pie junto a ella no se movió. Permiso, repitió más fuerte. Despacio, con un gesto de burla, él se movió unos centímetros hacia atrás. Dejó apenas espacio para que pudiera levantarse y a empujones caminó a la puerta de salida, donde varias personas se formaban para bajar del autobús. Fue inevitable que la rozara con alguna parte de su cuerpo, que Isabel prefirió ignorar. 

Afuera el calor era tan intenso como dentro del camión. Ya en la calle respiró aliviada. Caminó entre los ríos de gente que iba y venía, abriéndose paso por los puestos de tacos que a esa hora ya llenaban cada esquina con el inconfundible olor de cilantro y cebolla. Pensó que debió comer algo antes de salir. Entró a la estación. Una ráfaga de aire caliente y olor a humanidad la recibieron. Pidió un boleto a la señorita de la ventanilla; sólo hay tarjetas, le contestó. Entonces déme una tarjeta. La mujer le arrebató el billete y le entregó la tarjeta. 

  La mayoría de la gente iba por las escaleras eléctricas que semejaban un inmenso gusano viviente; usó las otras. Tendría que cruzar hasta el andén al otro lado, con dirección al centro. "Mamacita", le dijo un hombre al pasar junto a ella, haciéndole una seña obscena con la lengua. "Me hubiera puesto pantalones", pensó. Decidió probar a acercarse a donde termina el andén y comienza el túnel; con suerte podría llegar hasta el vagón asignado sólo para mujeres. 

Se acercó al borde del andén. Se abrieron las puertas y un mar de gente salió como si la vomitara el tren. Al poco tiempo comenzó a sonar el timbre con un zumbido que alertaba de que pronto se cerrarían. En un movimiento de la masa humana que intentaba entrar, Isabel logró meterse y quedó junto a las puertas que se cerraron con dificultad. Revisó las rutas, contó cuántas paradas tenía que viajar antes de bajarse. Hay que estar a las vivas por si algún cabrón se quiere meter entre nosotras: junto a ella, dos mujeres jóvenes hablaban de la marcha que habría en el zócalo. Con razón va tan lleno. "¿Y si le mando un mensaje a Rafael?", pensó. Decidió esperar. 

 Recordó el día que lo conoció hacía dos años; no parecía de esos que quieren aprovecharse de una. Siempre que iban a pasear, él le cargaba la bolsa y hasta le pagaba los cinco pesos del pesero, la llevaba por las calles del centro de la mano y sentados en una banca le hablaba de cuántos hijos quería tener y de la casa que iba a construirle. No era un hombre guapo, ni tenía un cuerpo atlético, de estatura mediana, delgado, de piel morena.

Fue el primer hombre que la hizo sentir que caminaba en las nubes aunque, ahora estaba inquieta y no podía pensar en otra cosa que no fuera el dinero que guardaba en su cajón. Sintió en el estómago un nudo que parecía más miedo que ganas de estar con él. Se tocó los brazos donde todavía se podían ver marcas de la última vez que se negó a darle el dinero de su semana; la amenazó con empujones y gritos para que se lo entregara; después le habló del material que necesitaba para seguir con la construcción de la casa, pero ella se negó a dárselo hasta que la llevara a verla. Entonces, en el jaloneo, ella se zafó y se metió a la casa de su patrona. Esa noche no dejaron de llegar mensajes a su celular de: "Perdóname mi amor, no quería lastimarte, tú sabes que ese dinero es para nuestra casa, te prometo que no vuelve a pasar". 

            Conforme se acercaban al centro; como si eso fuera posible, los vagones se llenaron más y más hasta que no quedó espacio entre las personas. Una estación más para llegar. Fumm, las puertas bufaron con el ruido característico. La muchedumbre entró al vagón. Casi flotando, Isabel llegó hasta el lado opuesto a la puerta. Entre empujones y "permiso, permiso", logró acercarse para bajar en la siguiente parada.

De pronto, cuando se acercaban a la estación, el tren frenó con fuerza. El impulso los arrojó hacia adelante. Como una gran ola humana, salieron despedidos formando una masa de brazos y piernas que intentaban mantener el equilibrio al tiempo que gritaban. Ella quedó junto a un hombre que se tocaba la cabeza. Un hilo de sangre escurría por su frente donde recibió un golpe. Dos mujeres gritaban a la par de sus niños. Otras buscaban sus cosas que rodaron por el suelo. Cuando por fin se detuvo el tren y lograron recuperarse, las puertas se abrieron dejando salir a toda la gente.

En el andén, algunos pasajeros se acercaron para ver a la mujer que cayó a los rieles momentos antes de que el vehículo la golpeara y arrastrara entre las ruedas. Dos agentes de seguridad intentaban evitar que los morbosos tomaran fotos con sus celulares. Isabel no podía moverse; no podía pensar ni hablar. Simplemente se quedó mirando a la multitud que amenazaba con linchar a un hombre al que tenían rodeado. Una mujer gritaba: "Fue él, fue él el que la aventó a las vías". Vio cómo los policías lo inmovilizaron y lo acostaron en el suelo boca abajo con las manos en la nuca. 

            Isabel salió a la plaza donde una ambulancia se estacionó en la entrada del metro. Pasaron minutos antes de que pudiera reaccionar. Caminó despacio hasta el lugar donde se encontraría con Rafael. Lo vio parado mirando su reloj frente a un aparador. Parecía molesto. Isabel se detuvo antes de acercarse. Pensó en la mujer que cayó a las vías y en Rafael que la esperaba ansioso.

"¡Ni una más!, ¡Ni una más!" Pasó junto a ella, como estampida, un grupo de mujeres que gritaba consignas de justicia. Se tronó los dedos, dio media vuelta y se encaminó a la parada del camión.

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