COLECTIVO CUENTEROS| Tango sódico

Se veía radiante en el vestido blanco de holanes inconmensurables y velo bordado con perlas e hilos de oro, los cabellos rubios ondulados uno por uno para la ocasión; tan muerta de felicidad, que nadie hubiera esperado que al final del día estuviera muerta de la vida, encallado su cuerpo en una isla desierta y destinada a ser novia eterna momificada por la sal del mar.

Los ajetreos de la boda iniciaron temprano en la mansión a orillas de la playa del Chamizal. Los sirvientes ponían las mesas, las quitaban y las volvían a colocar en distinto orden sobre el pasto algodonado de jardín, hasta que el desorden quedó al agrado de un hombre mal encarado de voz grave y afectada. Las flores, los muebles, las vajillas, los músicos, la gente, todo iba y venía de un lado a otro en tan alocada rapidez, que varios instrumentos musicales quedaron en los floreros y los músicos ensayaron con los acordes de los tenedores al golpear las copas.

El general conservaba, pese a su retiro, la dureza en el rostro y el poder de cortar la respiración de quien oyera sus pasos de gigante, pero en el día de su octavo matrimonio decidió estrenar las sonrisas que, a fuerza de guardar, escapaban de su cuerpo de vez en cuando convertidas en flatulencias o en eructos que resonaban como carcajadas.

Por eso, aquella mañana, al volver de su caminata habitual por la playa diamantada, atravesó sonriente los jardines sembrados de plantas y ornamentos traídos del Desierto de las Sirenas y tocó a la ventana de la habitación principal, desde donde había presenciado, sin ver, tantos amaneceres y puestas de sol desde los días de su niñez, aquellos en que era hijo del mandamás y nadie, ni sus nanas, lo miraban a la cara. Adentro, Jacqueline debía ya haber comenzado a acicalarse. La boda se celebraría a las diez. 

Jacqueline bostezó acariciándose las caderas por encima del liguero de encaje blanco y abrió las hojas de madera. Su cuerpo quedó abierto en cruz y sus pechos embonaron con los ojos del general. 

Él le besó una mejilla y ella ofreció la otra. La conversación fue breve; confirmaron, en lo que él consideraba un rotundo desprecio a la improbabilidad del futuro, los planes del día y los más inmediatos en el posterior. Luego se marchó, esperanzado en que lo persiguiera la misma mirada de la noche bajo los fuegos artificiales en la fiesta de San Juan, cuando la tentó con su opulencia. Al final de la velada, ella lo había cuestionado: ¿Qué le hace pensar que puede comprarme? Él, sin modificar el semblante de desprecio, respondió: tus zapatos. 

Y cuando el general hubo desaparecido en el jardín y ella se disponía a cerrar la ventana, lo vio: tenía un parecido sutil con el general, un reflejo de su juventud perdida. Llevaba el torso desnudo y apilaba cajas de champaña. Asustada, cerró la ventana y pensó en darse una ducha de agua fría, pero regresó sobre sus pasos y abrió para mirarlo otra vez: tenía el semblante de quien duda si levantar dos cajas o tres al mismo tiempo. 

Él atisbó un movimiento a su costado, donde minutos antes había mirado la espalda del general y ahora adivinaba la inminencia del destino. El sostén que transparentaba la piel de virgen falsaria fue un chispazo en sus pupilas que se acrecentó al mirar el contorno de sus caderas. Y como si hubiera pronunciado su nombre, se dirigió hacia ella. 

Ella lo vio venir tan decidido, que supuso que lo había llamado.

—No sé si cargar las cajas de dos en dos, o de tres en tres —le dijo.

Que era vino especial, regalo del Vaticano, y el general no había querido encomendarlo a los criados por recelo a que se lo robaran para usarlo como tónico milagroso.

—Da igual —le respondió ella—. Lo importante era la pregunta, no la respuesta.

Él le confesó que no había visto mujer más hermosa desde el desfile de las ninfas árabes durante los festejos reales del Gobernador. Ella, acostumbrada a que le recordaran lo sabido, pensó que tal vez poseía otra hermosura hasta entonces desconocida. 

Ocupados en la difícil tarea de conciliar miradas y palabras, ninguno entendió después el tema del otro. Hasta que él preguntó si podían encontrarse después de la boda; entonces se enteró que era imposible, porque ella era la novia.

—Yo soy el sobrino del general —le dijo. 

Que cuánto gusto conocerse, el general les había hablado al uno del otro, habría que mirar el conocerse de ese modo. 

Jacqueline cerró sin recordar cómo se habían despedido. Él siguió cargando cajas de champaña, rompiendo las botellas sin querer, apurado por las ansias de acercar la hora a la que no se llega si no es a través de segundos infinitos. 

Sí. Sí quería, en la salud y cuanto fuera necesario. Las arras, el anillo, el beso: todo era un ritual inútil en su apuro de salir de la capilla, excitada y temerosa de atrasarse y que él fuera de los que no esperaban a nadie. 

El sobrino del general andaba en las mismas, poseído de fiebre animal, aturdido por los espasmos de los imprevistos del alma. No sentía ni la mitad del cúmulo de emociones de la tarde en que supo su destino de heredar no solo las nuevas batallas de su viejo tío, también su riqueza porque era el único y último que llevaba su sangre. Desde el jardín, los vio llegar en un carruaje jalado por corceles arriados por pavorreales sobre sus lomos; oyó la marcha nupcial con arreglos de violines y cantos de jilgueros, y los aplausos de los invitados que tropezaban para mirarlos de cerca y atrapar las monedas de oro lanzadas por el general.

Jacqueline no sintió sosiego hasta volver a tenerlo cerca. Escuchó que le sugería al general romper el baile, pero éste le respondió que no; en unos minutos se embarcarían en un viaje alrededor del mundo por el resto de sus años de vida. 

—Es la tradición —dijo el sobrino del general y la voz le tembló. 

—Acabo de inaugurar otra —le respondió él.

—Se lo suplico —le dijo, y su voz fue una amenaza—, permítame bailar una pieza con ella.

El permiso del general fue un gesto airado. Lo miró tomarla de la mano e internarse entre quienes danzaban sobre la plataforma de marfil y a través de los que como hormigas andaban de acá para allá sin encontrar quietud en un solo sitio. Se retrepó en la silla blanca, arrepentido de portar el traje de gala militar porque le estorbaban las pistolas cargadas con balas de plata. 

Ni la esposa ni el sobrino del general advirtieron el descenso de la gente en la pálida plataforma. Tampoco oían más sonido que el de las olas tallar la orilla y las notas del tango que cantaba en el pedestal Macarena Silvestre:

♪Yo no sé si es cariño el que siento. Yo no sé si será una pasión, sólo sé que, al no verte, una pena va rondando por mi corazón♪.* 

La mano izquierda de ella empalmada en la espalda de él. La mano derecha de él aprisionando fuerte la suya. Los cuerpos unidos y las pupilas de uno fijos en las pupilas del otro, sin parpadear, sincronizados en el vaivén. En uno de los giros y la inflexión de una pierna, el velo se desprendió de los cabellos de Jacqueline y voló por los aires hasta unirse a una bandada de gaviotas que se perdió en el horizonte. 

El viento se transformó de a poco en ventarrón escarchado de arena. Los invitados huían bajo el escudo de sus propios brazos, hocicando unos con otros en busca de refugio. El caos le hizo recordar al general la noche en que ordenó prenderle fuego a la Villa de los desamparados. Pero aún los recuerdos púrpuras no velaron los labios unidos de los que dibujando los círculos a que obligaba la melodía, se alejaban de la pista en dirección a las olas. 

Sacó el arma del cinto. Se habían mojado los pies y pensó que, si no lo impedía, seguirían ese baile infinito sobre el mar. Avanzó entre las aspas de arena disparando a ciegas; cegado por aquello a lo que estaba condenado a ser ajeno desde siempre y para siempre. Una ola le amarró los pies y lo hizo caer. Mientras buscaba a tientas el arma entre el reflejo de los rayos del sol y la luz que emergía de las aguas, lo supo: ellos ya no estaban, sólo la tormenta arreciando cada vez más.

 * Letra de: Yo no sé qué me han hecho tus ojos —Francisco Canaro.

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