La desaparición de Walter Collins

El 10 de mayo de 1928, en la ciudad de Los Ángeles una mujer llamada Christine Collins no logró localizar a su hijo, Walter, en ningún sitio. Aunque la policía sospechaba que el niño simplemente escapó, la madre temía lo peor. La desaparición de Walter Collins desencadenó una serie de eventos inesperados en la época. Además del peligro que corría el pequeño de nueve años, el episodio sacó a flote el empoderamiento femenino, la corrupción y la ineptitud de los individuos involucrados en el caso.

Posible secuestro

Christine se mostró reacia a aceptar que su hijo pretendía escapar, y llegó a la conclusión de que lo habían secuestrado. Ante la sospecha de un crimen, la autoridad empezó a buscar al niño en las inmediaciones del vecindario Lincoln Heights, donde habitaba la familia Collins.

Tras incontables interrogatorios a personas que vivían en el lugar, la búsqueda de Walter resultó infructuosa. Sin embargo, en determinado momento una tal Sra. Baker aseguró observar al pequeño Walter al interior de un automóvil, implorando que lo liberaran, custodiado por dos individuos de apariencia extranjera. Al poco tiempo, otros vecinos testificaron que, varios días antes del secuestro de Walter, un hombre y una mujer de ascendencia italiana habían preguntado por la dirección de los Collins.

Desafortunadamente, más allá de estos testimonios la policía no logró encontrar evidencia que los condujera a Walter o las personas que lo habían raptado. Christine Collins sufrió un auténtico calvario durante meses, ante la idea de que jamás volvería a encontrarse con su hijo. Pero, cinco meses después de la desaparición de Walter, el niño fue localizado en el estado de Illinois. Esto parecería el final feliz de una trágica historia; sin embargo, estaba lejos de terminar.

El usurpador de Walter Collins

Tras una identificación positiva, “Walter Collins” fue subido a un tren para reencontrarse con su madre Christine en Los Ángeles. La policía local consideraba el reencuentro entre madre e hijo un gran acierto, por lo que buscó una amplia cobertura del evento. Pero, una vez que el muchacho bajó del tren Christine se dio cuenta que no se trataba de su hijo. De esta forma, lo que aquella madre desesperada creyó era una respuesta milagrosa, terminó como una gran decepción.

Mientras tanto, el capitán de la policía de Los Ángeles, J. J. Jones, intentaba convencer a Christine de que ese niño era su hijo. Argumentó que el cambio físico se debía a las experiencias traumáticas que había enfrentado y a todos esos meses lejos de casa. Pese a esto, Christine rechazó las explicaciones del capitán Jones insistiendo en que, independientemente de las circunstancias, era capaz de reconocer a su propio hijo.

La insistencia de la madre no dejó lugar a dudas: no se trataba de Walter Collins. Sin embargo, Jones rechazó los argumentos de Christine y dejó muy en claro que el Departamento de Policía de Los Ángeles no había cometido error alguno. En un intento por evitar la humillación pública, el capitán le propuso a Christine que conviviera un tiempo con el niño en casa, para ver si así aclaraba su memoria.

Ante la presión del público, la prensa y la policía, Christine Collins prácticamente fue obligada a aceptar este niño desconocido en casa. Al poco tiempo, los policías interrogaron al supuesto Walter en un intento por dar con el secuestrador. Le preguntaron cómo logró escapar de sus captores, y de qué forma terminó en Illinois. Ni los detectives ni los médicos que analizaron al niño obtuvieron respuestas concretas sobre el secuestro.

El maltrato a Christine Collins

Plenamente convencida de que no era su hijo, Christine recurrió a los registros dentales de Walter para demostrar la diferencia entre el original y el usurpador. En estos registros se observaban diferencias irrefutables en las dentaduras de ambos niños, pero no fue suficiente para que la policía cambiara de opinión. El capitán Jones no sólo ignoró a Christine, se convenció de que intentaba perjudicar al Departamento de Policía de Los Angeles exponiéndolos a la humillación pública.

Jones puso manos a la obra y se las arregló para internar a Christine Collins en el pabellón psiquiátrico de un hospital local. La señora Collins fue recluida en este sanatorio bajo circunstancias adversas y recibió un trato infrahumano.

Semanas después, el usurpador confesó no ser el verdadero Walter Collins. Su nombre real era Arthur Hutchins Jr. y cuando le preguntaron por qué se hizo pasar por el niño extraviado, dijo que al observar una foto de Walter vio semejanzas entre ambos, y simplemente no dejó pasar la oportunidad.

El asesino Gordon Northcott

Simultáneamente, la policía de Wineville, también en California, obtuvo información de que un sujeto llamado Gordon Northcott pudo asesinar al niño desaparecido y a varios pequeños más. Cuando allanaron la granja de Gordon, encontraron varios cuerpos de niños asesinados con un hacha. Sin embargo, los restos de Walter Collins jamás fueron localizados y el propio Gordon le dijo a Christine que no secuestró a su hijo.

Eventualmente, Christine Collins ganó una demanda contra el capitán J.J. Jones por enviarla a una institución psiquiátrica, ordenándole que la indemnizara con US$ 10,800. Pese a esto, Jones jamás llegó a pagar el dinero y solamente lo suspendieron cuatro meses de la corporación como castigo por sus actos contra la mujer.

La señora Collins jamás perdió la esperanza de que su hijo Walter estuviera vivo, pero el destino del niño sigue siendo un misterio hasta nuestros días.