Candy Man. Pagaba por torturar, violar y asesinar

Violados, torturados y distribuidos a lo largo de una misma estancia -un cobertizo-, así aparecieron diecisiete cadáveres de menores que las autoridades desenterraron en los años setenta al noroeste de Houston (Estados Unidos). Gracias a la confesión de uno de los cómplices del denominado ‘Candy Man’ (‘El hombre de las golosinas’), lograron identificar a casi una veintena de menores que desaparecieron tiempo atrás. En realidad, Dean Corll les secuestró con la ayuda de dos adolescentes, David Owen Brooks y Elmer Wayne Henley, a los que pagaba 200 dólares por muchacho que les entregaba en su apartamento.

Lo que las víctimas desconocían de este engaño con promesas de regalos incluidas, es que estaban cayendo en las redes de la muerte disfrazada de ‘Flautista de Hamelín’. De ahí su segundo apodo, ‘The Pied Piper’.

La Nochebuena de 1939, la familia Corll recibía la llegada de Dean Arnold en Fort Wayne (Indiana). La estricta educación paterna le abocó a ser un niño tímido, introvertido y serio. Poco sociable, incluso. Tampoco ayudó que a los siete años le pusiesen bajo tratamiento psicológico cuando en realidad padecía fiebre reumática. Fue durante este período cuando sus padres, Arnold Edwin y Mary Emma, decidieron divorciarse en 1946. Primero emprendieron caminos separados, para después volver a casarse y a separarse por segunda vez en 1950.

Tantas idas y venidas llevaron al pequeño Dean junto a su hermano Stanley a vivir en diferentes estados. Finalmente, su madre contrajo nupcias con un relojero, Jake West, con quien tuvo una hija, Joyce. Corría el año 1955.

El negocio de las golosinas

Gracias a este tercer matrimonio, la recién estrenada familia de Dean se inició en el mundo de los dulces. Montaron un negocio llamado Pecan Prince donde fabricaban toda clase de chuches. El adolescente hacía gala de su manejo con la maquinaria, además de empaquetar los productos. Por su parte, el padrastro trabajaba vendiendo las golosinas a distintos proveedores.

Durante cuatro años, Dean compaginó los estudios en la Vidor High School con el trabajo familiar. Era un estudiante ejemplar, mostraba buen comportamiento, aunque era algo solitario. Su único hobbie conocido: tocar el trombón.

En los siguientes años, la familia pasó de abrir una tienda con el mismo nombre que el producto, Pecan Prince, a separarse de nuevo. La madre pidió el divorcio al relojero y ésta montó su propio negocio, la Corll Candy Company, de la que Dean se convertiría en vicepresidente. Era el año 1963 y se habían instalado en el barrio de Houston Heights. Fue entonces cuando la primera queja por acoso sexual llegó a la dirección de la empresa. Un trabajador aseguró que Dean se había propasado con él. La solución: despedirle.

Al año siguiente de este incidente, la Marina de los Estados Unidos reclutó a Dean como reparador de radios y le asignó a Fort Hood (Texas). Pese a asegurar que detestaba el mundo militar, sus mandos solo tuvieron palabras buenas sobre él. Su marcha voluntaria alegando dificultades económicas familiares cerraron una etapa de diez meses que terminó con honores. Según reconoció a su círculo más íntimo, fue en la Armada donde mantuvo sus primeras relaciones homosexuales.

Víctimas a 200 dólares

Al regresar a casa, continuó ejerciendo como vicepresidente de la empresa y poco después, trasladaron las oficinas frente al instituto Helms Elementary School. A la salida de las clases, Dean regalaba dulces gratis a los más jovencitos y a algunos de ellos les contrató en la compañía. De ahí su apodo de ‘Candy Man’.

Fue en aquella época, 1967, cuando conoció a David Brooks de tan solo 12 años, con quien mantuvo una rara relación paterno-sexual. El adolescente veía a Dean como una figura paternal que le cuidaba y cubría sus necesidades. Pero con quien terminó teniendo relaciones sexuales. Un vínculo similar tuvo con Elmer Henley. A ambos muchachos les utilizó como cómplices para perpetrar sus fechorías.

La labor de estos adolescentes era la de ser un anzuelo para futuras presas. Brooks y Henley ofrecían regalos a otros adolescentes para que acudiesen al apartamento de Dean, mientras éste les esperaba en su camioneta blanca. Una vez en la casa les atiborraba de alcohol y drogas, les esposaba o ataba a lo que él llamaba “la tabla de tortura”. Allí les violaba y les torturaba salvajemente durante varios días. La mayoría perdía la conciencia durante estas vejaciones.

Aunque al principio Dean no mataba a sus víctimas, fue en 1970 cuando comenzaron a producirse los asesinatos. Hubo un resorte, un click, que hizo que este criminal pasase de los suplicios físicos al crimen. Su estocada final: por estrangulación. Aunque algunos cuerpos presentaban varios disparos con una pistola calibre 22.

Una vez asesinados, Dean los envolvía en láminas de plástico y los enterraba en distintos lugares. Entre ellos, en el cobertizo de la cabaña que la familia poseía cerca del lago Sam Rayburn. Fue allí donde un huracán en 2008 inundó el terreno evitando desenterrar más cadáveres y con ello, conocer la identidad de más víctimas.

Los familiares de los desaparecidos criticaron fervientemente al departamento de Policía de Houston que decía carecer de recursos necesarios para dichas búsquedas. “¿Quién huye [de casa] llevando un traje de baño y 80 centavos encima?”, contaba la madre de Malley Winkle de 16 años cuyo cuerpo apareció mutilado y con una cuerda al cuello. Y es que los agentes no siguieron pistas ni buscaron el patrón común que relacionaba a estos jóvenes.

El ‘tablero de tortura’

Corll lo tenía todo bien estudiado. Antes de cada tortura y asesinato, obligaba a los menores a llamar o escribir a sus padres para contarles por qué no iban a regresar a casa. Una excusa que permitía a ‘Candy Man’ campar a sus anchas sin ninguna presión policial detrás. Y pese a mudarse en varias ocasiones de domicilio y barrio, sus objetivos siempre los buscaba en Heights, una distrito de clase humilde de Houston.

Su primera víctima conocida fue Jeffrey Konen, un estudiante de 18 años que el 25 de septiembre de 1970 desapareció mientras hacía autostop junto con otro compañero. Fue uno de los compinches de Corll, Brooks, quien casi tres años después, llevó a las autoridades ante su cadáver. Apareció desnudo, atado, amordazado, con signos de violación y estrangulado.

Dos meses después del primer crimen, llegó el de James Glass y Danny Yates de 14 años de edad que sufrieron toda clase de torturas en el ‘tablero’ hasta su muerte por estrangulación. Fueron enterrados en un cobertizo. Seis semanas más tarde, los compinches de Dean consiguieron dos víctimas más, dos hermanos, Donald y Jerry Waldrop que iban camino de la bolera y que sufrieron vejaciones similares a los anteriores jóvenes.

Y así, prácticamente todos los meses, Brooks y Henley engañaban a adolescentes con falta de recursos económicos para que subiesen a la camioneta de Corll y terminasen en su domicilio. Y aunque era ‘Candy Man’ quien cometía toda clase de torturas, Henley en algún momento también se mostró “especialmente sádico” con determinadas víctimas. Así lo explicó Brooks una vez detenido.

La última fiesta

La madrugada del 7 al 8 de agosto de 1973, se produjo un incidente que echó al traste toda la trama de engaños y asesinatos ideada por ‘Candy Man’. Henley, que por entonces ya tenía 17 años, quedó con dos amigos para continuar la fiesta en la casa que Corll tenía en Pasadena. Timothy Cordel Kerley y Rhonda Williams se encontraban en el domicilio cuando Dean entró y se enfadó sobremanera al ver a una mujer en la casa.

Cuando se le pasó el mosqueo, el asesino en serie llevó a cabo el mismo modus operandi que con otras víctimas, incluido con Henley: drogarlas y atarlas. Su compinche, al ver que iba a matarles a los tres, le hizo creer que participaría también de las torturas y los crímenes de sus amigos. Pero cuando le desató, Henley cogió una pistola y comenzó a amenazarle.

“¡Tuviste suficiente Dean! ¡No puedo creer que hayas matado a todos mis amigos!”, le gritó. “¡Mátame, Wayne!”, soltó Corll mientras se acercaba a Henley, “no lo vas a hacer”. En ese instante, su secuaz le pegó un tiro en la cabeza aunque solo le traspasó el cuero cabelludo. Dean se tambaleó por el pasillo y Henley le remató con tres disparos más.

Una vez muerto, el joven liberó a sus amigos que permanecían atados y llamaron a la policía de Pasadena. Eran casi las ocho y media de la mañana cuando Henley explicó al operador: “Vengan ahora mismo, ¡acabo de matar a un hombre!”. Cuando una patrulla llegó hasta el domicilio, los tres adolescentes esperaban sentados en el porche de la casa. Henley les explicó que por qué Corll estaba muerto. Incluso les habló de las desapariciones y crímenes cometidos por ‘Candy Man’, pero los agentes se mostraron un tanto escépticos con su versión. Hasta que los detalles fueron tantos y tan concretos (solo quien participa en un crimen puede conocerlos al cien por cien), que comenzaron a tirar del hilo.

Gracias al testimonio de Henley, la policía descubrió el cobertizo donde Corll excavó la fosa donde enterraba a sus víctimas. Al remover la tierra, se encontraron con revestimientos de plástico con una capa de cal y, entre ellos, los cadáveres de numerosos adolescentes desaparecidos en los últimos tres años. Algunas víctimas presentaban muerte por asfixia, y otras por disparo, aparte de mutilaciones.

En abril de 1974, los forenses lograron identificar un total de veintiún jóvenes, y hasta 1985, la cifra aumentó hasta un total de veintiocho víctimas. Sin embargo, durante el período en el que operó este asesino en serie, otros 14 adolescentes desaparecieron (en total hubo 42) en la misma área de Houston. Pero la búsqueda cesó y en 2008 el Huracán Ike enterró bajo el agua los posibles restos humanos que quedaban por identificar.

El comportamiento de Corll era anómalo y aún así nadie le relacionó jamás con las desapariciones de adolescentes en Houston. Sus propios empleados aseguraron, una vez conocido el caso públicamente, que se dedicaba a enterrar los dulces en mal estado para evitar que hubiese plaga de insectos en la fábrica. O que se llevaba gran cantidad de rollos de plástico o de cuerdas de nylon. Recordemos que ambos materiales fueron usados para matar y deshacerse de los cadáveres. Y aún así, nadie lo encontró extraño.

Una vez que las autoridades detuvieron a Henley y Brooks, la fiscalía pidió un examen forense y psiquiátrico de los detenidos. Querían averiguar si legalmente eran imputables o no. Y lo eran.

Los cómplices, a juicio

Uno de los abogados de las víctimas, Andy Kahan, aseguró durante el juicio que las muertes de estos jóvenes no fueron “rápidas ni fáciles”, sino que “fueron momentos largos e insoportables para cada una de las victimas”.

Los cómplices de Corll fueron acusados de su participación en los homicidios. Henley, por ejemplo, fue juzgado el 1 de julio de 1974 en San Antonio y procesado por seis asesinatos perpetrados entre marzo de 1972 y julio de 1973. Pero el detenido recurrió alegando que el jurado no era imparcial que no permaneció aislado durante todo el proceso. Tras varios tiros y aflojas judiciales, finalmente se le concedió la posibilidad de un nuevo juicio en diciembre de 1978. Tras su celebración, fue condenado nuevamente por los seis asesinatos a seis períodos consecutivos de 99 años de prisión.

El juicio contra David Brooks se celebró el 27 de febrero de 1975 y aunque en un primer momento le acusaron de cuatro asesinatos, finalmente solo fue juzgado por el crimen de Billy Ray Lawrence de junio de 1973. Su abogado defensor intentó descargar toda la culpa en el fallecido Corll y en su compinche Henley, alegando que ellos fueron los verdaderos participantes activos en cada asesinato.

Tras una semana de litigio y noventa minutos de deliberación, el jurado dictó sentencia: Brooks era culpable de asesinato. Le condenaron a cadena perpetua y aunque apeló a instancias superiores, el recurso fue rechazado. Éste al igual que Henley continúan cumpliendo condena. La diferencia es que Henley se prodiga en los medios de comunicación concediendo entrevistas a la prensa, mientras que Brooks se mantiene al margen negando cualquier tipo de participación.

Durante estos cincuenta años, la historia de ‘El hombre de las golosinas’ ha sido objeto de toda clase de libros, películas, documentales y series de televisión. Entre los filmes a destacar, ‘Freak Out’ e ‘In a madman´s world’. El documental ‘The Killing of America’ o los realizados por Discovery Channel; y en cuanto a la ficción televisiva, Mindhunter, donde lo agentes del FBI entrevistan a Henley.

Pese al tiempo transcurrido, a día de hoy, la figura de’ Candy Man’ sigue recordándose en la sociedad americana como uno de los asesinos en serie más cruentos de su historia.