COLECTIVO CUENTEROS| La “y” hacia la mina

A mi querido Santo Domingo Zanatepec, Oaxaca.

 Yo estaba sentado en el corredor de mi casa, cuando el forastero detuvo su jeep frente a mí. Preguntó por la casa del señor Israel.

 —Aquí es. —Nos quedamos viendo. Lo reconocí.

 —¡Ingeniero! —Nos saludamos.

 —Ya me jubilé —me dijo— y me vine de aventura. Después de tantos años de estar trabajando fuera de casa, ya no me acostumbro a estar mucho tiempo con mi mujer. Y mis hijos ya se casaron y están lejos de nosotros. Así es que me vine a comer el conejo con achiote asado al horno y los camarones en caldo que, tan sabroso, cocina tu mujer.

 —En el pueblo sabemos por qué vienes, ingeniero; y no es por lo que tú dices.

 —Ah, cabrón, ¿adivinos? Y según ustedes, ¿por qué vengo?

 —A su debido tiempo lo sabrás, ingeniero. —Él sonrió.

En la década de los cuarenta, llegó al pueblo este ingeniero en avanzada, por cuenta de la minera. Manejaba una maquinota que tiraba todo. Desde que inició el desmonte, mi mujer y yo nos plantamos ahí para vender comida a los trabajadores. Al principio, el ingeniero recelaba nuestra presencia, hasta que poco a poco, nuestro comedor se convirtió en su preferido.

 —Oye, ¿por qué este pueblo no cambia? —me preguntó—. Las calles, igual de solitarias. Ahorita que no hay norte, hasta parece que se respira el mismo aire una y otra vez. La gente tampoco cambia. Tú te ves igual. Para llegar a tu casa le pregunté a Tacho, el que cantaba allá en el monte. Lo vi igualito, creo que traía la misma camisa que usaba en la mina.

 —Ingeniero, Tacho murió hace años.

 —¡No me salgas con eso! —me dijo—. Tú sabes que no creo en esos cuentos. ¿Ni la mina los cambió? —insistió.

 —La mina no tardó, ingeniero. Sucedieron cosas extrañas y se fue la compañía.

 —¡A ver, a ver! ¿Qué cosas extrañas? Platícame, tengo todo el tiempo del mundo.

 —¿Pero, en verdad no te enteraste? Eras parte de la compañía.

 —No, Israel, a la compañía no le interesan esos chismes, tiene tantas concesiones que una menos es nada para ellos. Y yo no me enteré porque tú sabes que iniciaba las minas en toda la república y no volvía a ellas.

 —Pues ahí te va, ingeniero. Se murió mucha gente en la “y griega”, camino a la mina. Esa es la razón por la cual no continuó, aunque algunos fuereños digan que fue porque se le acabó el permiso a la minera; otros, que porque se pelearon los dueños y más chismes. Pero lo real fue la muerte de los choferes de los volteos en la "y griega". Hasta una leyenda hay, ingeniero.

 —¿Leyenda? ¿Saben los de este pueblo lo que es una leyenda? Serán puros cuentos.

—No son cuentos, son pura verdad —le dije.

—A ver, cuéntamela —contestó.

—Claro, con gusto. Cuentan quienes trabajaron en la mina y se creen parte de la leyenda, que en los años cuarenta llegó a este pueblo un ingeniero con una máquina grandota, con la cual se dedicó a tirar el monte para hacer la mina, allá por el Horizonte, cerca del río Ostuta, al sur de la selva de los Chimalapa. El ingeniero no cuidaba a los animalitos y cuando terminó su trabajo, mató a una changa y quiso llevarse a su cría como mascota.

—Oye, Israel, espérame, ¿quién inventó eso? —me dijo el ingeniero levantando la mano.

—Lo decimos todos en el pueblo. ¿Me dejas seguir? —Hizo una mueca y yo seguí—: ...El monito, a quien los trabajadores le decían Carita, por bonito, hacía mucho escándalo. El ingeniero lo metió en un costal y le aventó un plátano para callarlo. No lo logró. La tropa se columpiaba ladrando o chillando. Amarró el costal con la criatura a las ancas de su caballo, lo montó y se encaminó al pueblo para tomar el tren. Cerca escuchaba a los changos. Pensó que yendo al trote podría librarse de ellos, pero éstos le aventaban frutas y palos y volaba de rama en rama y se lanzaban de bejuco en bejuco, avanzando a la par que el ingeniero, hasta que llegaron a la "y griega", donde se divide el camino, junto al árbol de brasil. Ahí, el ingeniero, ya desesperado, se bajó de su caballo, tomó el rifle y disparó al aire para alejar a los monos. Los animales quedaron en silencio, sin moverse, mirándolo. En el momento en que subió a su montura, Carita gritó nuevamente. Los monos lo rodearon y no paraban de ladrar y gritar. Las ramas y frutas volaron sobre su cabeza, el ingeniero enfurecido, y quizá con miedo, bajó del caballo, desató el costal de la montura y lo azotó sobre el tronco del brasil. Entonces, sólo se escuchó el grito de dolor de Carita que retumbó e inundó todo. La tropa se acercó más al ingeniero. Él se subió al caballo y, sin ver, disparó hacia el bulto que estaba al pie del palo y espoleó a su montura hasta llegar al pueblo.

Semanas después, por "la y griega" pasaban los volteos hacia la estación del tren con las piedras que sacaban de la mina. Al poco tiempo empezaron a encontrar los vehículos chocados contra los palos alrededor del brasil, y dentro los choferes arañados en brazos, cara y pecho y con los ojos abiertos en forma desmedida. Así murieron muchos, tantos que después nadie quería trabajar de chofer en la mina.

 —¡Mentira! Son inventos. —gritó el ingeniero— ¿Quién vio lo que dices?

 —Recuerda, ingeniero, que es un pueblo. Aquí todo se sabe.

 —Mira en qué se entretienen en este pueblo. Al fin, pueblo. Además, ni saben si murió el monito.

 —Eso dice la leyenda ingeniero, y después de que cerró la mina ha habido otros muertitos, todos fuereños.

 Rió a carcajadas, y me dijo:

 —A poco crees que te lo voy a creer y que voy a tener miedo. Mañana en la noche me voy a pescar y a cazar conejos y voy a pasar por la intersección.

 —Ingeniero, si dudas puedes ir a la presidencia y leer las actas de muertos y uno que otro herido —dije ya enfadado—. Pero si en realidad quieres ir a "la y griega", vamos, te acompaño. El pueblo agarra como suya la leyenda, pero queremos quitarnos las muertes, las que creemos que son por maldición de los monos, para quien pase por "la y griega" de noche.

 El ingeniero se alisó el bigote y me vio pensativo. Seguí.

 —Te voy a decir el ritual para quitar la maldición: Tú, que originaste esta desgracia, vas a terminar con la maldición, así lo vaticinó el brujo Nabor. Él dijo que tú vendrías a saldar tu deuda y mira, aquí estás. Pero no te apures, te acompaño si quieres.

 Se quedó en silencio, se puso de pie. Durante la cena lo vi inquieto. Apenas comió. Nos preguntó de cada uno de los muertos. Mi mujer y yo le contamos las historias de los desafortunados, incluyendo la de Tacho, que tenían arañazos en el cuerpo y murieron porque se les salió la sangre o por paro cardíaco.

 —¿Quién investigó la causa de las muertes, el síndico? —preguntó como buscando encontrar algo para discutirme.

 —Pues sí, el síndico. Luego vino gente de la minera y dijeron que había sido un animal —le expliqué.

 Al día siguiente me dijo que iría él solo. No quiso escuchar el ritual para quitar la maldición, tampoco me dijo lo que pensaba hacer.

 —Nada más te pido que no me sigas. Que únicamente vayas a buscarme si amanece y no estoy de regreso.

 —El camino está diferente, deja que te acompañe ingeniero. —le dije.

 —Los caminos tradicionales no cambian, y menos el lugarcito ese.

 Tuve compasión por aquel hombre y más tarde me fui tras él.

Al otro día que desperté en el hospital, le pregunté a mi esposa.

—Mujer, ¿y cómo es que me encontraron?

—Mira, como ya estaba amaneciendo y no regresabas, le avisé a los vecinos y ellos con solo decirles que fuiste a "la y griega", corrieron a buscarte antes que el sol se levantara. Te jallaron ahí, sangrado, con arañazos en todo el cuerpo. Desfallecido te llevaron al pueblo y luego para acá, a este hospital de Juchitán.

—¿Y el ingeniero? ¿Dónde está? ¿Qué le pasó?

 —Ese desgraciado hijo de la chingada. Que Dios me perdone, pero lo que hizo no tiene perdón de Dios: Antenoche estuve en vela esperándote hasta la madrugada, cuando me ganó el sueño. Dormí un ratito y cuando me desperté y no te vi, salí a avisarle a los vecinos, como te dije. En el patio estaba el caballo que le prestaste al ingeniero, ensillado. Cuando salí a la calle, su jeep no estaba. ¿Recuerdas que lo dejó debajo de la almendra? Pues desapareció el hijo de su madre. Que Dios lo perdone... ¿Y a ti qué te pasó? Estuviste ido muchas horas.

 —Ya ves que salí en la tarde de la casa; me fui a paso de la yegua, despacio, atento, buscando al ingeniero. Cuando llegué a "la y griega", la oscuridad era total. Quise acercarme al pie del brasil, pero la yegua resopló y reculó. Le hablé, le metí las espuelas y el animal se sentó y volvió a resoplar. En eso estábamos, cuando de la nada pegó un norte fuerte y escuché un grito de dolor de mono y mi yegua salió corriendo y reparando. Cuando quise agarrarme a la silla, ya estábamos dentro del monte, choqué con una rama, caí. El ruido del viento se juntó con ladridos, aullidos y resoplidos que llenaban de vapor tibio mis orejas. Cuando me senté para pararme, cayó sobre mi pecho algo peludo, pensé en Carita, el changuito de "la y griega". Sentí un golpe en la cabeza y no supe de mí.

 —Y todo por ese poco hombre —dijo mi mujer.

 —No agarres muina, mujer. No puedo saber todo, pero te aseguro que el ingeniero va a regresar a quitarnos la maldición.

 —Si tú lo dices Israel Nabor, así será. —dijo mi esposa.