El museo de media hora

Última de dos partes

—El inevitable desenlace del segundo oscurantismo fue obvio a la luz de todos menos a la de los contemporáneos mismos: el agotamiento de los recursos naturales, la destrucción del medio ambiente y, en última instancia, la auto-exterminación en masa. Una vez que la gente no tenía más que hacer con sus insufribles vidas como engranajes de una gigantesca máquina de explotación, se dedicó a destruir tal máquina y, de paso, a destruirse a sí mismos.         

—¿Destruirse a sí mismos? — preguntó Graciela.

—Te atrae la idea, ¿no es así, hija? —inquirió la guía—. El deseo de muerte indirectamente exteriorizado por medio de anhelos apocalípticos —murmuró a su audiencia.

—Y, ¿cómo pasó? —preguntó la joven, tanteando el aire hasta llegar a la barrera invisible. 

La guía la miró indiferente al tiempo que agitaba una mano para reunir al grupo.

—Nos tenemos que ir, lo siento. Tenemos otros destinos programados antes de que caiga la noche. La noche todavía cae en su época, ¿verdad?

—¿Cómo pasó? —insistió Graciela.

La guía enfundó una mano en su guante antes de hacer girar la perilla de la puerta principal—. Sean tan amables…

Sus puños convertidos en mazos, Graciela empezó a golpear la barrera, provocando una extraña ausencia de ruido. 

—¿Qué pasó!    

—La Tercera Guerra Mundial.

La guía alzó tres dedos con pedantería en el aire. 

—¿La Tercera Guerra Mundial? —repitió Graciela, sorbiéndose la nariz.

—Seguida por la Cuarta Guerra Mundial y la Quinta Guerra Mundial —prosiguió la guía, alzando un cuarto y un quinto dedo—. Pero después de un rato, una guerra empezó a traslaparse con otra, la guerra anterior con la guerra siguiente, en una conflagración sin fin que persistió durante generaciones enteras. Y a final de cuentas… —bajó la voz hasta convertirla en un susurro de complicidad— míranos bien, hija: somos los últimos seres humanos que quedan sobre la faz de la arruinada tierra.   

Los ojos desorbitados, el cuerpo tembloroso, las manos deslizándose en cada intento de aferrarse a la barrera invisible, Graciela gimió larga y desoladamente. 

—¡No es cierto! 

—Y eso nos lleva al propósito de esta visita. Hemos acudido a tu casa el día de hoy en las circunstancias más extremas para pedirles posada a ti y a tu familia.

—¿Posada?

—Sí, posada. ¿Podemos quedarnos aquí?

—¡Quedarse con nosotros! —la joven dio un par de pasos hacia atrás—. Es que… no sé… son un montón.

La guía se cruzó de brazos. 

—Señorita, somos refugiados del fin del mundo. La máquina del tiempo sólo dio para un último, azaroso viaje en el tiempo. Seguramente comprenderás.

Graciela asintió, ansiosa, con la cabeza. 

—Sí, sí. Es que sólo tenemos dos cuartos y ustedes son… ¿cuántos?

—Los que estamos frente a ti. Ni uno más. Pero parece que estamos siendo corridos de la casa, ¿verdad?

—Es que… —Graciela titubeó. 

—Sepa usted bien, señora, que está relegando a la raza humana a su irrevocable extinción.

La guía giró enérgicamente para volver a dirigirse al grupo.

—No podríamos dar por concluido nuestro paseo por el segundo oscurantismo sin conocer una extraña cámara exterior llamada La Cochera. Ahí verán, en su contexto original, el invento que por sí solo logró destruir la forma física de los seres humanos y el aire del planeta, a la vez que acababa con sus combustibles fósiles: el motor de combustión interna. Favor de ponerse sus máscaras anti-gas tal como se les enseñó en la demostración previa. 

—¡Esperen! —exclamó Graciela.

—Lo siento, querida: ¡tiempo! —contestó la guía, golpeteando con dos dedos su muñeca izquierda. Se puso una máscara y, con la mano enguantada, abrió una puerta lateral ubicada al otro extremo de la cocina, indicando al grupo que se formara. La mayoría obedeció sin más ni más, aunque la guía tuvo que jalar las mangas de unos cuantos rezagados que estaban toqueteando la fruta artificial en un plato.

—¡Esperen! 

Antes de cerrar la puerta, la guía dirigió una última sonrisa a Graciela, cuya cara, apachurrada contra la barrera invisible, lucía distorsionada. 

Desde la cochera llegó el sonido de un coche que arrancaba.

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