El museo de media hora

Primera de dos partes

Graciela se marchó de la cocina y, dejándose caer en un sofá de la sala de estar, encendió la televisión. Estaba cambiando canales con desgano cuando la puerta principal de la casa se abrió y una veintena de hombres y mujeres entró al vestíbulo en fila india. 

El grupo era de una extraña uniformidad, con una compartida imprecisión de raza y edad. Su vestimenta, de tan convencional, resultaba poco convincente: camisas monocolores rígidamente metidas en pantalones con prominentes pliegues, blusas de una inmaculada blancura más allá del alcance de cualquier detergente, calzado que daba el aspecto de jamás haber pisado tierra. Algunos miraban a su alrededor con avidez, absorbiendo cada nimio detalle; otros, con las cabezas fijas e inmóviles, clavaban los ojos en lo que estaba frente a ellos.

—¿Qué? —dijo Graciela, congelada ante tan ordenada intrusión. 

La última en entrar a la casa fue una señora de cabello vagamente castaño, igual de anónima en cuanto a raza y edad. Cerró la puerta con su mano enguantada y procedió a quitarse el guante de manera remilgosa mientras se colocaba frente al grupo.            

—¿Estamos todos aquí? Uno, dos… no es necesario contar, ¿verdad? —sonrió—. Ahora bien, presten mucha atención, porque estamos en un hogar genuino de la segunda época del oscurantismo. Por favor, no toquen nada innecesariamente: no son piezas de museo, son reales, y las personas de esta época resultaban ser particularmente quisquillosas con relación a las cosas que consideraban suyas. Tenemos, además, una sola pero importante regla de seguridad, que consiste en…

  Por fin logró Graciela propulsarse fuera del sofá. 

—¿Quién diablos son ustedes? —gritó, amenazadora. —Salgan de… 

Su avance fue interrumpido al estrellar su cuerpo contra algo que no veía. Graciela retrocedió con aturdimiento. Sacudió la cabeza para despejar el dolor y avanzó de nuevo a manera de un niño determinado a vencer la puerta de vidrio contra la que acababa de chocar. Y otra vez chocó contra algo sólido. Aulló de dolor y se tambaleó hacia atrás. 

—No hay mejor manera que éste para ilustrar la regla de seguridad —anunció la señora de cabello vagamente castaño, evidentemente la guía—. Entonces tengan mucho cuidado, por favor. Gracias, jovencita. 

A tropezones, Graciela avanzó una tercera vez, las manos extendidas frente a ella como un recién enceguecido. A tres metros de distancia, sus manos entraron en contacto con una barrera fría y lisa, inofensiva pero impenetrable. La joven trazó los contornos de la barrera desde el suelo hasta lo más alto que podía alcanzar, y luego a los lados, siguiendo sus confines hasta descubrir que se extendía por la sala, interponiéndose entre ella y la puerta principal. Su involuntaria imitación de un mimo produjo una ondulación de risitas entre los hombres y mujeres reunidos en el vestíbulo.

—Bien —dijo resuelta la guía—. La primera cosa que es imprescindible hacer notar es la magnitud de choque necesario para que, la adolescente en nuestra mira, se lograra despegar del televisor. Saturando el cerebro con imágenes confeccionadas y habituadas sus estructuras neuronales a tales estímulos, la televisión condujo a los seres humanos de esta época a la destrucción de su capacidad para imaginar y conceptualizar. De esta manera, inhibió el desarrollo de las funciones cerebrales esenciales para la sobrevivencia de la raza y provocó un retroceso milenario hacia su substrato reptiliano. Como consecuencia, el neocórtex y los lóbulos frontales, supremos logros de cientos de miles de años de evolución, fueron aprovechados para fines destructivos.

Más risitas flotaron en el aire desde distintos puntos del grupo.   

Un hombre parado frente al perchero alzó tímidamente la voz. 

—¿Qué hay en la tele? —preguntó, pronunciando cada palabra con exagerada exactitud. 

—Nada —contestó Graciela automáticamente—. No hay nada.

—Sí, nada —repuso la guía—. La respuesta condicionada por excelencia. A decir verdad, no importa qué haya en la tele en lo que a contenidos se refiere, porque la señorita ya está fijada de manera neurológica a la transmisión en sí. En su desesperación por escapar de sus agobiantes vacíos interiores, la población segundo oscurantista se aferraba de manera indiscriminada a cualquier estímulo ofrecido, con fines de mucho lucro, por los arteros empresarios de su tiempo. Innovaciones tecnológicas con periodos cada vez más cortos de obsolescencia planificada; música pseudo-tribal tocada a volúmenes ensordecedores para compensar, o más bien obliterar, una privación emotiva extrema; relaciones sexuales en serie, furtivas, superficiales e ineludiblemente decepcionantes, que servían como un escaso substituto a la intimidad genuina. A ésta de aquí, de hecho, le realizaron un procedimiento conocido como “aborto” unos días antes de nuestra visita, habiendo sido fecundada por un macho hombrezote con una ruidosa motocicleta que hacía broom-broom -¿verdad, hija?-, quien, debido a sus proezas en el ámbito animalesco, recibió de sus coetáneos el apodo de La Bala.        

Con un chillido de sorpresa, Graciela se replegó en el sofá y cruzó las manos sobre su sudadera.

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