Una caja y cuatro velas

Primera de dos partes

Una tolvanera envolvió por sorpresa al anciano. Trastabilló hasta detenerse de golpe flaqueando una pierna. Dibujó un gesto de dolor. Torció el pie sobre la goma del calzado y miró. Le escurría un hilillo de sangre.

Atravesó el patio, apurado y renqueando. Tuvo que aventar a manotazos el alborozo del perro para conseguir abrir la desvencijada portezuela de la cocina, separada del dormitorio por una tela amarrada con cintas. Ambos espacios eran pequeños, de tablas deterioradas por el tiempo, piso de tierra, grandes rendijas por las que escapaba el humo o se colaba el viento. Todas las casas alrededor mostraban las mismas condiciones sobre un paisaje esculpido por las sequías.

Su mujer quitó una tortilla de maíz del comal y lo miró con fastidio.

—Cierra esa puerta, caramba, que ya conoces al mañoso de tu perro —dijo. Él obedeció—. Acuérdate de lo que nos hizo con la bolsa de galletas que me regaló nuestra ahijada. ¡En nuestras narices se dio mejor cena que nosotros!

El anciano se sentó y se quitó una sandalia. La levantó, pasando suavemente la mano por ambos lados.

—¿Qué haces? ¡Te he hablado mil veces de la diferencia entre pobreza y suciedad! —dijo la mujer mientras apagaba el fuego del comal. Luego destapó una olla de barro, de donde se elevó un vapor denso, y agregó—: Ve a lavarte las manos, que ya vamos a comer.

Dejó caer la sandalia y apretó el talón contra la pata de la mesa. Ella retomó el asunto del perro.

—Desde hace tiempo debimos quemarle el hocico para quitarle lo cusco. Si nos descuidamos, cualquier día de estos nos deja sin comer.

—Me da lástima. Lo que se les quema es la campanilla, no el hocico. El dolor ha de tardar varios días.

—Pero él no tiene lástima de nosotros. —Le puso enfrente un caldo en el que flotaban algunos frijoles.

—A este paso —dijo mirando el plato—, en lugar de entrar, el perro va a querer salir corriendo. —Un gesto de dolor interrumpió el intento de una sonrisa.

—A este paso nos lo vamos a comer a él después de vender la gallina que nos queda —alegó ella sentándose a la mesa.

—No debiste vender ninguna. Ese dinero se nos fue como el agua.

—Había que pagar las deudas —le gritó mientras iba camino al lavadero en el patio. Miró otra vez la puerta abierta y fue hacia allá—. La que nos quedamos es ponedora, no tarda en estar culeca. Primero Dios este año sí llueva y tengamos chepiles. Y con un poco de suerte, hasta chicatanas.

El anciano flexionó la pierna para lavarse el pie a jicarazos; ya no sangraba.

—¿Qué te pasó?

—Nada, mujer, nada.

—¿Cómo nada? ¡Déjame ver!

—Seguro fue una espina.

—¿Y si fue un clavo? —Insistió en mirar—. Tú no tienes la vacuna del tétanos. Deberíamos ir al doctor.

El perro se acercó a ellos. La mujer le lanzó una advertencia. El animal, con la cola entre las patas, corrió a echarse por el brocal del pozo.

—Decía nuestra hija que no sólo en los metales está el tétanos. ¿Y qué doctor me querrá atender gratis? El centro de salud hace meses que lo quitaron.

—Vendemos la gallina.

—No, mujer, no. Al rato busco allá enfrente. —Señaló el lugar sin mirar—. Si encuentro el clavo, lo pones a hervir y me tomo la infusión y ya. De algo me tengo que morir de todos modos.

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