El plan para enamorar a una mujer creída

En la tarde, sonriendo y confiado se fue a su cita. Se presentó con Tere. Al mirarla, no pudo contener su expresión de sorpresa: tenía ante sí a una jovencita más arreglada que de costumbre. “Pues sí que es bonita”, se dijo; sonrió y, repasando la imagen de su amiga, se detuvo en los hoyitos que se le hacían en los cachetes cuando sonreía. Iba a continuar, pero...

–¡Oyeee, qué guapo!

–Como siempre, Tere –dijo, y apoyado en el pie izquierdo se dio una vuelta de trescientos sesenta grados y la tomó de las manos. Ella le lanzó una sonrisa, con hoyitos incluidos. Le pareció coqueta.

Se despidió con una sonrisa y un guiño.

Ya en casa de la reina.

–Ayer vino un amigo y lo llevé a que conociera el pueblo. ¿Viniste? –preguntó ella.

–Sí vine, pero no tiene importancia. ¿Fue mucho lo que me extrañaste? –y poniendo sus manos al frente y enseñándole las palmas, le dijo–: ¡Espera!, no me digas, conseguiste soñarme para compensarlo. ¡Suertuda!

Ella rió con la cabeza agachada. Él agregó:

–Debe ser horrible verme todos los días y después conformarse con soñarme.

–¡Yaaa!, engreído –atinó a decir sin dejar de reír.

–Si no cae, es porque no extiendo los brazos –dijo Jerónimo entre dientes.

–¿Con quién hablas?, ¿qué dijiste?

–Con mi angelita de la guarda, le pedí modere su ayuda.

La reina rió negando con la cabeza. Después acomodó la plática para presumir sus encantos de la cabeza a los pies.

Su programa decía que veintidós días eran suficientes para que la reina se enamorara de él; y ese día llegó. Jerónimo planchó su camisa azul, estampada con discretas estrellitas blancas en la manga izquierda, con una pequeña franja a la altura del bíceps, la misma que le ayudó a acaparar las miradas de las princesas y de la reina de los estudiantes en la feria de Tapana. Se peinó, se perfumó más que de costumbre y repasó el plan: le declaro mi amor, le pido que sea mi novia, le doy un beso, un abrazo y así me estoy un rato con ella. Mañana me desaparezco. En unos días más me voy a México, allá esperaré sus cartas, sus ruegos y a ver si me convence. Se vio al espejo, se guiñó el ojo izquierdo, deslizó su puño derecho en su mentón y se fue, seguro de su triunfo.

A mitad de su recorrido vio a sus amigos. Los saludó de lejos. Uno le gritó: "¡¿Cómo vas, figurín?!" No volteó. Quería ser puntual. Suspiró profundo y aceleró el paso. Pensó en su cita y en ver antes a Tere.

–¡Holaaa! –dijo Tere sonriente–, qué madrugadooor, todavía no se mete el sol.

–Hoy no se meterá, Tere, hoy estará de fiesta.

–¡Uuuy, qué palabras!

–No tan bellas como tú… por cierto, te he visto muy arreglada últimamente.

–Ooooh, pues ya ves. –Se le hicieron los hoyitos.

Al despedirse, ella le guiñó el ojo izquierdo.

–¿Buscas a María? –le dijo el hermano de la reina.

–Sí, ¿se encuentra?

–No, se fue a Mina hoy en la mañana.

–¿A Minatitlán?, ¿por qué?, quedamos en vernos.

–Ya ves cómo son, nomás salen del pueblo y el pueblo se les hace chiquito. A diario decía que se aburría mucho aquí, que hace mucho calor. O el novio, no lo sé.

A Jerónimo le cayó una bolsa de cal y le estrangularon la garganta, no supo lo que dijo. Como autómata caminó al lado contrario de su ruta habitual, se sentó en la última piedra de la esquina de la última casa del pueblo. Ahí permaneció desgonzado, como bulto. De pronto, cual muñeco a quien le dan vida, se paró. Una idea había ocupado su cabeza... “Tere. ¿por qué no? Puedo hacer un plan b con mejores resultados”. Sonrió, se sacudió el pantalón, regresó por el camino donde dos horas antes deambuló convertido en moribundo. Ahora, su semblante había tomado color, se le había quitado lo pupuso. Estiró los brazos, chifló y cantó para sí mismo la canción de moda.

Tú eres el amor

que yo he soñado

tú has sido mi único querer.

Yo quiero que comprendas mi cariño,

que comprendas mi cariño, oh divina mujer.

   Yo siempre te he hablado con franqueza,

y siempre te digo la verdad.

La luna llena iluminaba todo. Menos de media cuadra antes de llegar a la casa de Tere, se detuvo bruscamente, se quedó en silencio, abrió más sus ojos, luego los entrecerró, entreabrió en automático la boca, sin proponérselo amplió el compás y con la mano izquierda se aferró a un poste de madera, que unía los terrenos de la familia de la reina, de su reina, y Tere. Sus ojos, ya húmedos y brillosos, recortaron al fondo dos siluetas fundidas que desafiaban la claridad del sol de aquella noche.

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