El plan para enamorar a una mujer creída

María tenía los ojos verdes, la voz dulce, el cuerpo escultural y, además, era creída; el coctel exquisito para un don Juan, la carnada preferida de un tiburón tigre, y Jerónimo quería ser alguno de estos. En sus cuatro años en la Ciudad de México, había visto a sus amigos conquistar a cuanta muchacha se les ponía enfrente. Él combinaba esas enseñanzas con lo que veía en las películas de Mastroianni, Delon, Buzzanca y Mauricio Garcés. A sus 18 años ya contaba en su historial con cinco novias, niñas como él, a quienes cautivó con facilidad. Embarnecido con cada “manita sudada”, se creyó un sol.

–Con las del pueblo es más sencillo –les dijo a sus amigos–. Hay una que me gusta y la voy a conquistar, pero nomás para quitarle lo creída.

–¿A poco te crees muy muy? ¿A quién le piensas llegar, figurín?

–Ya verán, es la más bonita. Tengo un plan que voy a seguir al pie de la letra. –Se frotó las manos.

Fue hasta la casa de su amiga Tere, vecina y amiga de María. Después de los saludos efusivos, preguntó:

–¿Y tu amiga Mari?

–Por ahí anda la reina. –Al observar que Jerónimo no quitaba la vista de la casa de su vecina, agregó–: ¿Te interesa?

–Pues... sí.

–¡Vamos a saludarla!

–No quisiera distraerte, Tere, pero si puedes, gracias, vamos.

Jerónimo vio y saludó a la reina y quedó cautivado. Ellas intercambiaron miradas. Ya recuperado, con voz grave, dijo:

–Es increíble, estás hermosa. Esto es el paraíso y ya no quiero salir de aquí. ¿Me lo permite usted, su majestad?

A partir del día siguiente, Jerónimo y la reina ocupaban, desde las siete de la tarde, la banqueta de la casa de ella. Él llegaba puntual, como canto de gallo. Los primeros días se contaron sus aventuras en sus respectivas escuelas. México y el Politécnico, decía él, son mundos aparte. Cuando ella comentaba entusiasmada de sus clases en Minatitlán, Jerónimo, en su pose de conquistador, no dejaba de verla a los ojos con cara de interesado.

–La reina, la reina... ¿te gusta que te digan así?

–En Mina también me dicen reina, pero allá sí fui reina de la universidad. Si hubieras visto cuántos jóvenes había en la coronación y en la fiesta, todos querían bailar conmigo; pero eso no es posible ni conveniente para una reina…

–Sí, entiendo...

–…Los más atrevidos fueron los del último semestre. Uno me dijo que mis ojos eran como muchas esmeraldas entrelazadas, pulidas y brillantes.

–Ah...

–...Otro, de Filosofía y Letras, me comparó con Sissi, la emperatriz de Austria-Hungría. –La reina perdió la mirada.

Jerónimo, por fin pudo hablar:

–¿Por qué aquí no has querido ser nuestra reina de estudiantes y profesionistas? Te lo hemos pedido cada año.

–No lo sé. –Regresó la mirada–. No sé cómo me tratarían. –Sonrió–. Aun sin serlo, todo mundo me dice reina. Quizá algún día acepte.

A la segunda semana, Jerónimo repasó su estrategia: va todo perfecto, dosificando el interés y acostumbrándola a mí. No cabe duda que también de las películas mexicanas se aprende. Recordó a Lilia Prado en una película con Pedro Infante cuando dijo que tanto le habían hablado de alguien, que se había enamorado de él: ahí entra Tere, el elemento Tere en mi alquimia debe estar funcionando.

Días después, al pasar por el parque, Julio, uno de sus amigos más cercanos, le dijo:

–¿Nos vemos al rato? Quiero platicar contigo. No dejes de venir.

–Claro, ya me imagino de qué se trata. –Sonrió y se despidió de los demás.

A lo lejos vio a Tere, que iba con un jovencito que le pareció el hermano de ella. Al llegar, la banqueta lucía como siempre, limpia y húmeda, pero la reina no estaba. Extrañado, esperó, y al cabo de casi media hora se retiró rumiando los ajustes a su plan.

Ya en el parque, después de la plática, las bromas y las risas del día, Julio y Jerónimo se separaron del grupo.

–En un pueblo tan pequeño, las cosas se saben aún antes de que sucedan. Todos supimos que te referías a la reina en tu plática de conquista –le dijo Julio.

–¿Y qué se dice que no haya pasado y que yo no sepa?

–Apuestan a que vas a ser uno más en la lista de la reina. Nadie ha podido enamorarla. Quien mejor librado ha salido todavía le llora y los más golpeados siguen solos, inseguros y tristes. Cuídate, hermano –concluyó Julio.

En el camino a su casa, sus pensamientos le decían que María era buena, y lo que murmuraban de ella era por envidia.

Al día siguiente se preguntó adónde y con quién estaría ayer. ¿No quiere nada conmigo? Cuando estaba a punto de desesperarse y salir corriendo, recordó su plan. Ahí estaba la palabra “indiferencia”. Suspiró profundamente y dijo.

–Mi reina, pobrecita.

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