EL LECTOR FURTIVO| Talpa. Crimen sin castigo

“Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas, redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo”.

Cuando un hombre cae enfermo, a diferencia de los animales, convierte el dolor en una experiencia subjetiva, como subjetivo es el alivio que puede procurarse. Mucho del consuelo que brinda la religión a los males corporales proviene de la misma mente del hombre enfermo. La fe con la que se pide, el fervor, puede inducir al milagro, pero no siempre es el caso.

El cuerpo adolorido de Tanilo Santos necesita de la intervención divina para aliviarse de la extraña enfermedad sin nombre que lo aqueja con “…unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados”.

Talpa, de Juan Rulfo, fue publicado originalmente en 1950 en el número 62 de la revista América y después formó parte de la colección de cuentos que puso en la escena literaria a su autor: El llano en llamas (1953). En este relato Tanilo Santos es la encarnación perfecta de lo tanático que tiene el
fervor religioso, con el sufrimiento y el dolor como ofrendas para lavar los pecados.

Por otro lado, Natalia, su mujer, dueña de un cuerpo vivo y palpitante, procura conforme a la tradición y las costumbres a su marido en agonía.
Desde el inicio de su enfermedad Tanilo suplica lo lleven a Talpa, donde se encuentra la virgen más buena de todas (según el dicho de Natalia), para pedirle que lo sane. Así Tanilo, su hermano y su mujer inician una peregrinación como las muchas que hay en el país, llenas de fe, que en exceso raya en el fanatismo. De esta forma los peregrinos van cumpliendo religiosamente con cada jornada pernoctando a la intemperie a pesar de las fiebres y dolencias del enfermo.

Es aquí donde inicia la tragedia, pues los calores de la tierra se juntan con los calores del cuerpo y el hermano de Tanilo, nos confiesa en su relato, cómo se encuentra con el cuerpo de Natalia, su cuñada, lejos de la vista del hermano enfermo que se pudre en vida. Por si fuera poco, al encontrarse ese “hervidero de gusanos” que es la muchedumbre devota, las pretensiones autoflagelantes de Tanilo van más allá: se venda los ojos, avanza de rodillas, se cuelga unas pencas de nopal a manera de escapulario, se calza una corona de espinas y al final, contra todo sentido común, se mete entre los danzantes con la esperanza de que la Virgen voltee a mirarlo y lo cure, o lo alivie del sufrimiento.

El triángulo amoroso de Talpa, no tiene más razón que el alivio momentáneo de ciertas calenturas, sin embargo condena a la pareja adultera a un desasosiego eterno. No por el adulterio en sí, sino por el desenlace lógico de la víctima y la clara conciencia de que someterlo a las inclemencias de un viaje brutal no era la mejor forma de ayudarlo.

Al fin y al cabo un relato confesional, el narrador termina -o comienza- por declarar: “Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos”.