Yolanda

Última de dos partes

Ella deja caer agua en la maceta.

—Alex, si no las atiendes, estas pobres plantas van a morir, ¿eh? No toda la vida; no toda tu vida, ni todo tu mundo deberían girar en torno a esa guitarra —señala alrededor—. Hay más, ¿estás de acuerdo? —Se golpea suavemente la sien con un dedo—. ¡Coco! Cuando menos te des cuenta se te murió la albahaca y la sábila. O estarás invadido de arañas. —Señala las telarañas en la cornisa.

—Sí. Es que no me da tiempo. ¿No quieres la sábila? Puedes usarla en tus menjurjes.

—No. Tienes que hacerte responsable, Alex. Ya no eres un jovencito.

—Rascar estas cuerdas una, y otra, y otra, y otra vez hasta terminar de componer una canción…

—Okey…

—…y luego desbaratarla y volverla a armar…

—…Okey…

—…No beber agua fría, llegar temprano al bar…

—…tienes razón…

—…requiere de cierto grado de responsabilidad.

Paty le da una palmada en el hombro.

—Es verdad, es verdad. Discúlpame. El otro día me preguntaba Erick si alguna vez fuiste a algún casting de esos concursos que hay en la televisión. No, ¿verdad? O al menos no recuerdo. ¿Has ido a alguno?

Alex se levanta dejando al descubierto una pequeña libreta. Recarga la guitarra en la pared. Se dirige al lavadero.

—La llave tiene un pequeño goteo —dice girando con fuerza la perilla—, hay que cerrarle fuerte.

—Perdón.

—No lo sabías, y las plantas te lo agradecen. —Vuelve a su lugar—. Un concurso de canto, ¿dices? Ya ni la amuelas, ¿con esta voz y a mi edad? Eso es para soñadores; y yo, aunque te lo parezca, ya no lo soy.

—Pero si cantas bien padre.

—Pues creo que malo no soy; pero, ¿pretender pasar el casting de un concurso de televisión? La primera crítica sería que parezco un cantante de bar, ¿no es así?

—Podrías ser el cantante y el dueño de un bar. No eres un mal emprendedor. Si no me equivoco, cuando tuviste el despacho fue tu mejor época, me refiero a lo económico. ¿Nunca te has planteado volver a la contabilidad, Alex?

—Hubo dinero. —Toma la guitarra—. Fue cuando tuve una Harley, ¿te acuerdas?

—Cómo olvidar los bonitos recuerdos que te dejamos en el yeso. A propósito, tengo una amiga que necesita alguien que le lleve su contabilidad, por si te animas a un trabajito extra.

—No tendría idea de cómo hacer una declaración mensual ahora. Ni siquiera sé si todavía se hacen mensuales las declaraciones.

—Puedes actualizarte por internet. En Youtube.

—Tal vez, pero no creo.

—¿No crees o no quieres?

—Un poco de las dos cosas.

—¿Tienes otra planta que necesite de mí?

—Por allá hay un limonar que no sé cómo nació, pero el agua que corre del lavadero le es suficiente.

—Entonces, yo sé lo que te digo, deja gotear esa llave.

—Okey.

—Oye, ¿y nunca más volviste a desear tener una moto o un carro?

—No, tampoco deseo encerrarme a hacer números. Fue una época muy mala para mí.

—No digas eso. Pudiste hacerte de algunas cosas, y lo malo no fue el dinero que te cayó, sino que vivías enfiestado.

—Fue mucha fiesta para tan poca felicidad. Es un poco distinto ahora.

Paty ladea el rostro.

—¿Y de qué habla la letra de esa baladita?

—Todavía no lo tengo claro. —La mira, luego a la maceta y otra vez a ella y agrega—: no quiero metáforas obvias, o burdas.

—De verdad necesitaban agua. —Niega con la cabeza señalando las plantas—. Y como el agua, se me fue el tiempo —dice consultando su reloj.

—Así se nos va. Lo sé.

—Y también sabes que te quiero bien, ¿verdad, Alex?

—Sí, tú sabes que yo sé que tú sabes que sé que me quieres.

Paty toma su bolsa de una vieja silla cerca del lavadero. Alex vuelve a repetir la tonada.

—Suena muy bonito —le dice ella mientras le besa la mejilla—. Anímate a mandársela a algún cantante famoso.

—Los cantantes famosos no graban a desconocidos.

—Puedes intentarlo. ¡Qué pesimismo el tuyo! Y ponle Paty a esa balada, yo sé lo que te digo.

—Algún día compondré una con tu nombre, ésta no te va.

Ella vuelve a decir adiós y se dirige a la salida.

—¡Me saludas a Erick! ¡Vayan el jueves!

Se pone de pie, descuelga las macetas y las coloca sobre el camino de humedad, cerca del limonar; después abre la llave del agua y la cierra despacio.

Va a una esquina del terreno por una escoba y comienza a bajar las telarañas de la cornisa, una de ellas vuela lento a su costado y va a dar sobre las cuerdas de la guitarra. La mira fijamente durante un buen tiempo.

—Telarañas en las cuerdas de mi guitarra… —murmura, luego canta en un susurro—: telarañas en las notas de nuestra melodía.

Vuelve a pasar la escoba por la cornisa; la suelta y toma la guitarra y la libreta. Saca el bolígrafo del espiral y le quita la tapa con los dientes. Hace una anotación.

FRASE:

"Fue mucha fiesta para tan poca felicidad. Es un poco distinto ahora".

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